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La muerte de Felipe V . La llegada a España de los Borbones y su nueva forma de gobernar

Con la llegada de Felipe V al trono, la dinastía Borbón desembarca en España. Será el comienzo de una nueva etapa en la que se observarán importantes cambios a la hora de gobernar. La estrecha relación con Francia marcará las décadas posteriores.

El 9 de julio de 1746 fallecía en El Escorial Felipe V, el primer monarca de la casa Borbón, siendo enterrado en el pequeño “Versalles” del Palacio de La Granja. La extinción de la dinastía de los Austrias en España traerá consigo una crisis de índole mundial, al poner sobre el tapete internacional la adjudicación de una de las grandes potencias del mundo. Su suma a una de las potencias existentes le daría el liderazgo por encima de las demás. El consenso alcanzado por las potencias había sido el reparto de la enorme herencia española. Sin embargo, Carlos II de Austria decidió, en su lecho de muerte, dejar el Imperio español en manos del único sobrino que pudiese mantener la unidad de este. El poder militar de la Francia de Luis XIV se vería obligado a hacerlo para defender los derechos del nuevo monarca.

Por esta razón, el nuevo Rey entró en nuestro país con una guerra civil, la Guerra de Sucesión, que duraría de 1700 hasta 1713. La llegada del primer Borbón supondrá un cambio importante del arte de gobernar en España, tanto a nivel interno como externo. A nivel interno, la victoria militar pudo realizarse gracias a la gestión de los recursos humanos y económicos del reino de Castilla, que se habían recuperado durante la buena gestión del reinado de Carlos II, algo poco conocido en el monarca más vilipendiado de la historia. A su vez, los decretos de Nueva Planta extinguieron los regímenes forales de los reinos conformantes de la Corona de Aragón, que habían formado la base inicial de apoyo al pretendiente austracista. Después del duro dominio francés que sufrió Cataluña, el régimen descentralizado de los Austrias fue defendido a ultranza por las pequeñas oligarquías locales catalanas y valencianas, que vieron en el monarca borbónico una reintroducción del centralismo galo que habían sufrido sus padres. La España foral, con sus peculiaridades, quedará reducida al reino de Navarra y las provincias vascas del reino de Castilla.

El cambio será absoluto, el Gobierno polisinodial será sustituido por secretarios que funcionarán en un equipo pequeño y ágil de confianza del monarca, donde destacarán figuras como el cardenal Alberoni o José Patiño, restaurador de nuestra Armada. Los Tercios serán reformados en regimientos de corte francés, la moda de la época, y la Armada será la gran beneficiaria del presupuesto, para asegurar nuestros vínculos con una América que nos permitía ser todavía una potencia mundial, tras la pérdida de los territorios europeos (Países Bajos, posesiones italianas, Menorca y Gibraltar). El Gobierno del nuevo monarca subrayará un mayor centralismo, que hará de Castilla el núcleo de su poder e iniciará un proceso de intensa modernización a la europea de España. Esa modernización significaba realzar el absolutismo real -los Austrias nunca fueron absolutistas- y racionalizar la explotación económica de América, con unos criterios utilitaristas. América será vista del mismo modo que Francia o Gran Bretaña veían sus territorios ultramarinos, no territorios pertenecientes a un mismo imperio, sino como mercados para los monopolios de las compañías comerciales.

El mecenazgo del mundo cultural prosiguió, con el enriquecimiento del desembarco del rococó. En el campo científico, se fundaron las reales academias, al estilo francés, y la educación se vio muy marcada por esa influencia foránea.

A nivel internacional, Felipe V intentó recuperar los territorios italianos de la monarquía, participando en los conflictos bélicos que se sucedieron durante la primera mitad del siglo XVIII. La sangre española derramada será premiada finalmente con la entrega en 1734 de Nápoles y, años después, de Parma, Plasencia y Guastalla. Sin embargo, nunca volverán a pertenecer a España, sino que formarán principados soberanos, aunque satelizados a través de los hijos del Rey con su segunda mujer, Isabel de Farnesio, mujer de carácter que aprovechó a favor de la suerte de sus hijos, infantes sin posibilidad de reinar en aquel momento, la fuerte inclinación que el monarca tenía hacia ella.

La política internacional de Felipe V se enfeudó a Francia, a través de los pactos de Familia; de los tres firmados durante el siglo, dos lo fueron durante su reinado. El apoyo francés permitía a España restaurar su dominio indirecto en Italia, pero a cambio permitía a Francia lidiar contra Gran Bretaña por la primera posición mundial, en sus luchas en ultramar. La hegemonía naval británica solo podía ser contestada por la unión de las flotas francesa y española, y la defensa de la América española únicamente podía salvarse desde el dominio del Atlántico.

Felipe V fue el primer Borbón que impuso un modo de gobernar diferente, su largo mandato propició que las líneas de su actuación perdurasen en gran medida en el reinado de sus descendientes, especialmente en el futuro Carlos III. No se puede interpretar correctamente la España de hoy sin estudiar el reinado de Felipe V.

Imagen de portada: Retrato de Felipe V realizado por Miguel Jacinto Meléndez | Biblioteca Nacional de España
Escrito por

Profesor Titular de Historia Contemporánea en la USP CEU. Doctor en Historia por la Universidad de Deusto y Doctor en Derecho Político por la UNED. Coautor del libro “De Le Pen a Le Pen. El FN camino del Eliseo”, Ed. Schedas.

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