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El exceso de graduaciones acaba por devaluar el reconocimiento al éxito en los estudios

Las graduaciones, que solían conmemorar el final de los estudios universitarios, han pasado a impregnar todas las etapas escolares. Con ellas, se trata de celebrar el crecimiento del niño y su avance académico. Sin embargo, hemos perdido el norte, trasformando este acto en un evento innecesariamente ostentoso.

Se acerca el final de curso y, con ello, una serie de acontecimientos y celebraciones, como las fiestas de fin de curso y las graduaciones. Estas últimas se han convertido en el gran acontecimiento a celebrar en la mayoría de los centros, aplicándose cada vez más a edades más tempranas.

Hasta hace unos años, el acto de graduación se realizaba al concluir los estudios universitarios, como celebración de la obtención de un título que ha implicado gran trabajo y esfuerzo. Además, representaba el final de la etapa adolescente y la entrada en una nueva: la vida adulta.

En la actualidad, la mayoría de los colegios está implantando actos de graduación al finalizar cada una de las etapas: Bachillerato, Educación Secundaria, Educación Primaria, Infantil e, incluso, guardería. Ante esta nueva situación, tal vez deberíamos cuestionarnos: ¿en qué medida esto puede afectar a los niños?

El acto de graduación es un momento emotivo para muchas familias y profesores en el que se celebra que los niños van creciendo y avanzando etapas. No hay más que observar las caras de felicidad de muchos de los padres presentes en los actos de graduación. También hay un trabajo detrás de preparación y esfuerzo que es importante valorar y reconocer.

Del reconocimiento al exceso

No obstante, ¿no nos estamos pasando con tanta parafernalia? Diplomas personalizados, becas de colores, niños con toga y birrete, discursos de profesores, sesiones fotográficas, regalos, grandes fiestas en restaurantes… Este debate es similar al de las comuniones, en muchas ocasiones convertidas en mini-bodas. Y, a mi juicio, hay un punto en común entre las comuniones y las graduaciones: la pérdida del objetivo.

En el caso de las comuniones, se celebra la participación por primera vez del sacramento de la Eucaristía. Sin embargo, nuestra sociedad parece más preocupada por el banquete, el vestido, las pruebas de peinado y que el fotógrafo esté a la última… En referencia al acto de graduación, el objetivo es recompensar el esfuerzo del niño y motivarlo para que continúe trabajando y desarrollando la curiosidad y el interés por el aprendizaje. Aunque, al igual que con las comuniones, este objetivo se diluye entre la parafernalia que rodea el acto.

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Cuando queremos motivar a un niño, el reconocer su esfuerzo y reforzar su deseo de aprender son prácticas educativas imprescindibles. A pesar de ello, para que los refuerzos sean efectivos tienen que cumplir tres criterios básicos, que a veces no se cumplen en estos actos: contingencia, proporcionalidad y adaptación a la edad.

En primer lugar, los refuerzos deben ser contingentes. Esto quiere decir que, si queremos motivar a un niño, debemos hacerlo después de que este realice la conducta deseada. El tiempo entre la conducta deseada y el refuerzo se puede ir incrementando a medida que el niño vaya madurando. El problema radica en que la mayoría de los actos de graduación se celebra antes de que haya finalizado el curso, de manera que se está premiando sin saber todavía si realmente se ha cumplido el objetivo.

En segundo lugar, los premios deben ser proporcionales a la conducta realizada o logro alcanzado. Si por cada logro pequeño que hacen los hijos se les da un premio desproporcionado -en este caso, tirando la casa por la ventana por hacer algo que es su obligación-, la expectativa del niño en futuras situaciones similares será cada vez mayor y tendrá dificultades para aprender a tolerar la frustración. Además, el abuso de los refuerzos extrínsecos (ej: dinero, juguetes, fiestas, etc.) lleva a que el niño aprenda que debe esforzarse solo si va a recibir un premio después.

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Por último, los refuerzos deben ser adecuados a la edad y madurez del menor. Aquí cabe preguntarse: ¿realmente un niño de dos años tiene un especial interés por formar parte de un acto formal en el que tiene que estar un par de horas sin moverse escuchando discursos, llevando una toga y una beca que no sabe para qué sirven…? ¿Por qué no dejamos de tratar a los niños como adultos y a los adultos como niños?

Como sociedad, debemos hacer una reflexión acerca los valores que queremos transmitir a los menores. El problema no reside en la fiesta en sí, sino en la ostentación de la misma. Si lo que queremos es transmitir la importancia del esfuerzo, la perseverancia y el interés por el aprendizaje, nos estamos equivocando invirtiendo tantas energías en la puesta en escena, cuando el énfasis debería ubicarse en la interiorización de estos valores, fomentando que el niño estudie por motivos intrínsecos, ya sea por placer, auto-superación o curiosidad, entre otros.

Escrito por

Doctora en Psicología por la UCM. Profesora de Psicología Social en el Departamento de Psicología y Pedagogía de la USP CEU. Terapeuta Familiar del Instituto de Estudios de la Familia.

Ultimo comentario
  • Tengo 50 años y en mis tiempos de estudiante tuve fiesta con vals y vestido largo al salir de primaria y secundaria. No se organizo en prepa si no hubiera sido genial. Me habria encantado. Al concluir la carrera no tuve oportunidad de asistir a la fiesta de graduacion.ademas no conclui con toda la generacion. A mi me parece muy bien estas celebraciones y no considero nada negativo. Va quien quiera y si crees que aun no terminas una carrera y por ello no asistir pues no asistas y no pasa nada.

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