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“Las flores y los tanques” . La lucha por la libertad se produjo en Praga, no en París

Los recuerdos y la mitificación del parisino Mayo del 68 ensombrecen la lucha contra la tiranía comunista de la Primavera de Praga. Con Las flores y los tanques, Luis Zaragoza recuerda el movimiento intelectual y social que puso en jaque a la URSS.   

Mayo del 68. Cuando escuchamos estas palabras, nuestra mente vuela directamente a Francia, a las revueltas estudiantiles parisinas y a toda aquella bohemia reivindicativa de barricadas y grafitis. Este año, cuando se cumple medio siglo de aquella efervescencia contracultural, se publican muchísimos libros explorando las diferentes facetas de aquella revolución. Sin embargo, 1968 fue mucho más que eso. Fue un año de ilusiones frustradas, de proyectos incumplidos, de sueños rotos. Al otro lado del Muro de Berlín tuvo lugar uno de los fenómenos más sorprendentes de ese año, que pudo tener unas consecuencias incalculables, y que tenía, sin duda, mucha más relevancia que los disturbios parisinos. Hablo de la Primavera de Praga, el momento en el que Checoslovaquia puso en jaque a la todopoderosa Unión Soviética y a su sombra de acero. A este apasionante periodo dedica Luis Zaragoza su libro Las flores y los tanques, un exhaustivo análisis de aquellos meses que hicieron tambalearse los cimientos del sistema comunista.

Las flores y los tanques

LAS FLORES Y LOS TANQUES | LUIS ZARAGOZA | CÁTEDRA | 2018 | 488 PÁGS. | 24 € | EBOOK: 20,99 €

Checoslovaquia había sido, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, una rara avis dentro del bloque soviético. Abandonada en 1938 por las democracias europeas después de que Hitler se anexionara por las buenas los Sudetes y creara el Protectorado de Bohemia y Moravia, se encontraba en una situación idónea para abrazar sin problemas el socialismo. Y lo hizo. Parecía que estaba logrando abrir una vía alternativa, basada en la reforma y no en la ruptura. El pueblo, especialmente los intelectuales, acogió el cambio con alegría, ilusión y esperanza. Milan Kundera, el magnífico escritor checo, escribió: “Inaugurábamos una época de la historia de la humanidad en la que el hombre ya no iba a estar al margen de la historia ni bajo el yugo de la historia, sino que sería él quien la dirigiese y la creara”. Ilusiones que, sin embargo, pronto quedarían frustradas. El Partido Comunista se fue infiltrando poco a poco en todos los sectores de la sociedad hasta crear un ambiente viciado y tiránico. Los que, en un principio, habían defendido la necesidad de mantenerse junto a la URSS, pero con un estilo más abierto, acabaron implantando su mismo sistema.

Parece ser, según el autor del libro, que el cambio en la tendencia checoslovaca se debió al caso yugoslavo. Yugoslavia había conseguido liberarse de la ocupación nazi-fascista prácticamente sin ayuda del Ejército Rojo, por lo que no estaba en deuda con los soviéticos y pudo mantenerse al margen. Siempre quiso permanecer alejada de Stalin, entablando una relación con sus poderosos vecinos de igualdad y no de subordinación. Su líder, el mariscal Tito, tenía una personalidad fortísima, muy carismática, y contaba con el apoyo incondicional del pueblo, por lo que su poder resultaba molesto. Cuando la actitud de Stalin fue derivando hacia posiciones cada vez más tiránicas y paranoicas, acabó renegando absolutamente de Yugoslavia y persiguiendo cualquier asomo de “herejía”, de camino específico al socialismo. Esto pudo asustar a los líderes checoslovacos, que acabaron cediendo ante las presiones rusas y optaron por acomodarse al dominio estalinista, una decisión que, en poco tiempo, se reveló como terriblemente errónea. Porque, mientras Checoslovaquia se hundía cada vez más en una distopía orwelliana, con la omnipresente sombra de las delaciones y la policía secreta y el miedo constante a las purgas, Yugoslavia se mantuvo firme en sus posiciones antisoviéticas y desarrolló una relación mucho más abierta con Occidente, y fue, durante muchos años, el país más libre y tolerante al otro lado del muro.

Checoslovaquia continuó cayendo cada vez más hondo, y fue perdiendo paulatinamente todo el apoyo popular e intelectual hasta llegar al verano de 1967, cuando estalló la crisis social. Las élites intelectuales (escritores, estudiantes y políticos reformistas del Partido) se plantaron definitivamente y exigieron reformas. Sabían que, por mucho que tras la muerte de Stalin se hubiera suavizado la presión de la mano férrea soviética, la censura seguía existiendo, y tenían la certeza de que ningún cambio sería posible sin una verdadera libertad de expresión. Así que, en su origen, la Primavera de Praga fue un movimiento cultural de las élites. Esas mismas élites que, veinte años antes, habían permanecido en silencio ante el avance de los atropellos estalinistas. De nuevo en palabras de Kundera (que retrató en su libro La insoportable levedad del ser estos años oscuros), la Primavera de Praga era “la revolución de una generación contra su propia juventud”.

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Las protestas de los intelectuales fueron creciendo y convirtiéndose en una enorme bola de nieve que pronto se tradujo en auténticas reformas. Se buscó implantar en Checoslovaquia un “socialismo de rostro humano”, un modelo más justo en el que el ser humano pudiera desarrollarse plenamente, lejos de la suela de la enorme bota soviética. Era una auténtica refundación del socialismo que ponía en tela de juicio a la misma Unión Soviética. La misma expresión “socialismo de rostro humano” resultaba ofensiva para los soviéticos (al parecer, Leonid Brézhnev preguntó a Alexander Dubček, secretario general del Partido Comunista checoslovaco: “¿Qué clase de rostro creen que tenemos en Moscú?”). Y, claro, la URSS respondió. Los llamados “Cinco de Varsovia” (la URSS, Hungría, Polonia, Bulgaria y la República Democrática de Alemania) comenzaron su intervención en Checoslovaquia mediante conversaciones y negociaciones, pero, ante el fracaso de estas, rápidamente decidieron invadir el país. Y así fue. En agosto de 1968, las tropas de los Cinco invadieron Checoslovaquia, acabando de forma violenta con cualquier intento de resistencia que encontraron. Los checoslovacos, especialmente los universitarios, se mantuvieron firmes, aunque siempre dentro de la resistencia pacífica, y acabaron sucumbiendo ante las enormes fuerzas soviéticas. El escándalo fue mayúsculo y las protestas se sucedieron por todo el mundo, incluso dentro de la misma Unión Soviética (en Moscú se convocó una pequeña manifestación de disidentes con pancartas apoyando a sus compañeros checoslovacos).

Así acabó la Primavera de Praga, con tantas ilusiones aplastadas. En estos días en los que tanto se celebra el Mayo francés, conviene recordar especialmente estos hechos. Porque los jóvenes checoslovacos estaban intentando librarse del yugo y las cadenas del mismo sistema que los universitarios parisinos y occidentales reivindicaban. Mientras que en Praga se exigía el cumplimiento de unos derechos civiles mínimos, en París se elogiaba a aquellos tiranos que estaban desangrando a su pueblo (especialmente escandalosa es la exaltación de las figuras de Stalin y Mao). Mientras que en Occidente se criticaba el Estado del bienestar y el consumismo, en Checoslovaquia se intentaban conquistar esos logros. Finalmente, mientras que en las universidades occidentales se rescataban polvorientos y casposos términos revolucionarios, arcaicos y caducos, en Praga se estaban jugando la piel por eliminarlos de sus vidas o, por lo menos, por dotarlos de un verdadero sentido.

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Las flores y los tanques es, por tanto, un libro necesario. Porque no es lógico ni comprensible que unos acontecimientos que pudieron cambiar el mundo permanezcan en un segundo plano. Es de justicia reivindicar las figuras que soñaron y creyeron que era posible realizar un mundo más humano. Porque, si bien fracasaron en su momento, consiguieron dar esperanza a una generación entera, y ese pequeño fuego se mantuvo vivo hasta el día en que, veinte años después, cayó la Unión Soviética. Porque, como escribió Pablo Neruda (sin duda con otra intención), “podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.

Imagen de portada: Detalle de la portada de Las flores y los tanques | Cátedra
Escrito por

Graduado en Humanidades por la Universidad Carlos III. Crítico de Arte.

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