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La larga historia del periodismo económico en España . Los 160 años de ‘El Economista’

A través de las páginas de un periódico puede narrarse la historia de un país. En el caso de El Economista, España ha contado con un analista de su devenir económico. Javier Morillas lo recoge en El Economista. Más de 160 años de la economía de España.

Existen libros que adquieren un puesto ineludible, desde numerosos puntos de vista, en relación con una investigación concreta, y este es uno de ellos. En primer lugar, porque aporta datos hasta ahora desconocidos acerca de la economía a partir del siglo XIX y hasta la actualidad. En este sentido esta obra aclara lo sucedido en buena medida debido a la conjunción de tres revoluciones desarrolladas en esa etapa: la revolución liberal, con sus enemigos y sus defensores; la revolución industrial, con sus diversas etapas, sobre todo en España, y el complemento derivado del auge de la globalización y del mundo financiero. Todo esto, por lo que se refiere a España, ha de relacionarse con lo que ha supuesto la difusión, y su complemento de oposición, de las ideas de los economistas, que no dudaron en utilizar toda clase de medios de información. En este sentido, en España, desde el reinado de Isabel II hasta el de Felipe VI, El Economista ha sido un vehículo muy importante para poder conocer lo que ha sucedido y sucede en España.

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JAVIER MORILLAS | EL ECONOMISTA MÁS DE 160 AÑOS DE LA ECONOMÍA DE ESPAÑA| DEUSTO | 2017 | 304 PP | 19,50 €

Eso, cabalmente, es lo que el profesor Javier Morillas nos muestra, de un modo nunca visto hasta ahora y expone con tanta claridad. Morillas ha acertado al exponer, con esta base, la relación continua existente entre los acontecimientos económicos y las ideas que los provocan. Resulta, por eso, incluso apasionante contemplar todo eso desde que se inicia con un periódico portavoz, en buena medida, de los librecambistas Gabriel Rodríguez y demás miembros de la Sociedad de Economía Política, que fundamentalmente se sitúa en el sendero del método deductivo, vinculado a los grandes clásicos que habían influido a España con mucha fuerza desde el inicio del siglo XIX. Pero, a continuación, se observa como El Economista se aproxima al método inductivo de la Escuela Histórica Alemana, vinculando con el pensamiento de, por ejemplo, Hildebrand y Schiller. Una coincidencia con lo que en aquellos momentos sostenían Flores de Lemus y otros de sus discípulos, pero era lo que permitía un mayor enlace con los políticos que iban a originar un auge notable del proteccionismo, aceptando posturas que se adecuan, derivadas de List y de su impacto, tanto en Alemania, como en Estados Unidos.

De este modo, desde sus inicios, este libro consigue no solo ofrecer numerosos datos de nuestra evolución económica, también ha de emplearse para penetrar en el análisis del mensaje proteccionista español. Figuerola fallece en 1903. Precisamente en el año en que Maura se convierte en el presidente del Partido Conservador y acentúa dicho mensaje. Así es como este libro nos centra en nuestra evolución económica, y al mismo tiempo del pensamiento económico en cuanto orientación de la política económica española.

Cronista económico del complejo siglo XX

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Primera portada conocida de El Economista, 6-6-1854 | Javier Morillas

Pero, además, es muy interesante que gracias a esta obra, se señale que en la primera etapa hay una evidente aproximación hacia el librecambio y las ventajas de la libertad del mercado con la colaboración de los ingenieros, porque ellos son capaces de desarrollar planteamientos matemáticos. Y después busca el apoyo en juristas destacados, muy especialmente, en abogados del Estado. Ello llevó, como se señala, a que esos años de 1880 y posteriores, El Economista poco a poco fuera decantando su postura abanderando a matemáticos e ingenieros y buscando la colaboración de miembros de altos cuerpos de la Administración y juristas de prestigio, destacando los perversos efectos del turnismo y su derivada clientelar.

De modo complementario, en este libro se expone, la evolución de la coyuntura económica española. Así, es muy útil para comprender muchos acontecimientos concretos, uno de los cuales, muy significativo, es el apartado notablemente esclarecedor titulado aquí Superando la literatura del desastre. Es preciso destacar, como así nos cuenta, que El Economista, a partir de este libro planteará una cuestión de mucha enjundia, en relación con el clamor de los intelectuales en relación con la economía -ahí está Ortega escribiendo a Maeztu para que Olarriaga viniese de Londres a Madrid- para saber si era cierto eso de que se había producido un desastre a partir del 98, y si la salida, en caso de su existencia, era la adecuada. Y se exponía como debate esa concepción desde El Economista, porque un importante papel positivo prestaba desde el desastre, especialmente a causa de la repatriación de capitales de ultramar y de una subida del tipo de cambio de la peseta, un fenómeno conjunto que se manifestó de modo rotundo a partir de 1904. Es esto lo que hay que calificar de crítica oportuna a la opinión del mundo intelectual. La publicación desempeñó así un importante papel y, hay que subrayarlo, ofreció una información equilibrada y siempre optimista sobre el potencial de la economía española, en la medida favorable derivada de haber asumido con rapidez la pérdida del imperio ultramarino. No era fácil en aquel ambiente de pesimismo de los intelectuales, mantener una visión realista, cosmopolita y abierta a los mercados internacionales de bienes y servicios financieros. Este fue un papel entonces importante de este periódico. El superávit presupuestario se mantuvo hasta 1909. En este ejercicio y en 1910 reapareció el déficit, volviendo el superávit en 1911 y 1912, dato que se ofrece en este libro, como respaldo de la actitud de El Economista. Y la ratificación la tenemos ahora en los datos del PIB a precios de mercado por habitante, que subía, según la reciente estimación de Maluquer de Motes, desde 11.688,4 pesetas 1958 en 1897, a 13.083,4 en 1909 y a 13.502,5 en 1913.

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José Echegaray, director de El Economista en 1857, ministro de Hacienda y premio Nobel de Literatura | JM

Por supuesto, el crecimiento no era enorme, pero no era el desplome que parecían creer los intelectuales del 98. Por cierto, en torno a esta etapa El Economista percibe el auge que va a tener el área del Pacífico, y por ello se posiciona contra la barata venta a Alemania -se hizo por 25 millones de pesetas- de las Carolinas, Marianas y Palaos. Vemos con claridad esta postura y su acierto a través de las transcripciones de esta propuesta en el ejemplar de 10-6-1899, con el título de Desalentadora la venta de las Carolinas, lo que enlaza con la posición de Joaquín Costa en su ensayo La cuestión de la Micronesia. El texto de El Economista señala: “las Carolinas, Marianas y Palaos (a causa de) … su posición estratégica son […] deseables para muchas naciones y […] desde el punto de vista de la navegación y el comercio, tanto en tiempo de paz, como tanto el punto de vista de la guerra, cada día más probable en el Extremo Oriente […] y […] (por ellos escribirá) la codicia de expansión colonial que tienen hoy (los) países ricos”. Y se añade que la nueva realidad, creada con la venta “resultará lesiva para los industriales catalanes y, por tanto, para España”. El impulso hacia el conocimiento más a fondo de la economía se encuentra en la etapa de la dictadura de Primo de Rivera. Es interesante, en este sentido la crítica a los Comités Paritarios, creados por el ministro de Trabajo, Eduardo Aunós, crítica que, cabalmente, del mismo modo e incluso con la misma dureza, la efectuará Flores de Lemús. Como recientemente se desprende del libro de Stanley E. Payne sobre Alcalá Zamora y, claro es, de toda la etapa republicana que transcurre desde el Pacto de San Sebastián y el Comité Revolucionario Republicano en 1930, hasta el 13 de julio de 1936, o si se quiere, al 31-3-1939, en el fracaso de la República conservadora, se observa una extraordinaria semejanza con lo que se publicaba en El Economista, que lo enlazaba, lógicamente, con la Gran Depresión, entonces dominante en el mundo, lo que era ignorado por la política económica de los gobiernos republicanos; todo ello movió a escribir en este periódico, el 18 de abril de 1931: “Se impone una gran cordura y una extraordinaria serenidad de ánimo para no dejarse dominar por el pánico. No hay más revolución que acatar una situación de hecho y hacer cuanto humanamente sea posible para contribuir a salvar los riesgos inevitables en circunstancias como las actuales… Se reciben en la redacción cartas preguntando si deben vender, realizar fondos y depósitos de los bancos y realmente se les dice que se debe no crear dificultades a lo nuevo y al ministro de Hacienda, el Sr. Prieto“. Debe añadirse que entre los economistas que señalaron la gravedad de la situación hay que destacar que desde El Economista lo hacen figuras como Andrés Barthe, un economista de quien merecería la pena que se hiciese un estudio monográfico sobre él. También es preciso señalar que el semanario no dejó de efectuar un seguimiento favorable a las que podríamos llamar medidas sociocatólicas.

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Primera portada de la época actual de El Economista, 28-2-2006 | JM

Pero en el número de 7-3-1936, en El Economista ya se lee: “Nuevo e impresionante movimiento de baja que afecta a la inmensa mayoría de los valores y que, en algunas revistas los caracteres del cambio, a causa de, entre otras cosas, del … decreto sobre readmisión obligatoria de los huelguistas… con lo que vamos a producir enormes daños a la industria y al comercio, ya que, además de las readmisiones, establecen fuertes indemnizaciones”. Y todo culminará en el número, fechado precisamente el 18 de julio de 1936, cuando este periódico, con el título Sobre la muerte de Calvo Sotelo, señala, cargado de razón, lo que ello significa. A los pocos días, se informa en este libro que por “las propias organizaciones republicanas es asesinado el director de El Economista junto a su esposa”. A continuación siguieron dos etapas en la vida de este periódico después de su reaparición el 1 de marzo de 1941. La primera será la dirigida por Pedro Rico, quien llevaba también la sección de «Información financiera» en Arriba. Rico, para la aparición de El Economista convoca a una serie de altos funcionarios y técnicos en cuestiones económicas, como Manuel Fuentes Irurozqui y Antonio Lasheras Sanz. La línea esencial de esta época era mantener el apoyo a una economía cerrada, entre otras cosas, por la Segunda Guerra Mundial. Tenía, sin embargo, y yo mismo lo comprobé cuando escribí la crónica de la evolución bimensual de la economía española para El Economista -la evolución de la internacional la llevaba José Luis Sampedro- una muy rica información de corresponsales sectoriales y regionales. Tenían esas crónicas un gran interés por vincularse a la postrera etapa de la economía castiza española. El Economista recordaba las ventajas del planteamiento unificado de la economía europea. Sospecho que se hizo entonces dentro del modelo proporcionado por el Eje Roma-Berlín. Es interesante esta cuestión, y de ella se habla muy poco. Destacar esto es otra importante aportación de este libro, porque, repito, de ese proyecto se habla poquísimo. Y como preludio del cambio, en El Economista aparecieron artículos de buenos economistas, concretamente de Germán Bernácer o de Emilio de Figueroa.

Queda muy claro en este libro que la adaptación a los nuevos tiempos exige provocar muchos planteamientos editoriales. Así El Economista ha regresado. Pero los criterios de lo que sucede en estos momentos corresponderá, dentro de muchos años, a alguien que sea capaz de intentar emular al profesor Javier Morillas.

Imagen de portada: Detalle de la portada de El Economista. Más de 160 años de la economía de España donde puede verse a los reyes Isabel II y Felipe VI. Sobre ellos la actual cabecera del periódico | Pablo Casado
Escrito por

Presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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