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Las primeras elecciones del posfranquismo, previas a una Constitución votada por todos

Las primeras elecciones del posfranquismo, cuyo cuarenta aniversario celebramos el 15 de junio de 2017, permitieron el funcionamiento normal del nuevo régimen que se plasmó en la Constitución del 78. El texto de la Carta Magna fue votado favorablemente por casi todo el arco parlamentario.

Finalizando los años 60 del siglo anterior, en España se sentía la frustración de no haber seguido adelante una ola evolucionista hacia la democracia que se había iniciado en torno a la Ley Orgánica del Estado en 1966. Y en el ámbito del San Pablo CEU, como con éxito se había hecho en momentos históricos anteriores, se pensó que era preciso promover personas e ideas para preparar un futuro democrático y pacífico. Fruto de lo cual fue la creación del Grupo Tácito, cuyos miembros constituyeron en 1976 el núcleo más numeroso en los Gobiernos del Cambio y que, con planes y modelos elaborados en los años anteriores, acompañados por otras importantes personas, con el apoyo del rey Juan Carlos I y bajo el liderazgo de Adolfo Suárez, consiguieron iniciar y cerrar aquel proceso, casi mágico, que conocemos como La Transición.

Sin entrar en la cuestión de quién escribió más o menos los proyectos acometidos, lo cierto es que esas personas comenzaron por redactar la norma adecuada, la Ley para la Reforma Política; y, propuesta a las Cortes del Régimen de Franco, lograron convencer o arrancar de una amplia mayoría de aquellos diputados (“procuradores”) el voto necesario para que fuera el órgano legislativo del régimen autoritario el que aprobara el paso a un sistema democrático, eliminando las bases políticas que sostenían el predominio de aquellos diputados.

El Sábado Santo ‘rojo’

En pura teoría, se trataba de algo “contra natura”, un “harakiri” que por su racionalidad y madurez sorprendió gratamente al mundo y a muchos españoles que no concebían que tal transformación pudiera realizarse sin ruptura de la legalidad, sin violencia y sin venganzas. Como también llamó la atención que, sometida aquella norma a referéndum de la Nación y contando con que toda la izquierda solicitaba a la ciudadanía la abstención en aquel referéndum, el pueblo participara amplísimamente y la aprobara casi por unanimidad.

Para mí fue el momento, no solo más importante, sino también el más emocionante de los bastantes que vivimos durante la Transición.

Una Constitución de consenso

Un proceso que se cierra con las elecciones al primer Parlamento democrático del posfranquismo, elecciones cuyo cuarenta aniversario celebramos estos días y que, de acuerdo con los planes trazados, ya permitieron el funcionamiento normal del nuevo régimen, plasmando en una Constitución, para así dar fijeza a todos los acuerdos elaborados por el Gobierno, pero ya consensuados entre las diversas fuerzas políticas en los nueves meses anteriores. Y en esa labor posterior a las elecciones, en la Constitución, quisimos y logramos evitar el precedente de la Constitución de la II República, que media España impuso a la otra media, aprovechando la mayoría del momento, sin someterla a referéndum nacional y prohibiendo la consulta al pueblo de los asuntos constitucionales y de su desarrollo. Nosotros, por el contrario, que con apoyos de fuerzas próximas contaríamos con la mayoría absoluta, llevamos al Boletín Oficial un texto constitucional votado favorablemente por prácticamente todo el arco parlamentario.

Marcelino Oreja, Premio Carlos V

En medio, soportando muchas tensiones y riesgos, hicimos otras cosas. Entre las positivas, la legalización de todos los partidos sin más requisito que la aceptación de los caminos de la legalidad y la democracia para perseguir sus fines ideológicos, en contra de las presiones que algunos gobiernos de potencias mundiales, no precisamente derechistas, nos hacían para que rechazáramos al Partido Comunista.

D’Hondt, el gran argumento para el “voto útil”

Visto desde la distancia, naturalmente que no todo lo hecho fue o resultó ser positivo, y me refiero al método electoral D’Hondt, que corrige algo las elecciones dando a los partidos mayoritarios los votos de quienes no consigan ciertos porcentajes. Lo hicimos porque la corrección era discreta, porque convenía fortalecer grandes partidos que carecían de experiencia y reducir en lo posible ofertas electorales de centenares de grupos políticos, lo que se conocía como “sopa de letras”. Yo, que fui presidente de una comisión mixta Gobierno-Oposición para la elaboración de la Ley Electoral, recuerdo haberlo aceptado pensando que lo que aprobábamos era una norma provisional solo para las primeras elecciones y, quizá por mis pocos años de entonces, no calculé que los partidos que ganan las elecciones con un método no quieren luego cambiarlo.

“En la Transición tuvieron parte decisiva los católicos”

Aquella norma provisional prácticamente permanece hasta hoy; en parte, se ha constitucionalizado. Y yo considero que el sistema D’Hondt es lo que permite a los líderes de los grandes partidos gobernar según a ellos les parece bien en cada momento, diciendo a quienes se consideran abandonados por su política que, si quieren separarse, tendrán fácilmente un fracaso y no serán perdonados por muchos correligionarios que los acusarán de grave daño al partido común; D’Hondt es el gran argumento para el “voto útil” y el voto útil es lo que va dejando muchas ideas e intereses sin voz en el parlamento, volviendo a las distancias entre la nación oficial y la real y encaminando al régimen hacia su crisis.

Imagen de portada: Adolfo Suárez deposita su voto en las primeras elecciones posfranquistas para designar a los representantes en las nuevas Cortes Constituyentes. | Agencia EFE
Escrito por

Presidente del Instituto de Estudios de la Democracia de la USP CEU. Ministro de la Presidencia y de Educación con Adolfo Suárez.

Ultimos comentarios
  • ALGÚN DÍA, ALGUIEN RECONOCERÁ A JOSE MANUEL OTERO NOVAS Y A OTROS QUE DESDE LA SOMBRA Y LA DISCRECIÓN HICIERON POSIBLE 40 AÑOS DE LIBERTAD Y RESPETO. TODA ESPAÑA ESTÁ EN DEUDA CON ESTAS PERSONAS ILUSTRES.
    ¡OJALA! QUE EN EL PRESENTE OTROS SEPAN HACER, AL MENOS CON LA MISMA TASA DE ACIERTOS QUE ERRORES, ALGO MAS FÁCIL: MANTENER NUESTRA DEMOCRACIA

  • Señor Otero Novas, desde el enorme respeto y admiración que tengo por su fIgura, me atrevo a preguntarle: ¿Está usted plenamente seguro, estaría dispuesto a jurar que las elecciones de junio de 1977 fueron ABSOLUTAMENTE limpias? Somos muchos los españoles que vivimos aquel momento Que lo dudamos.

  • Los españoles debemos estar muy agradecidos por el buen trabajo que hizo tácito hace 40 años, pero también por lo que Otero y otros están haciendo en la actualidad desde el entorno CEU.
    Respecto al sistema electoral, no creo que D’Hondt sea el problema. Lo primero que deberíamos tener claro es si queremos un sistema electoral ‘presidencialista’ en el que los ciudadanos votan directamente al presidente o si, por el contrario, queremos un sistema en el que elegimos a los que eligen al presidente. La situación actual es ambigua y la mayoría de los electores no conocemos el nombre del diputado que votamos en nuestra provincia. Escogemos la papeleta por el logotipo que vemos en la parte superior. Es decir, vivimos en ua partitocracia más que en una democracia.
    Cuando tengamos claro qué sistema queremos, optaremos por una sola lista para toda España con ley D’Hondt o por 350 distrito en los que se elige a un solo diputado por mayoría absoluta con segunda vuelta si fuera necesario.

  • Breve y fiel apunte de José Manuel Otero Novas sobre la historia política de nuestra Transición, al que cabría añadir el decisivo papel de brújula democrática que protagonizó el Grupo Tácito. El inevitable final biológico de un régimen personalista, ergo autoritario, así como la radical transformación de la sociedad española durante la década de los sesenta, permite concluir que el franquismo desapareció por causas naturales.
    El auténtico reto, tras ese final largamente anunciado, era alumbrar una democracia europea occidental, en una España despolitizada y con una oposición política que, en general, no creía en los planteamientos democráticos. Ese reto crucial lo asumió con éxito y prácticamente en exclusiva, el Grupo Tácito, al que debemos la génesis y la implantación de nuestro régimen democrático.
    Transcurridos cuarenta años y a la vista del precario bagaje conceptual de algunos de nuestros líderes políticos, cuando afirman que la soberanía nacional y la nación no van unidas, parece necesario el recuperar la “brújula democrática”.

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