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Ni la curva de Phillips explica el atasco salarial y el negro futuro del empleo

A pesar de la recuperación económica, continúa la precariedad laboral generalizada. Salarios estancados y medidas improductivas son el fruto de un Gobierno que ignora las necesidades financieras.

El trabajo es el factor de producción más importante en las economías modernas, en la medida en que los trabajadores reciben la mayor parte de la renta total de estas. Hoy el moderado crecimiento de los salarios en la mayoría de las economías avanzadas es una de las características más evidentes de la reciente recuperación económica. El porqué de esa situación hay que buscarlo, como la mayoría de respuestas en economía, en la ley de la oferta y la demanda.

La llamada curva de Phillips constituye el marco empírico general que utiliza la teoría económica para analizar el porqué de los salarios estancados y, en todo caso, la tasa de crecimiento de los salarios y los factores principales que inciden en los mismos, a nivel agregado. En este sentido, los costes laborales están en función del nivel de paro existente en el mercado laboral del país de que se trate (“tasa de paro estructural” denominada NAIRU), así como de la tasa de crecimiento de la productividad del trabajo y de las expectativas de inflación que tienen tanto empresarios como trabajadores.

Mercado laboral: el otoño llega con una fuerte subida del paro y menos vientos de cola

En el caso español, por una parte, existe todavía una importante cantidad de paro embalsado, que alcanza los 3,2 millones de parados registrados en los servicios públicos de empleo. También hay un significativo volumen de “subempleados”, que querrían trabajar mayor número de horas. Al mismo tiempo, hemos hecho hueco a dos millones de personas inmigrantes integradas y afiliadas a la Seguridad Social, con menor capacidad de resistencia y exigencia, tensionando rentas salariales a la baja. Tampoco existen notables aumentos de productividad ni hemos vivido altas tensiones inflacionistas.

Por otra parte, los empresarios no se arriesgan a subir salarios, ni a contratar como quizás podrían, temiendo que la situación acabe en una nueva fase recesiva. Así, los salarios permanecen estancados, máxime con los pregonados anuncios gubernamentales de aumentos impositivos y de gasto público, todos retardatarios y a contrapié de la tendencia desaceleradora del ciclo económico. De este modo, las empresas no encuentran compensación en el producto marginal del trabajo, es decir, en ese aumento que podría experimentar su producción al utilizar una unidad más de trabajo o subir salario. Y es que las personas racionales piensan en “términos marginales”, una idea clave para entender cómo deciden las empresas la cantidad de trabajo que van a contratar y los salarios que van a pagar.

Medidas inexistentes contra los salarios estancados

Solo con que el Gobierno convenciera con sus anuncios a contratar a un trabajador más a cada una de las 2.874.068 empresas existentes en España -2.869.419 y 4.649 con menos y más de 250 trabajadores, respectivamente- nos acercaríamos al pleno empleo y con seguridad los salarios se incrementarían. Al final, el producto marginal decreciente está correlacionado con el coste marginal creciente, muy condicionado por el Gobierno.

En su reciente visita a España, la misión técnica del Fondo Monetario Internacional acaba de decirnos que “la agenda de reformas estructurales requiere un nuevo impulso”. Recomienda mantener el espíritu de la reforma laboral de 2012, “que ha sustentado la recuperación económica con abundante creación de empleo”, calificando lo sucedido en nuestra economía como un “caso de éxito”. E insta a adoptar para los presupuestos de 2019 un nuevo “paquete de medidas creíbles”, es decir, al margen de las pregonadas medidas populistas, muchas insustanciales, con contradictorias propuestas de nuevas tasas por los miembros del Ejecutivo, bajo el común denominador de subidas de impuestos a discreción.

Necesitamos reformas vinculadas a la reducción de duplicidades en la Administración, que el nuevo Gobierno no solo ignora, sino que expande, como empezó mostrando al ampliar el número de ministerios y al impulsar -donde puede- sacos sin fondo de gasto improductivo, como el de las clónicas televisiones públicas autonómicas, empezando por la valenciana. Todo ello sin reducir -como se recomienda- la fragmentación regulatoria entre los tres niveles de la Administración pública ni impulsar las agencias privadas de colocación, artífices principales del bajo paro en los países avanzados, al margen de las inerciales y burocratizadas oficinas públicas de empleo.

Pareciera que, a medida que dejamos atrás lo peor de la crisis, se desvanecen las enseñanzas derivadas de la misma. Los actuales responsables políticos -como señala el último informe del FMI en sus “Perspectivas Económicas Mundiales” y su “Informe Global de Estabilidad Financiera”– aparecen cansados de la exigencia de nuevas reformas, incluso algunos piden revertirlas. Cuando la deuda mundial –pública y privada– alcanza máximos, 157 billones de euros, el Gobierno Sánchez solo tiene para España medidas de aumento de la misma. Y olvida que la agenda de reformas establecidas en toda la Unión Europea tiene como objetivo evitar una nueva crisis financiera. Es continuando con esa agenda de reformas como se acaba realmente con los salarios estancados.

Imagen de portada: La ministra de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social, Magdalena Valerio, en una comisión parlamentaria | Congreso.es
Escrito por

Catedrático de Economía Aplicada. Grupo de Investigación MAPFRE-CEU San Pablo. Miembro del Consejo Editorial de El Economista y UNISCI Journal.

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