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La realidad deformante de nacionalistas y parte de la izquierda que busca acabar con Europa

La crisis catalana ha sacado a la luz los problemas derivados del nudo gordiano que dejaron los padres de la Constitución en su título VIII. El retrato de España quedó guardado bajo llave en el desván, creyendo que de esta manera se solucionaba el problema, pero esa España ha vuelto al escaparate de medio mundo para bochorno de todos. La gran mayoría de la izquierda no se identifica con la imagen que nacionalistas y podemitas han creado del país.

Ramón María del Valle Inclán inmortalizó en Luces de Bohemia el Callejón del Gato, cuyos espejos cóncavos y convexos eran una metáfora del esperpento en que se había convertido España: “Una deformación grotesca de la civilización europea”. Si bien esta imagen ha sido recurrente a raíz de la crisis catalana, creo más acertada otra mucho más funesta: la que inmortalizó Oscar Wilde en su Retrato de Dorian Gray. Porque la España que presentan los independentistas y una parte de la izquierda española parece inspirada en las pinceladas de Goya y Diego Rivera, cuando quizás son ellos mismos quienes la representan.nacionalistas

La crisis catalana ha sacado a la luz lo que no queríamos ver. Los problemas derivados del nudo gordiano que nos dejaron los padres de la Constitución en su título VIII y su posterior transformación en soga con el beneplácito de los españoles, que para algo votan. De esta manera y al igual que el personaje de Wilde, guardamos ese retrato de España bajo llave en el desván, como se hace con las cosas de infausto recuerdo, creyendo que de esta manera se solucionaba el problema. Por desgracia, esa España ha vuelto al escaparate de medio mundo para bochorno de todos.

El “Milagro español”

Y es una pena. Recuerdo que, hace poco más de una década, los principales medios de comunicación internacionales hablaban del “Milagro español”. España arrancó el siglo XXI con una imagen moderna, gracias a una economía pujante que le había permitido ser un país de acogida. Atrás quedaba esa imagen de exiliados y emigrantes. No es que nos creyésemos entonces los “reyes del mundo”, como Leonardo DiCaprio en Titanic, pero sí pensábamos que a bordo de la Unión Europea nos encontrábamos en otro transatlántico insumergible. Y si la economía iba bien, qué importaba el resto. Con vacaciones pagadas y pensiones, ¿quién iba a querer estropear el invento? “España va bien”.

Contaba Vernon Walters, ex director adjunto de la de la CIA y embajador de EE.UU. en Naciones Unidas, que cuando visitó a Franco en 1974 este le dijo: “Voy a dejar algo que no encontré al asumir el Gobierno de este país hace cuarenta años […] La clase media española. Diga a su presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español, no habrá otra guerra civil”.

De esta manera, mientras los españoles se dedicaban a prosperar confiados en que la idea de que España estaba bien asentada o no hacía falta defenderla, pese a las lamentaciones de algunas instituciones, otros hacían un serio trabajo de mina para socavar lo que tanto costó construir en la Transición. Existían heridas abiertas, cierto, pero creíamos que el tiempo y la prosperidad acabarían por redimirnos a todos. Europa nos había aceptado en su club y todo eran parabienes. Hasta que llegó la crisis económica.

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Este error no es nuevo. Como recuerda Álvarez Junco en Mater Dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, nuestros antepasados dieron por sentado que España era una identidad nacional, eterna e indiscutible, que no necesitaba inculcarse o potenciarse en una escuela que sustituía la cohesión que había representado la Iglesia. Si Massimo d’Azeglio manifestó, tras el triunfo del Risorgimento: “Ya tenemos Italia; ahora hagamos italianos”, podría decirse que en España cundió la idea de “ya tenemos españoles, dejémonos de naciones”.

Por desgracia, los españoles del XIX no pudieron identificarse con su historia porque el Estado no dispuso de recursos suficientes (solo el 25% de los niños españoles estaban escolarizados en 1880). Y para cuando los tuvo, el relato español se había transformado en una contienda política en la que abundaban filósofos y literatos de discurso trágico. Henry Kamen (Poder y Gloria. Los héroes de la España Imperial) considera que la nación española no pudo germinar en las mentes de los españoles porque nació en plena decadencia, cuando España se desangraba en conflictos internos y abandonaba el primer plano internacional. María Elvira Roca Barea (Imperiofobia y leyenda negra) sostiene, por su parte, que el nacionalismo español no ha tenido fuerza porque los nacionalismos en los países católicos tienen “arraigos poco firmes”; son más propios de naciones protestantes.

Los nacionalistas, anclados en el pasado

Este erial fue una oportunidad para los que estaban empeñados en construir nuevas “comunidades imaginarias”, como escribió Anderson, o cuando menos en “transfigurar” las existentes. Si bien en un primer momento plantearon la construcción de una España diferente de la liberal centralista, más tarde se decantaron por su sustitución. Disponían entonces de suficientes ingredientes para cocinar su nueva Arcadia: el ejemplo de las nuevas naciones fruto del Volkgeist, gran cantidad de agravios heredados del carlismo, la llegada masiva de inmigrantes y un espejo donde mirarse: La España negra. Porque algunas de las manifestaciones nacionalistas demuestran, en mi opinión, que siguen anclados en esa España que los españoles creímos dejar atrás en 1978.

En primer lugar, imitaron el carácter “quejumbroso y autoconmiserativo” de la España del XIX que describió Álvarez Junco. La de una nación “defendida de los tiempos de ahora y de las calumnias de los noveleros y sediciosos”, como reza la obra de Quevedo (1609); la de los continuos agravios de “aquesta gent tan ufana i tan superba!”, como se canta en Els Segadors. Ese lamento, vivo aún, esconde una exaltación xenófoba de una identidad propia que rechaza todo lo que pueda ser identificado, en este caso, con lo español (la fiesta nacional, por ejemplo). Y me pregunto: ¿no ocurrió igual en el siglo XVIII cuando una parte de la intelectualidad española consideraba que el afrancesamiento estaba desvirtuando la esencia de España? ¿No acabó calando ese discurso en la España posterior a los sucesos de mayo de 1808? ¿Y después de nuestra Guerra Civil? ¿No son los nacionalismos antiespañoles sus herederos?

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Y del tradicionalismo español pasamos al jacobinismo gaditano a través de la representación del pueblo como único garante de la salvación de la patria y la revolución como catarsis necesaria. Una herencia de nuestra Guerra de la Independencia. La vertiente populista del actual nacionalismo catalán casa muy bien con la que representaron los liberales gaditanos en un primer momento, cuando no dudaron en sacar adelante su idea de España por encima de las leyes que había dejado el Rey y que defendían muchos españoles. La “revolución”, como se denominaría durante muchos años lo que hoy conocemos como Guerra de la Independencia, fue representada siempre como la lucha de un pueblo cuya sangre redimió la felonía de las élites corruptas al servicio de intereses foráneos y espurios. Porque el pueblo simboliza la fuerza moral de la nación.

El separatismo catalán ha representado a cada ciudadano que se rebeló con su voto en el referéndum ilegal del pasado 1 de octubre como un héroe anónimo que salvó el honor mancillado de la patria; unos héroes que han sustituido las hoces de Els Segadors por el voto contra una insidiosa España que hoy encierra a sus políticos y mina sus libertades con el artículo 155. Pero si esto es cierto, también habría que contar con ese otro pueblo que ha llenado balcones y calles con banderas rojigualdas ante la inoperatividad de sus dirigentes. Y también moviendo sus ahorros. Como afirmó Roca Barea en una reciente entrevista: “La historia me demuestra que hay que tener una fe enorme en la historia de este país, en la gente de país, no sus élites intelectuales y políticas que han tendido desde la disolución del imperio a andar desnortadas, y últimamente va a más”. El pueblo, siempre el pueblo.

De los errores de España también han aprendido los sediciosos. Han sustituido prácticamente al Estado en la Educación y medios de comunicación públicos. Porque lo primero era hacer pueblo y luego llegar a la independencia, como señaló en su día Xavier Arzalluz. La batalla se ha dado incluso en el seno de la Iglesia. Cierto es que no se ha llegado a una fusión etnopatriótica de la identidad religiosa con la política, como imagino que le hubiese gustado a Marta Ferrusola, esposa del Molt Honorable, e incluso a Oriol Junqueras, pero entiendo que la sombra de la CUP y ERC es alargada y la secularización es una realidad.

Su error ha sido otro: creer que el sentimiento patriótico español había desaparecido en Cataluña. Lo que pensaban que era “Una” Cataluña monolítica, resulta que son dos, tres o varias. Al final, va a ser que el mito de las dos Españas también se hizo real en Barcelona con las grandes manifestaciones “unionistas”. Como ha escrito recientemente el filósofo Higinio Marín, en sintonía con la tesis de Sloterdigk ¿Qué es un país?, “las naciones lo son en la medida en que son capaces de imaginarse con éxito que lo son. Además, hay que suponer que forma parte de ese éxito que la mayor parte de los que la forman quieran en efecto formar parte de ella. De ahí la seria crisis que la desafección de tantos catalanes supone para España. Y de ahí la todavía más grave imposibilidad interna de Cataluña (y de Euskadi) para tenerse por tales naciones: cuando imaginan su nación se les caen la mitad de sus conciudadanos”.

España como problema y Europa como solución

Queda un aspecto más que los españoles considerábamos ya totalmente superado, pero que ha vuelto a resurgir en su verdadera dimensión: la antieuropeidad. Uno de los mantras de los dirigentes de la Generalitat ha sido dejar España sin salir de Europa. Más Europa y menos España. Algo parecido al regeneracionismo de Costa y Ortega: España como problema y Europa como solución. Por eso, Carles Puigdemont no para de repetir en Bruselas que Europa debe salvar a Cataluña del totalitarismo español, como en su día sentenció el exlehendakari Juan José Ibarretxe: “España no tiene un problema con Cataluña, sino con la democracia”.

¿Pero realmente el secesionismo es europeísta o subyace en él una especie de grito unamuniano del tipo “¡que inventen ellos!”? No olvidemos que entre las filas de los independentistas se mueven muchas corrientes antisistema y antiglobalización, contrarias incluso al turismo. Para estos movimientos, Europa es solo un pretexto para lograr un fin. No olvidemos, por otra parte, que ERC pidió el voto al “NO” en el referéndum sobre el tratado que establece una Constitución para Europa. Al igual que Iniciativa per Catalunya Verds, el Bloque Nacionalista Galego, la Chunta Aragonesista, Eusko Alkartasuna, la Comunión tradicionalista o Falange Española (CiU y el PNV solicitaron el “sí” a sus votantes). ¿Seguirán siendo europeístas a pesar de que la UE les ha dado la espalda?

Una Coda. Hegel explicó que las naciones habían desplazado al cristianismo como nueva fe. El historiador marxista Eric Hobsbawn, en contra de todo “primordialismo nacional”, defendió que los símbolos nacionales eran meros inventos al servicio de fines políticos y económicos. Una gran parte de la izquierda se negó siempre a entrar en el discurso nacional, pues consideraba que la “liberación” de los suyos estaba en otro tipo de lucha. Dicho así, se entiende la intervención de Paco Frutos en la última manifestación en defensa de España en Barcelona. Y el artículo de Nicolás Sartorius “La izquierda y el derecho de Autodeterminación”, en El País.

Al igual que Dorian Gray, la gran mayoría de la izquierda española no se identifica con el retrato que nacionalistas y podemitas han hecho de España. Es comprensible que una parte de nuestra izquierda abandonara por un tiempo la idea de España, debido a la manipulación franquista de sus símbolos. Lo que no tiene sentido es que apoyen otras naciones de viejo cuño, con la salvedad de que las nuevas repúblicas de las que se habla hoy sean el pretexto revolucionario que ponga fin a la actual idea de España y Europa. Si es así, esa izquierda, nacionalista o no, también es un reflejo de los espejos del Callejón del Gato de Madrid, “una deformación grotesca de la civilización europea”.

Escrito por

Decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU Cardenal Herrera desde 2008. Doctor en Ciencias de la Información. Diplomado en Historia Militar por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado-UNED. Es miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles y del Foro para el Estudio de la Historia Militar de España. ​

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