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“Felipe IV el Grande”, un libro para resarcir la memoria de un Rey maltratado por la historia

Felipe IV favoreció el auge cultural, se preocupó de los asuntos políticos y sostuvo su fe por encima de cuestiones de Estado. Pese a todo es un monarca maltratado por la historia, algo que Alfredo Alvar intenta corregir con su último libro.

Es curioso cómo nos gusta a los españoles maltratar nuestra historia. Es normal, e incluso lógico, que nuestros enemigos históricos (ingleses, franceses u holandeses) lo hagan, por rencor o, quizá, envidia, a pesar de lo diferente de la situación actual que atraviesa nuestro país, tanto a nivel interno como internacional. Pero no tiene sentido que seamos nosotros mismos los que más nos empeñemos en manchar el pasado. Ya lo lamentó Amadeo I de Saboya en sus palabras de abdicación (“Si fueran extranjeros los enemigos, entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles”), y arrastramos ese mismo problema hasta nuestros días. Ciertos personajes han sufrido un peor trato que otros, es cierto. Uno de los peor parados ha sido Felipe IV, cuya personalidad suele definirse como frívola y poco preocupada por las cuestiones políticas. Se dice que vivía más preocupado por la caza, el arte y las mujeres que por los asuntos de Estado. Esa es la idea que ha pretendido destruir el historiador Alfredo Alvar Ezquerra con su biografía, que lleva el significativo título de Felipe IV el Grande (La Esfera de los Libros).

Felipe IV el Grande

FELIPE IV EL GRANDE | ALFREDO ALVAR EZQUERRA | LA ESFERA DE LOS LIBROS | 2018 | 696 PÁGS. | 34,90 €

Porque, y es una de las ideas más repetidas a lo largo del libro, Felipe IV fue un gran Rey. Además de que durante su reinado se alcanzó la máxima extensión territorial de la Monarquía Hispánica (realmente fue durante el reinado de Felipe II con la inclusión de Portugal, pero se mantuvo hasta Felipe IV), el monarca se preocupó y quiso involucrarse al máximo en los asuntos políticos, intentando llevar las riendas en todo momento. Heredó el trono a los 16 años, una edad demasiado temprana para haber desarrollado la madurez suficiente, por lo que fue manipulado, durante una primera etapa, por don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares. Sin embargo, es necesario reconocer que el Rey intentó siempre conservar algo de independencia, rebelándose poco a poco contra su valido hasta que, en 1643, el Rey decidió prescindir definitivamente de sus servicios y, una vez libre de la sombra de su consejero más cercano, actuar sin esas ataduras. Y, como insiste en varias ocasiones Felipe IV el Grande, lo hizo durante nada más y nada menos que 22 años, los mismos que reinó con Olivares.

Otro de los aspectos que recoge Felipe IV el Grande es la importancia del Rey para el patrimonio artístico español. A él le debemos, básicamente, el Museo del Prado, con la maravillosa colección de cuadros que en él encontramos. El ejemplo más ilustre es Velázquez. El genio sevillano fue traído a la Corte para convertirse en el pintor del Rey, y consiguió la exclusividad para retratarlo durante muchos años. Velázquez coincidió allí con Rubens, que se encontraba en misión diplomática, y entabló con él una relación cordial y amistosa. Es indudable que aquel joven andaluz aprendió muchísimo del maestro flamenco. Tiempos gloriosos y maravillosos aquellos en los que, en palacio, se encontraban trabajando mano a mano dos de los mejores pintores de la historia del arte. Y la sensación de incredulidad se incrementa al pensar que, al mismo tiempo, las calles de Madrid eran frecuentadas por otros grandes genios, como Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca o Francisco de Quevedo. Un auténtico Siglo de Oro.

Hubo gloria, y mucha, en aquellos tiempos. Felipe IV el Grande pretende tirar abajo la idea de que fue un “Austria menor”. Es un término que debió ocurrírsele a algún historiador del siglo XIX, y todos esos pensamientos que abordan su monarquía como un momento de decadencia son, sin duda, fruto de una triste mentalidad noventayochista que deberíamos eliminar de nuestras mentes cuanto antes. Es cierto que durante su reinado comenzó el declive del Imperio español, pero fue resultado de un panorama internacional complejísimo arrastrado durante siglos. El Rey fue un hombre digno y bien preparado que se dejó llevar hasta el final por sus principios y su herencia. Felipe IV fue un Rey católico, y lo fue de verdad. Su fe estaba siempre por encima de las razones de Estado, y tenía una mentalidad (ya anacrónica en su momento) determinista, que hacía pensar que los triunfos de un Estado se debían al buen comportamiento de su Rey, y que, por el contrario, todo lo malo que les pudiera suceder a sus súbditos era debido a sus defectos y pecados. Y, al otro lado de los Pirineos, encontramos al mucho menos católico cardenal Richelieu, hombre pragmático y frío que supo leer los signos de los tiempos y adivinar que podía poner fin a la hegemonía hispánica. Y, al declarar la guerra a España, puso patas arriba el panorama internacional con una escandalosa noticia en un momento en que la Guerra de los Treinta Años se encontraba en su apogeo: ¡dos países católicos en guerra!

La Guerra de los Treinta Años, una herida en el corazón de Europa que tardó siglos en cerrar

En semejante circo, a Felipe IV le crecían los enanos por todas partes: aprovechando la declaración de Richelieu, Cataluña y Portugal se rebelaron contra quien era, no olvidemos, su legítimo Rey. Y no solo ellos. También varios nobles españoles, como el duque de Medina Sidonia, se alzaron en armas. Y Nápoles y Sicilia. Un contexto hostil, cuando menos. Y, poco a poco, Felipe IV fue saliendo adelante, ganando en algunos de estos frentes y abandonando otros. Incapaz de abarcarlo todo con las famélicas arcas estatales, tuvo que seleccionar dónde actuar. Y decidió que el frente que no iba a poder cubrir era Portugal, el más costoso de todos. Decidió mantener Cataluña, a pesar de su nula relevancia en ese momento (como señala Alfredo Alvar, autor de Felipe IV el Grande, una pequeña esquina del Mediterráneo ante toda la fachada del Atlántico) porque se lo debía a sus antepasados. Cataluña pertenecía a la Corona desde mucho tiempo atrás, y no podía renunciar a ella sin traicionar su legado. Pero, y es conveniente señalarlo, es curioso cómo la historia se repite: en un contexto de crisis general en España, los catalanes deciden abandonar el barco y buscar su prosperidad por otro camino. Y, viendo que las cosas se tuercen en sus pretensiones, vuelven al redil a la espera de otra ocasión. De aquellos polvos…

En definitiva, Felipe IV el Grande es una biografía interesantísima, bien escrita, con un estilo fluido y ágil, aunque en ocasiones se entretenga en asuntos un tanto farragosos, que destaca la importancia trascendental de un Rey especialmente relegado a un segundo plano. Los madrileños, particularmente, debemos honrar la memoria de Felipe IV, pues a él debemos nuestros dos mayores tesoros, el Museo del Prado y el parque del Retiro, el antiguo Palacio del Buen Retiro. Felipe IV el Grande es un libro altamente recomendable que sigue una estela de reivindicación de nuestra Historia, desterrando esa nefasta leyenda negra. No dejen de leerlo.

Imagen de portada: Detalle del retrato que aparece en la portada de Felipe IV el Grande | La Esfera de los Libros
Escrito por

Graduado en Humanidades por la Universidad Carlos III. Crítico de Arte.

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