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El Frente Popular como paradigma kuhniano . Dogmas y medias verdades de la historiografía

El filósofo Thomas Kuhn se percató de que los científicos forman comunidades cuyos miembros comparten un “paradigma”, convicciones que son tomadas como ciertas, lo sean o no. En España pasa lo mismo con los sucesos acaecidos desde 1931. Lo políticamente correcto es decir que en ese año se proclamó una república democrática y que en 1936 acabaron con ella unos cuantos militares fascistas. La verdad siempre genera libertad, aunque para ello tenga que escocer. 

En la investigación científica, hay una experiencia sumamente común y paradójica: la dificultad con que los propios científicos aceptan los descubrimientos que les obligan a cambiar sus propias ideas. Este es un hecho universal; se da en todos los saberes y no hay que darle demasiadas vueltas. Se basa en la manera de razonar de los seres humanos. Recuerden que fue ese precisamente el objeto de la tesis famosa de Thomas Kuhn sobre las revoluciones científicas. Se dio cuenta de que los científicos forman comunidades que se caracterizan porque sus miembros comparten un “paradigma” y entendía por tal una constelación de convicciones que, ciertas o no, se han convertido en “pre-científicas”; no necesitan ya justificación empírica; son creídas y en paz. E influyen de tal modo en los científicos que condicionan todo el proceso de sus investigaciones: la elección del asunto a investigar, el punto de vista desde el cual se estudia ese objeto, las preguntas que uno se hace sobre él, el método que se emplea, las técnicas que se aplican y hasta la selección de aquellos resultados que nos parecen relevantes (y la exclusión de los que consideramos irrelevantes). El ejemplo mejor que puso Kuhn y detalló fue el del heliocentrismo: observó cómo Copérnico lo propuso en los años cuarenta del siglo XVI; lo aceptaron algunos y otros lo rechazaron. Medio siglo después, cuando lo hizo suyo Galileo, habían cambiado sin embargo las tornas; la llamada “Revolución científica” fue cosa del siglo XVII y no del siglo XVI.

Si Kuhn hubiera vivido unos años más, se habría enterado de más paradojas aún: según los expertos, no hubo revolución científica en el siglo XVII y, la hubiera o no, los científicos “revolucionarios” no tenían conciencia de llevar a cabo revolución alguna.

El paradigma de Kuhn

Si, además de eso, Kuhn hubiera esperado más aún y hubiera visto lo que quedaba de su tesis en la mente de los científicos, aún se habría asombrado más. Al comenzar el tercer milenio, eran multitud los estudiosos que empleaban la palabra “paradigma”, pero le daban el sentido contrario al de Kuhn: el paradigma no era la constelación de convicciones que comparten los científicos, sino la propuesta científica revolucionaria con que alguien pretende romper la constelación de convicciones que comparten los científicos. Es decir: un paradigma, en ellos, es la propuesta para romper lo que es un paradigma según Kuhn.

Con los años, Kuhn llegó a darse cuenta de que todo esto no sucede solo en las comunidades científicas, sino en todas las comunidades humanas, incluidas las sociedades analfabetas. La clave está en que el “paradigma”, tal como lo entendía Thomas Kuhn, no es el fruto de la comunidad (científica o no), sino la condición indispensable para que haya comunidad. Formamos comunidades precisamente al compartir las convicciones suficientes para entendernos y convivir a gusto. Es la condición de la convivencia. Lo paradójico es que el progreso implica quebrar precisamente convicciones. Sin ello, no hay avance posible.

Eso pone las cosas muy difíciles: la compatibilidad entre convivencia y progreso requiere un equilibrio que no siempre es fácil lograr; es frecuente que reduzcamos el progreso a aquello que desean los que más se hacen oír y, por ese camino, debilitamos en vez de reforzar la convivencia. Eso es -por ejemplo- lo que hoy se considera “decir lo políticamente correcto”.

De esto último -de repetir lo que se impone como “políticamente correcto”- hay múltiples ejemplos en la historia. Este año conmemoramos uno, el de la segunda Revolución Rusa de 1917, la bolchevique. Hasta 1989, lo políticamente correcto era considerar el comunismo como una forma de progreso, sin más, y era incorrecto recordar los millones de rusos -realmente millones- que murieron en menos de una década de régimen bolchevique, primero en la revolución de 1917 y en la guerra civil que siguió. Y se pasaba por Stalin y el estalinismo como sobre ascuas.

En España ocurre exactamente igual hoy día con lo ocurrido desde 1931. Lo políticamente correcto es que, ese año, se proclamó una república democrática y que, en 1936, acabaron con ella unos cuantos militares fascistas. Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa han demostrado que eso no ocurrió así de torpemente en 1936: Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (Espasa, 2016) y este libro ha tenido un éxito tan grande como paradójico. No se ha hablado de él en la prensa, salvo para manifestar el mayor desdén y negar su valor científico y, sin embargo, ya debe andar por la segunda edición.

Permítanme aplicarle la lógica de Kuhn y no ceñirme a lo políticamente correcto. Ya he explicado por qué el progreso (en este caso, en el conocimiento) puede debilitar la convivencia, pero también fortalecerla, aunque sea a medio plazo. Mi experiencia de historiador, más que cumplida, me ha enseñado que la verdad siempre genera libertad, aunque para ello tenga que escocer.

‘Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular’ . La dudosa democracia de 1936

Adelanto que los autores del libro que comento no hablan de lo que sucedió desde el golpe de Estado de julio de 1936, ni mucho menos de la guerra civil que siguió. Ni se asoman siquiera a los cuarenta años de dictadura que vinieron después. Es posible que crean que aquellos vientos trajeron estas tempestades; pero estoy muy seguro de que no creen que eso fuera irremediable. Dicho a mi modo: la dictadura de Franco no duró cuarenta años porque el general ganara la guerra, sino que ganó la guerra y aprovechó la victoria para quedarse cuarenta años. La propia guerra de 1936-1939 no se alargó tres años porque unos generales dieran un golpe de Estado en aquel mes de julio, sino porque muchos españoles -y muchos que no eran españoles- reaccionaron ante ese hecho de tal forma que una parte de ellos tardó tres años en derrotar a la otra. En realidad, por eso resultó vencedora la parte acaudillada por aquellos generales, siendo así que su golpe de Estado fue sencillamente un fracaso (digo el del 18 de julio de 1936). Lean, si no, lo que pensaba Félix Maíz, el secretario del general Mola (Mola frente a Franco, Laocoonte 2008). Llega a decir -me figuro que a posteriori-: mientras ellos se dedican a hacer la revolución en la zona que dominan, nosotros intentamos recuperarnos del fracaso.

Explicar todo esto requeriría por lo menos un libro donde explicar que los vientos traen tempestades solo si se dan circunstancias que propicien o fuercen que un viento se convierta en tempestad. Y tales circunstancias incluyen decisiones libres a favor o en contra del viento; decisiones que solo pueden tomarse cuando el viento ya ha empezado a soplar, aunque sea una simple brisa.

Con esto, querría dejar claro que, si he leído bien la obra de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa sobre las elecciones de febrero de 1936, ellos no dicen ni que el falseamiento de esos comicios legitimara el golpe de Estado que se dio cinco meses después. El golpe vino de una decisión relacionada con lo que ocurrió después de esas elecciones y no tuvo por qué ocurrir. No fue consecuencia necesaria del falseamiento electoral.

Una Constitución que hace imposible la existencia pacífica 

En realidad, el libro al que me refiero forma parte de una línea de investigación que ha ido avanzando en sentido contrario: de lo anterior a lo posterior, y no viceversa. Lo primero que leí de estos autores fue un libro de Álvarez Tardío (Anticlericalismo y libertad de conciencia: Política y religión en la segunda república española, 1931-1936, Centro de Estudios Constitucionales, 2002) donde se explicaba cómo se hizo el proceso constituyente de la II República Española en 1931 y se descubría de qué modo una parte de los vencedores de las elecciones de junio de ese año impuso a la otra parte -vencedora también- una Constitución maximalista que venía a excluir a los perdedores. También en este caso, esa Constitución podía haber venido a articular un ámbito legal de convivencia entre vencedores, perdedores y los que no se consideraban ni lo uno ni lo otro (que bien podía ser la mayoría).

Lo segundo que leí fue otro libro en el que ambos autores estudiaban el proceso constituyente y el desarrollo de la legislación electoral en las Cortes de 1931-1933 (El precio de la exclusión: La política durante la Segunda República, Ediciones Encuentro, 2010) y se veía claramente lo que se acaba de decir, aplicado al futuro: se impusieron los que querían que, en las futuras elecciones, las propias leyes impidieran la victoria de los contrarios. Podían no haber propuesto y aprobado una legislación así, que desarrollara ese aspecto de la Constitución de manera excluyente. Pero lo hicieron (aunque, a pesar de todo, perdieran en 1933 y tuviesen que dejar el Gobierno) y, además de hacer eso, algunos de ellos promovieron la llamada Revolución de Octubre en 1934.

Cien años de la revolución más sangrienta . Del sóviet al gulag en nombre del comunismo

De esto último -lo de octubre-, que yo sepa, no se ocuparon Álvarez Tardío y Roberto Villa más que en lo imprescindible para que se entendiera lo que luego ocurrió. Lo que, de su obra, leí en tercer lugar, por tanto, fue el libro sobre las elecciones del Frente Popular, las de febrero de 1936, el ya citado de Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular. Y lo que en él concluyen -porque los hechos lo demuestran- es que se celebraron en un ambiente de coacción que hizo -entre otras muchas cosas- que varios gobernadores civiles huyeran o fueran inmovilizados durante la jornada electoral. Por eso y otras formas parecidas de coacción, fue muy fácil falsear las actas electorales de bastantes distritos españoles. Y se falsearon. Nada más.

En esta nota, realmente, tampoco yo querría decir más. Claro que hubo mucho más en los cinco meses que siguieron hasta el golpe de Estado militar de julio de 1936. Pero no es eso lo que estudian en su notable obra Álvarez Tardío y Roberto Villa, sino lo dicho.

¿Que eso supone acabar con la idea de que aquella fue una república pacífica y modélicamente democrática? En mi opinión, sin duda, sí. No se puede considerar ni pacífica, ni modélica, ni democrática una república cuya Constitución (1931) contiene artículos que hacen imposible la existencia pacífica -no digo ya la convivencia- de una parte de los habitantes del país; se asegura aún mejor la exclusión por medio de la legislación electoral y, en 1936, a todo eso aún se añade el falseamiento de las actas electorales. Esto no es investigar la historia pro domo sua; esto es, sencillamente, trabajar, llegar a unas conclusiones y publicarlas.

Imagen de portada. Thomas Kuhn sobre la bandera de la república | Youtube y Pablo Casado
Escrito por

Catedrático de Historia contemporánea y Profesor de Investigación del CSIC.

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