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La Guerra de los Treinta Años, una herida en el corazón de Europa que tardó siglos en cerrar

Desperta Ferro Ediciones publica en español el gran estudio de Peter H. Wilson sobre la Guerra de los Treinta Años. Europa se olvidó de sus sueños de unidad y dio paso a una dinámica belicista que no se frenó hasta la Segunda Guerra Mundial. 

Podría decirse, sin temor a errar, que el conflicto conocido por la historiografía como la Guerra de los Treinta Años es uno de esos episodios históricos que han dejado una profunda marca en el espíritu de una sociedad. Y, posiblemente, este conflicto dejara su mayor huella en la memoria colectiva centroeuropea más que en naciones periféricas; pero aun así, tan grande fue la sacudida, y tan determinantes sus consecuencias, que también en esos países tiene una significación importante. Además, no cabe duda de que para entender el desarrollo histórico posterior de Europa en su totalidad es imperantemente necesario conocer las causas y consecuencias que originaron y se desencadenaron, respectivamente, de este gran conflicto europeo. Ciertamente, tras la conformación ideal de la primera Europa mediante una gran y unida cristiandad en época carolingia y su secular deterioro, este fue, sin duda, el conflicto que terminó de dinamitar dicha idea: la de una Europa común. Este, y no otro, sería el comienzo de los Estados-Nación y de una filosofía política y existencial marcadamente práctica e individualista.

La Guerra de los Treinta Años

PETER H. WILSON | LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS. VOL 1 | DESPERTA FERRO EDICIONES | 2018 | 608 PÁGS. | 27,95 €

La Guerra de los Treinta Años, conflicto extendido en el tiempo desde 1618 hasta 1648, tomando como punto de inicio la Tercera Defenestración de Praga y la Paz de Westfalia como conclusión, tuvo lugar en un espacio geográfico bastante limitado: el Sacro Imperio -con excepciones como las batallas de Fuenterrabía o Rocroi, en el marco del enfrentamiento hispano-francés- y sus zonas fronterizas, donde ya no se dejaría de combatir hasta el año 1945. Tras esta guerra, se iniciaría un dinámica invisible y no para todos perceptible, por la que el corazón de Europa estaría en constante disputa y conflicto, pues tras esta guerra se abrió la caja de Pandora (Guerra de Sucesión española, Guerra de Sucesión austriaca, Guerra de Silesia, Guerra de los Siete Años, guerras napoleónicas, Guerra franco-prusiana, etc., hasta llegar a la Segunda Guerra Mundial).

Pero, ¿por qué la Guerra de los Treinta Años tiene una especial importancia frente a las anteriores y posteriores? Mucho se ha escrito al respecto. Algunos investigadores compararon este conflicto con lo que ocurrió antes y después de la Primera Guerra Mundial, es decir, que se creía un enfrentamiento inevitable y que dejó un trauma difícil de superar en la sociedad. Otros han afirmado que fueron los cambios estructurales que estaban acaeciendo en la sociedad, sumados a las tensiones político-religiosas. No me toca a mí exponerlo aquí. Mi misión es dar a conocer a un autor que ofrece datos más que de sobra, e interpretaciones más que meditadas, para que sea el lector quien determine qué hechos o qué conjunción de hechos hicieron que la Guerra de los Treinta Años creara una herida en Europa que no cicatrizaría hasta la posmodernidad. Y ese no es otro que Peter H. Wilson, investigador británico y uno de los mayores expertos en la historia moderna centroeuropea.

En su obra La Guerra de los Treinta Años: una tragedia europea (2018), que trae al castellano Desperta Ferro Ediciones, siempre selecta en los títulos por los que apuesta, Wilson realiza una historia total del gran conflicto europeo, sin dejarse absolutamente nada en el tintero. De hecho, la obra original británica está publicada en un tomo que sobrepasa las mil páginas, cuestión nada cómoda que los editores de Desperta Ferro han tenido el buen tino de cambiar, publicándolo en dos volúmenes, tratando el primero, y que nos ocupa, los orígenes remotos del conflicto y los primeros doce años del mismo, y el segundo, aún no publicado, los siguientes dieciocho años y las consecuencias de la guerra. Cabe añadir que, pese a contar con esas dimensiones, nada en el libro sobra, todo tiene un sentido, y todo juega un papel en el mosaico general de las causas y consecuencias de la guerra.

Así, Wilson no solo se centra en el Imperio, en los Estados alemanes, España, Francia y Suecia. Al comienzo, en la parte I, “Orígenes”, el autor describe una a una cada entidad política, por pequeña que fuera su participación en el conflicto: su funcionamiento político interno y externo, la mentalidad de la sociedad, la sensibilidad religiosa, los recursos y el carácter de la economía, los datos geográficos y demográficos… Es decir, todas las piezas para entender cada movimiento en el tablero europeo. Hasta los transilvanos, valacos y moldavos, los ucranianos y los moscovitas, tendrán su momento protagonista, aunque bien es cierto que el peso en la narración la llevan el Imperio, España, los Estados alemanes (Sajonia, Austria, Baviera, Palatinado, etc.), las Provincias Unidas, Francia y las dos grandes potencias bálticas.

Mención especial merece la explicación, sintética pero completa, de Wilson sobre la problemática religiosa en Europa desde la Reforma luterana, donde no solo demuestra un gran conocimiento, sino también una admirable objetividad. También especial interés entrañan las descripciones de los avances tecnológicos en materia militar, tanto táctica como estratégica, destacando el seguimiento que Wilson comienza con los españoles, prosigue con los holandeses y culmina con los suecos. Cabe mencionar, en este sentido, como importante novedad de la época, que es el momento de la decadencia del mercenariado, al que tanto habían recurrido España, el Imperio o Francia, y comienza una nueva época: el de las levas nacionales, impulsadas por Gustavo Adolfo II de Suecia. Es el momento, también, del declive de los piqueros y las armas blancas, y el comienzo de la edad dorada del mosquetero, las líneas de infantería más largas que profundas y de los uniformes e identificadores nacionales. A todo ello, Wilson acompaña las razones económicas y sociales de dichos cambios, que son la auténtica flor y nata de esta obra: por qué los holandeses introducen unas determinadas reformas y no otras, o por qué las tropas de la frontera húngara siguen apostando tan decididamente por la caballería ligera (húsares), o los polaco-lituanos por la caballería pesada… En definitiva, en esta obra se encuentra un sinfín de buenas interpretaciones para entender los cambios estructurales y, por ende, coyunturales, de toda una época.

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Por último, cabe destacar de esta obra, como en todas las que merecen la pena, el derribo de mitos que han quedado en la memoria colectiva, como el tan extendido en la propia España de que tras esta guerra la monarquía hispánica había desaparecido como potencia de primer orden europeo; o que el conflicto fue eminentemente religioso; o que los bandos estaban fuertemente cohesionados y orbitaban en torno a los mismos intereses y creencias; y un largo etcétera. España siguió portando el identificativo de potencia de primer orden, al menos hasta el siglo XIX. En el conflicto, las cuestiones religiosas se unieron a otra miríada de causas que eran o más antiguas y enquistadas o más recientes y abiertas que estas. Que los bandos estuvieran cohesionados y homogeneizados nada tenía que ver con la realidad, pues la política siempre ha sido más pragmática de lo que los cronistas han querido hacer ver. Por mucho que España fuera el adalid del catolicismo, no apoyaba a los Habsburgo austriacos por el mero hecho de que representaban a las potencias católicas centroeuropeas, que posiblemente también; pero, como señala Wilson, también lo hacían porque eran familia, porque resguardaban su propia influencia en Europa, porque se encontraban junto a muchos de sus territorios europeos, etc. La misma Francia, cuyo monarca era católico, luchó del lado protestante, no por otra cosa que por motivos políticos y geoestratégicos. Suecia misma, que tantas veces se ha considerado el adalid del protestantismo, si se mira con profundidad, se comprueba que detrás se esconde un imperialismo cuyo objetivo es el control del Báltico, lo que requería el control, a su vez, de la costa sur del mismo, es decir, los territorios alemanes del norte. Y muchos mitos más son derribados por Wilson.

Se puede decir, sin temor a errar, que esta obra marca un punto de inflexión en la manera de estudiar y entender la Guerra de los Treinta Años, desde una perspectiva global y no nacional; una guerra que cambió de manera absoluta el devenir histórico de Europa y su mentalidad. Todos aquellos interesados en entender los hechos a escala europea posteriores a este conflicto deberían leer esta obra.

Imagen de portada: Detalle del cuadro El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel el Viejo, que puede verse en el Museo del Prado y que ilustra la portada de La Guerra de los Treinta Años: una tragedia europea | Desperta Ferro Ediciones
Escrito por

Graduado en Historia por la USP CEU y máster en Historia Antigua por la UCM-UAM.

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