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Fukuyama y el último hombre . Occidente ha dejado de pensar en la igualdad

Los postulados de Fukuyama en El fin de la Historia ya fueron rebatidos en los tiempos de su publicación. Pero una lectura actual de ese texto puede contener las claves de asuntos como el auge del populismo y el nacionalismo. 

En el verano de 1989, la revista The Nacional Interest publicó un artículo del que se hablaría hasta la saciedad: “¿El fin de la Historia?”, de Francis Fukuyama. Convertido posteriormente en un controvertido libro, sus supuestos evocan algunas de las tensiones que sufren las democracias occidentales, tanto por fenómenos ad intra como ad extra.

La última crisis económica, los crecientes fenómenos migratorios, las tensiones religioso-políticas, la fractura del Brexit y los ascensos de determinados populismos, nacionalismos y líderes autoritarios, han puesto sobre el tapete problemas subyacentes a unas sociedades que vivían ensimismadas en la cultura de consumo universal; en una cultura materialista basada en postulados económicos más que ideológicos.

Puede que los occidentales miren al nacionalismo como rechazo al llamado “multiculturalismo”. Entienden que las democracias liberales no pueden ser imparciales con aquellos que son intolerantes con el modelo occidental

Según Fukuyama, la prosperidad a lo largo de nuestra historia se ha buscado a través de la adquisición de bienes materiales. Mejorar las condiciones de vida ha sido un sinónimo de reconocimiento de la dignidad. Los países que han visto mejorar su nivel de vida y han consolidado una clase media han mejorado los niveles de participación política de su ciudadanía y sus instituciones democráticas.

Aunque Fukuyama suene en ocasiones a los acordes de Marx, no está del todo desencaminado. Porque esas transiciones modélicas hacia unas democracias donde reinaría una cultura del bienestar irreversible han degenerado en “estados blandos, prósperos, satisfechos de sí mismos, ensimismados y de voluntad débil, cuyo proyecto más grandioso era algo tan heroico como la creación del Mercado Común”, en palabras del politólogo.

“Poscapitalismo”: el mensaje marxista en la era digital

Si antes de la caída del muro la batalla principal era entre el sistema democrático liberal y la tiranía comunista, acabada la última, Fukuyama consideró que las ideologías habían pasado a un segundo término por obra y gracia de la economía de mercado. De hecho, para el profesor americano, los europeos carecían de “una teoría del desarrollo político independiente de la economía”, lo que demostraría las pocas diferencias existentes en materia económica entre las izquierdas y derechas mayoritarias en Europa en lo que algunos denominan con cierta sorna las “socialdemocracias liberales europeas”.

En busca del error de Fukuyama

Los principales críticos de Fukuyama pusieron el grito en el cielo con dichas afirmaciones y mostraron como ejemplo de su error el conflicto de Yugoslavia: un país que disponía de clase media y que supuestamente había superado todo conflicto étnico-religioso acabó envuelto en una guerra civil sanguinaria. Los advenimientos posteriores de las nuevas Rusia y China, los conflictos Oriente-Occidente, entre otros fenómenos, siguieron la misma línea de argumentación contraria a los postulados de Fukuyama. Era un absurdo pensar en la “parusía” de la Historia.

fukuyama

Portada anglosajona de “El fin de la Historia”

Atendiendo a lo expuesto por Fukuyama y sus críticos, habría que preguntarse por qué nos encontramos ante un risorgimento del nacionalismo en su más amplio espectro. La “globalización” puede haber generado un miedo general entre los occidentales a perder sus “esencias patrias”, pero no sería extraño afirmar que esas “esencias” se limitan solo a las bonanzas derivadas del Estado del Bienestar.

Fukuyama afirma que el nacionalismo no ofrece un programa político distinto o nuevo. En sí no es un peligro para las democracias liberales, porque estas se desarrollaron o son producto de las naciones. Mucho menos para las economías de mercado, cada vez más extendidas en todo el planeta. Entonces, ¿cuál es la raíz del new age nacionalista? ¿Va más allá de unos occidentales preocupados por su presente o futuro económico?

Es posible que los occidentales hayan vuelto su mirada de nuevo al nacionalismo como rechazo a lo que se denomina “multiculturalismo”. Es decir, que entienden, como Charles Taylor, que las democracias liberales no pueden ser imparciales con las culturas que son intolerantes con el modelo occidental. Y, ante determinados abusos de lo “políticamente correcto” y de utopías mal entendidas, según ellos, como la Unión Europea o las Naciones Unidas, se están decantando por lo diametralmente opuesto.

El hombre posmoderno ya no está triste

Otro factor influyente podría ser la beligerancia ante ideologías que han servido de refugio de los otrora marxistas, como los movimientos ecologistas, por no poner ejemplos más polémicos. Y no debería despreciarse la influencia de la posmodernidad, individualismo, biocentrismo y nihilismo en las creencias religiosas.

Si consideramos lógicas estas premisas, ciertas formas de populismo vinculadas con los nacionalismos no tendrían que ver tanto con factores económicos sino culturales. Fukuyama considera, como Hegel, que en la política moderna los hombres no buscan recursos, sino reconocimiento. Los occidentales, que lucharon por extender la isothymia en la que se basa la democracia liberal (el deseo de ser considerados iguales), ahora defienden su megalothymia (su deseo de manifestar su superioridad). Es un tema complejo y polémico, pero no debemos dejar de pensar en ello, porque muchos occidentales sienten que vamos hacia un cambio de ciclo.

La rebelión de las masas a la luz del siglo XXI

Podría decirse asimismo que la situación actual de Europa, y también de Estados Unidos, es la lucha por la supervivencia del último hombre de Nietszche. El hombre posmoderno ya no está triste. Vuelve a tener miedo, como defendía Hobbes. Ese último hombre, ensimismado por su narcisismo consumista y su mundo virtual, carece de proyecto y ve con temor la amenaza de fuera. Por ello, se abraza a lo que le considera más seguro. Porque entiende que le están robando su historia. Y si el hombre, según Ortega, no tiene naturaleza sino historia, siente que su forma de vida está en peligro por los que vienen de fuera o no comparten su cultura. Los “recién llegados”, por su parte, también luchan por su justo deseo de prosperar, sin tener por ello que renunciar a sus raíces, porque sería también vivir de espaldas su propia historia.

Nos enfrentamos a una crisis de lo que ha venido significando Europa y EE.UU. Sus valores culturales. Sus ambiciones. Sus creencias. Su historia. En el caso de Europa, la crisis del Brexit y de aquel Tratado para la Constitución Europea (no olvidemos que antes del “bofetón” inglés la UE ya había entrado en crisis) han significado un retroceso de esa etente cordiale que buscaba en la eterna idea de Europa la solución de los conflictos nacionales; en el caso de EE.UU., modificar o poner barreras al “sueño americano”. Mientras, populistas de uno y otro signo venden viejas y nuevas utopías a ese último hombre.

Escrito por

Decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU Cardenal Herrera desde 2008. Doctor en Ciencias de la Información. Diplomado en Historia Militar por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado-UNED. Es miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles y del Foro para el Estudio de la Historia Militar de España. ​

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