Diario de análisis, reflexión y valores   

 

La familia, verdadera escuela de valores cívicos y éticos en tiempos de relativismo

El Gobierno socialista trabaja en una nueva asignatura basada en la educación cívica y ética. Este tipo de enseñanzas debería ser un asunto entroncado en la familia y no quedar en manos de intereses ideológicos y relativistas. 

En estos tiempos, caracterizados por el relativismo y el sentimentalismo, en los que se ponen en cuestión las verdades antropológicas fundamentales del ser humano, como la alteridad sexual, es necesaria una educación cívica y ética, seria y rigurosa, capaz de desmontar falacias como la ideología de género, distorsionadora de la realidad, que lo inunda todo, desde la educación hasta el contenido de nuestras leyes, con una especial fuerza destructiva en relación con el matrimonio y la familia.

Vivimos un momento en el que escasean las controversias razonadas, y el relativismo académico, paralelo al relativismo moral, impregna la práctica pedagógica escolar y universitaria. Se ignoran y desprecian las verdades antropológicas esenciales y, sobre todo, se ha perdido la idea de una verdad sobre el hombre. Esta imposibilidad de responder a la pregunta del hombre, esta desaparición histórica del ideal del hombre, es la causa principal de la crisis de la educación, la crisis de la enseñanza, que no es ni una crisis sociológica, ni una crisis pedagógica, sino una crisis metafísica de la que solamente se puede salir mediante una reconstrucción de la idea racional del hombre.

Cada individuo elabora sus propios valores que, en realidad, no son más que experiencias subjetivas, sentimientos pasajeros e incluso tendencias psíquicas sin ninguna dimensión universal y, por ello, rápidamente perecederas. Como señala Guzmán Carriquiry Lecour, si no existe verdad alguna que pueda ir más allá del juego subjetivo de preferencias individuales, si los juicios de valor sobre el bien y el mal, la verdad y el error, la justicia y la injusticia, quedan confinados en el campo de las meras opiniones, si no hay fundamentos ni criterios de discernimiento para una vida verdadera y feliz, queda solo el reino de un individualismo salvaje sobre la base de estados de ánimo, pulsiones emotivas e intereses, sobredeterminados por quienes tienen el poder tremendo de la comunicación y el control social.

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Por ello, ante esta “emergencia educativa”, la educación cívica y ética en valores es imprescindible, pero no puede quedar en manos del Estado, al arbitrio de políticos caracterizados, ya por un dogmatismo blindado, ya por un relativismo escéptico fruto de la vanidad que cierra el acceso a la verdad.

Esta función pertenece como derecho inalienable a los padres, a la familia. La introducción de la educación cívica y ética -incluyendo la educación sexual- en la escuela supone una indebida e ilegítima intromisión de la Administración pública en un asunto que debería quedar reservado en exclusiva al ámbito de la familia. Nunca antes las leyes se habían introducido de esta manera, invadiendo el derecho original, primario y esencial de los padres a educar a sus hijos. No aplicar aquí el principio de subsidiariedad es caminar hacia un poder totalitario del Estado y de la Administración que no hace justicia a la realidad de las cosas y, en este caso, al carácter soberano de la familia; lo que, por otra parte, constituye una lesión grave del derecho de los padres a determinar la educación moral que desean para sus hijos.

Cada uno es libre de vivir como desee, pero no se puede confundir la cuestión individual con la cuestión social. Una cosa es respetar y aceptar los deseos e inclinaciones de las personas, y otra muy distinta inscribir esto en el derecho. En este contexto, la propia ley ha perdido su dimensión universal al confundir la verdad objetiva con la verdad individual y subjetiva.

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El joven de hoy, estimulado y a menudo confundido por la multiplicidad de informaciones y por el contraste de ideas y de interpretaciones que se le proponen continuamente, conserva dentro de sí una gran necesidad de verdad, y su enseñanza corresponde solo y exclusivamente al entorno familiar. La familia es la primera escuela natural de convivencia y colaboración pacífica. Bajo la delicada y respetuosa guía de sus padres, y sobre todo con su ejemplo, el niño va aprendiendo a respetar a los demás y a sí mismo, a vivir armoniosamente en sociedad, a ser solidario, empático y ejercer el dominio sobre sí mismo. El ejemplo que padre y madre dan en el ámbito del hogar, con un reparto lógico y equilibrado de las tareas domésticas, con la colaboración de ambos en la crianza y educación de los hijos, con la resolución de los conflictos de forma pacífica, con la absoluta compenetración en la imposición de normas familiares, con la escucha paciente de sus respectivas opiniones y puntos de vista, con el mutuo enriquecimiento constante en una actividad sinérgica y simbiótica en todos los frentes, es una enseñanza mil veces superior a la que los hijos puedan aprender en cualquier manual, plan de igualdad o asignatura sobre derechos humanos o educación ciudadana.

El ejemplo personal en el ámbito intrafamiliar acerca del respeto entre hombres y mujeres vale para los hijos más que mil discursos o conversaciones. Probablemente nuestros hijos no recordarán todas las “charlas” que les hemos impartido sobre las virtudes y valores, ni las asignaturas teóricas sobre igualdad entre los sexos recibidas en la escuela, pero siempre quedarán impactados por el ejemplo de vida dado por sus padres.

María Calvo: “El padre ha sido destronado y ha quedado reducido a ser una mamá-bis”

Escrito por

Profesora Titular de la Universidad Carlos III. Presidenta en España de EASSE (European Association Single Sex Education).

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