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Los costes del guerracivilismo . Pedro Sánchez carga un lastre político, económico y social

El Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido reavivar el fuego del guerracivilismo. Esta política, empeñada en reabrir heridas, tiene unos costes económicos que en el proceso de reducción de déficit actual no ayudan a mejorar la situación. 

El profesor de Teoría Económica de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Sevilla José Manuel Cansino publicaba un artículo en La Razón el pasado 2 de julio en el que se hacía eco de lo que yo había definido como “economía del guerracivilismo”. O sea, “ese conjunto de inputs o insumos materiales e inmateriales derivados de la Guerra Civil que trata de obtener réditos diversos de la retrotracción del propio entorno y tensión social que provocó dicha confrontación fratricida. Una alternativa escapista, recurrente, a la de intentar solucionar los problemas reales de la economía española, actuando como cortina de humo divisiva en torno a la interpretación de un triste pasaje de nuestra historia”.

https://twitter.com/PSOE/status/1019190031070703617

El profesor Cansino lo relacionaba, por un lado, con la tesis de Alfonso Lazo, en su doble condición de experto en historia contemporánea y protagonista de la Transición política española, quien explicaba la Ley de Memoria Histórica de José Luis Rodríguez Zapatero como la sublimación por parte de algunos de una frustración de “lucha postrera contra un dictador muerto alanceando el nomenclátor de las calles, las fachadas de los edificios o acomodando en el Código Penal una sanción de inspiración antinegacionista”. Y, por otra, la tesis del profesor José Antonio Parejo, para quien el guerracivilismo de Pedro Sánchez le sirve a este como un agente diferenciador con el PSOE de Felipe González“, que fue capaz de sentar en la misma bancada a hijos de fusilados por el Frente Popular en Paracuellos del Jarama -como el propio Alfonso Lazo- con hijos de fusilados por el bando nacional… y con el… desafortunado convencimiento de que la fractura social será inocua… y con… desprecio a los que se afanaron en cerrar las heridas de la guerra… (y) al valor de la cohesión nacional”.

Y es que en 2007 se estimó el coste de la aplicación de la Ley de Memoria Histórica en 200 millones de euros, entre exhumaciones y compensaciones para quienes justamente todavía tuvieran familiares afectados. Pero mayores son, efectivamente, los costes extraeconómicos y de integración social y constitucional. Como ya señalamos en un artículo al respecto, Federico List exponía en su Sistema Nacional de Economía Política, publicado en 1841, la importancia de la relación entre crecimiento y cohesión social al señalar cómo los países con mayor “calidad como nación” son los que presentaban mayor homogeneidad e integración del pasado común, al redundar en mayores posibilidades de desarrollo.

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Y, efectivamente, uno de los grandes legados de la presidencia de Felipe González fue dejar enterradas y superadas las heridas pasadas, lo que fue clave de sus sucesivas mayorías absolutas. “Aquí estamos congregados hijos y nietos de vencedores con los hijos y nietos de los perdedores”, se decía en sus congresos y mítines de campaña. Ni enmendó la Constitución, pudiendo hacerlo con sus 202 diputados de 1982, ni condescendió con las visiones del comunismo residual. Pero enfrentó la reconversión industrial, la reordenación de la Seguridad Social, la mejora de las pensiones o una costosa reforma laboral y homologó el PSOE con la socialdemocracia europea.

Bajo la presidencia de González se repusieron antiguos nombres a calles que durante el franquismo los habían perdido. Y añadió a la estatua de Franco en Madrid las de Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto. ¡La de Largo Caballero, el gran golpista de la República!, “el Lenin español”, como gustaba que lo llamaran; artífice de la sangrienta insurrección y revolución anticonstitucional de 1934, con su “huelga general revolucionaria” contra la República, previa a la instauración de una “dictadura del proletariado”; con más de mil muertos y daños materiales, con cuarteles tomados al asalto, “comunas”, “columnas obreras”, tomas de ayuntamientos y depósitos de armas; y ya una miniguerra civil en Asturias, donde se asalta la sede y fondos del Banco de España, incendian la universidad, destruyen la Cámara Santa y se pierde para siempre una parte importante de patrimonio histórico y artístico. Largo diría “la revolución que queremos solo puede obtenerse por medio de la violencia”.

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¿Y qué decir de la estatua de Prieto, el “ladrón” del tesoro del Vita, el barco cargado con cajas y maletas repletas de joyas, oro en lingotes y acuñado -luego fundido-, valores, y otros objetos procedentes de depósitos bancarios y desvalijamientos de cajas particulares llevados a cabo por el propio Gobierno republicano -entre otros, de los asesinados en las “checas”-, además de múltiples objetos artísticos singulares, como los que pertenecieron al Papa Luna, los del joyero de la Capilla Real, el renombrado relicario del Clavo de Cristo o el popular manto de las 50.000 perlas robado de la Catedral de Toledo: todo dilapidado y malvendido fuera de España para su disfrute y subsistencia política. Ya lo había denunciado Unamuno: “El Gobierno de Madrid ha caído en manos de unos pistoleros”.

Soy testigo de cómo delegaciones extranjeras que visitaban Madrid interpretaban aquellas tres estatuas, apenas separadas por unos metros, como un signo más de superación de la Guerra Civil; de reconciliación y estatura moral de la nueva España de la postransición. ¿Se deberán retirar ahora también? ¿Y las calles dedicadas a Santiago Carrillo, el de Paracuellos? ¿Y las de Dolores Ibárruri, del “más vale ejecutar a 100 inocentes a que escape un solo fascista vivo”? ¿Y las del propio fundador del PSOE, Pablo Iglesias, quien, tras su llegada al Congreso en 1910, amenazó de muerte a Antonio Maura y anunció que su partido “luchará en la legalidad mientras pueda y saldrá de ella cuando deba”? Y que germinó en toda una línea de guerracivilismo en el marxismo español, que -al margen de Julián Besteiro, Jaime Vera y tantos otros- tantas desgracias y costes económicos traería a España.

En plena Guerra Fría y con media Europa bajo el yugo totalitario de las “dictaduras del proletariado”, el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo, y otros importantes miembros de la ACdP que intentaban alejar al régimen de las influencias totalitarias, invitó a visitar en 1953 las obras del Valle de los Caídos al cardenal Roncalli, luego Juan XXIII. La idea era mostrarle el singular cenotafio que permitiera superar los terribles costes de todo tipo de la Guerra Civil, y que albergaría a miles de muertos de los dos bandos. Luego, declarada Basílica por el propio papa Juan XXIII, se inició el llamado Centro de Estudios Sociales de la Abadía, con el catedrático de Derecho Político Luis Sánchez Agesta como director, también primer rector de la Universidad Autónoma de Madrid. Un centro que reunió, desde 1958 hasta 1982, a una pluralidad de numerosos intelectuales que, con sus mesas redondas, jornadas y trabajos, tuvo entre sus permanentes objetivos la reconciliación que hizo posible la Transición española.

Guerracivilismo y déficit

Como cada presidente, el actual tiene sus retos. Sánchez debe consolidar la recuperación e intentar sacar a la economía española del “procedimiento de déficit excesivo” en que está inmersa, único país de entre la Unión Europea en tal situación. Y prevenirnos así de nuevas subidas de tipos y de la llegada de una nueva crisis. Que ya es dudoso cumpla con su subida de impuestos, aumento de gastos e incumplimiento de los objetivos pactados con nuestros socios comunitarios de déficit del -2,2 , -1,3, -0,5 y +0,1 por ciento, de 2018 a 2021. De hecho, ya lo ha llevado al -2,7, -1,8, -1,1 y -0,4, respectivamente. Por tanto, aplaza el equilibrio presupuestario hasta 2022, como poco.

Esos son los nuevos costes económicos del ya llamado “presidente del guerracivilismo”, señor Sánchez. Como su deseo de pretender sacar muertos del Valle de los Caídos, en vez de -en todo caso- reunir allí de forma voluntaria y familiarmente acordada a todos cuantos padecieron de una u otra forma la guerra. Así se empezó a hacer en Estados Unidos, a raíz de la Guerra Civil americana de 1861 a 1865, con el centro de peregrinación que es hoy el cementerio de Arlington. En la mismísima finca del “rebelde” General Lee, con su “Arlington House” y The Robert Lee Memorial.

Imagen de portada: El presidente Pedro Sánchez comparece ante el Congreso de los Diputados, donde ha decidido reavivar el fuego del guerracivilismo  | congreso.es
Escrito por

Catedrático de Economía Aplicada. Grupo de Investigación MAPFRE-CEU San Pablo. Miembro del Consejo Editorial de El Economista y UNISCI Journal.

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