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La infelicidad de los “me gusta” . Lo que da sentido a la vida es vivir, no hacer ni parecer

El aumento del sentimiento de infelicidad entre los jóvenes va parejo al desarrollo de internet y las redes sociales. Parece que la persona solo vale por los “me gusta” que concita. La sociedad ha olvidado que la verdadera dignidad está en el ser, no en el hacer.

Lo sospechábamos: los jóvenes de hoy son más infelices que los de hace unas décadas. Y un estudio científico recientemente publicado en la revista académica Emotion, en Estados Unidos, ha puesto negro sobre blanco esta percepción después de analizar cientos de datos recopilados durante décadas. La conclusión extraída es que se percibe un aumento de la sensación de infelicidad entre los jóvenes, que va parejo a la aparición y el desarrollo de las redes sociales.

¿Cuál es el problema? No tiene que ver con el cyberbullying ni con ninguna otra ristra de delitos digitales de anglófonas voces. Es una cuestión mucho más sencilla de entender, si bien difícil de transmitir a nuestros jóvenes. El problema que subyace en la frustración que provoca internet es que transforma de manera radical el fundamento de nuestra autoestima.

La aparición de las redes sociales en el entorno digital ha provocado un constante olvido de la verdadera dignidad de la persona, que está en su ser, no en su hacer. Pero incluso si interpretáramos, según la corriente dominante que ha caído en un activismo sin mesura, que lo que cuenta es lo que hacemos, aún queda otra perversa derivada fruto de las redes sociales.

Los “me gusta”, unidad de medida de la felicidad

En el entorno digital, es evidente que no nos valoran por lo que somos, pero en realidad, tampoco nos valoran por lo que hacemos. Solo valemos por los “me gusta” que haya concitado aquello que hacemos –o, peor aún, que parece que hacemos–. Es decir, nuestro valor nos lo atribuye un agente externo, múltiple y desconocido, arbitrario, sujeto a criterios que distan mucho de ser los más adecuados, los más rigurosos, los que mejor sirven para comprender la importancia de cada uno de nuestros actos. Y ese agente, nuestros “seguidores”, no necesariamente nos quiere bien.

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Cuando imparto charlas a jóvenes sobre el fenómeno digital, siempre les pido que imaginen una escena, doméstica, en la que yo soy la protagonista. Cada sábado, al caer la tarde, todos mis hijos llegan de sus distintas actividades deportivas, se cambian y se ponen cómodos. Entonces, yo me arrodillo delante de la lavadora, no para rezarle a tal electrodoméstico, por muy imprescindible que sea en mi vida, aunque aprovecho para rezar “entre pucheros”, como santa Teresa.

Frente a mí se alza, impertérrita, una pila multicolor de ropa muy utilizada y muy sucia. Por cierto, acoto que casi toda llega hasta mí del revés. Yo me dedico a darle la vuelta a cada prenda y pongo la lavadora. El sábado siguiente repetiremos la operación. Parece un trabajo alienante y poco gratificante. Pero es solo una percepción basada en la imagen. ¡Su valor es enorme! Me atrevería a decir que es casi imprescindible en el entorno doméstico. Y no solo porque permite a mis hijos participar en sus deportes favoritos, sino porque al participar en esos deportes están aprendiendo y aprehendiendo unos valores imprescindibles para su vida.

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Pero si alguien subiera una fotografía mía de esa guisa –arrodillada frente a la lavadora con un calcetín sucio en la mano– en las redes sociales, auguro que cosecharía el más absoluto de los fracasos, porque ¿quién en su sano juicio daría un “me gusta” al poco glamuroso y sofisticado proceso de dar la vuelta a calcetines usados?

Y, sin embargo, la vida cotidiana está hecha de cientos de instantáneas que nunca se convertirán en virales. Si basásemos nuestra existencia, nuestra autoestima y nuestra guía de actuación en las poquísimas fotografías diarias que quizá, tal vez, y no necesariamente, pudieran obtener algún “me gusta”, encontraríamos carente de sentido la mayor parte de nuestra vida.

Por eso, los jóvenes son más infelices desde que tenemos redes sociales de por medio. Y los adultos debemos entonar, al menos en parte, el mea culpa, porque en la sociedad del pelotazo y del triunfo laboral no hemos conseguido transmitirles que lo que da sentido a la vida es vivir, no hacer ni parecer.

Escrito por

Doctora en Periodismo, especializada en investigación sobre la vinculación entre medios de comunicación, familia y educación. Miembro del Instituto CEU de Estudios para la Familia y directora de la revista "Hacer Familia".

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