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El pacto contra la violencia machista debe contemplar una protección de la familia

Los partidos acuerdan un plan de 200 medidas dotadas por un presupuesto de 1000 millones para hacer frente a la violencia machista.

Llevamos varias semanas con el eco de la primera iniciativa legislativa resultado del acuerdo entre los principales partidos del arco parlamentario. Con un inusitado despliegue publicitario los medios no dejan de hablar de los mil millones presupuestados y de las doscientas medidas acordadas para atajar el fenómeno de la violencia ocurrida entre hombre y mujer. Varios interrogantes surgen al hilo de tanta información complaciente, de tanto pronóstico optimista ante el primer acuerdo interpartidista de esta legislatura: ¿serán eficaces las medidas?; ¿abordan en profundidad un problema que existe en todas las sociedades con independencia de su desarrollo?; ¿de dónde surge el consenso: de un profundo análisis de esta violencia o por el contrario procede de un acuerdo ideológico que nadie se atreve discutir pero cuya eficacia nadie ha probado?

Resultan sobrecogedoras y tristísimas las noticias de violencia, mucho más si se dan en el ámbito familiar y afectan también a menores. No quisiera que mis palabras resultaran un jarro de agua fría frente a medidas de evidente buena voluntad, cuya intención es combatir la violencia, sin embargo, en esta espinosa cuestión no es oportuno, ni eficaz un buenismo que no profundice en otros temas en los que me parece obligatorio detenerse.

Sorprende que no se mencione, por ejemplo, la vinculación entre violencia, alcoholismo y adicción a las drogas. La literatura, el cine o la tradición oral de casos que hemos conocido, relatan una y otra vez, como el alcoholismo, destruye hogares, carreras profesionales brillantes y hombres, que sobrios jamás habían tenido una conducta violenta, se vuelven irreconocibles por efecto de estas adicciones. Este silencio hace que prácticamente ninguna de las medidas anunciadas tome en consideración este dato que es muy pertinente en el origen de la violencia.

Muchas de las medidas están preñadas bien de un voluntarismo ingenuo, bien de prejuicios ideológicos anti masculinos, o de remedios que la experiencia ha demostrado contraproducentes cuando se han aplicado  a otros casos, por ejemplo subsidios de desempleo prolongados que evitan una búsqueda activa de trabajo.

Algunas de las medidas previstas resultan forzadas y revelan un voluntarismo poco meditado, véase la de intentar influir en los juegos de los niños… Ya se han hecho intentos en este sentido con un resultado perfectamente descriptible. Los niños y adolescentes escogen libremente sus juegos y entretenimientos. Podemos y debemos guiarles, por supuesto, pero naturalmente hay edades en los que ellos mismos se separan, les apetece hacer cosas diferentes, lo eligen por afinidad. Personalmente no creo que a día de hoy los juegos marquen el papel futuro de nuestros hijos.

La expresión de amor nunca provoca llantos

A mi juicio, en este tema hay una dosis de ingenuidad mezclada con prejuicios ideológicos hoy en boga, como cuando se califica a la violencia generada en las relaciones sentimentales como “machista”. ¿Acaso la violencia hacia las mujeres no se da con una prevalencia mayor en Dinamarca, Finlandia y Noruega que en España, Italia o Grecia, países injustamente motejados de machistas frente a los modernos países nórdicos con décadas de políticas específicas a sus espaldas y con un desarrollo económico superior? Las estadísticas europeas (Violence against woman: An Eu-Wide Survey 2014) apuntan en esa dirección.

Subyace bajo la violencia entre hombres y mujeres, un problema más profundo y más antiguo, más complejo también, el problema del mal cuyo análisis queda lejos de  agotarse con una explicación maniquea de oposición entre hombres y  mujeres y escapa de medidas simplificadoras que el tiempo probablemente revelará como inútiles.

Lo que la historia confirma una y otra vez es que el desarrollo de las sociedades se asocia a la fortaleza y estabilidad de la familia. Una familia  en la que los hijos cuentan con las figuras, materna y paterna, asentadas, respetadas y respetables, otorga un equilibrio y una solidez vital esencial en la educación de las personas. El buen trato entre los padres conforma las entrañas más profundas del temperamento y de la conducta de los niños, proporciona seguridad y confianza  en sus relaciones personales y en la medida en la que éste resulte ejemplar y positivo, los hijos serán susceptibles de asimilar y repetir un buen trato entre hombre y mujer de un modo más natural, en el que el maltrato es un línea roja que nunca se cruzó, ni se cruzará. Por todo esto nuestra propuesta esencial pasa por promover medidas que proporcionen un cuidado y protección a la institución que nos constituye: la familia

Imagen de portada: Reunión de la Subcomisión que negoció el Pacto de Estado en materia de Violencia de Género | Congreso.es
Escrito por

Doctora en Derecho por la USP CEU. Profesora Adjunta de Teoría del Derecho. Secretaría Académica del Instituto de Estudios de la Familia.

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