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Del principio del fin de la Unión Europea al posible principio del fin del Reino Unido

Las negociaciones entre Reino Unido y Bruselas no han empezado con buen pie y todo apunta a que el brexit no será un camino de rosas para ninguna de las partes. El coste económico se puede elevar, pero en las islas británicas comienzan a notarse las divisiones internas. 

El pasado 29 de marzo de 2017, la primera ministra de Reino Unido, Theresa May, apelaba al artículo 50 del Tratado de Lisboa y solicitaba, de esta manera, el efectivo abandono por parte de los británicos del club europeo. Tras más de medio siglo de pertenencia a la Unión Europea, la nueva “Dama de Hierro” ejecutaba la voluntad popular expresada en el referéndum del pasado 23 de junio y sumía en la más absoluta incertidumbre el statu quo que regirá las relaciones entre la isla y el continente. Sin embargo, si tras el brexit las voces más catastróficas nos advertían que el fin de la Unión Europa estaba próximo, ahora parece que los vientos soplan en dirección contraria.

Ya los propios resultados del plebiscito sobre el propio brexit mostraron la realidad de un país completamente dividido sociológica, demográfica y geográficamente: no solamente estos fueron excesivamente ajustados (un 48% a favor de la opción Remain, frente a un 52% a favor de la opción Leave), sino que el sesgo hacia una u otra alternativa fue patente en función del segmento de población. Así, en las zonas rurales, pobladas sobre todo por habitantes con un nivel cultural menor, los ciudadanos se descantaron ampliamente por abandonar la Unión Europea, mientras que en las zonas urbanas se votó mayoritariamente a favor de permanecer en ella. A su vez, la gente joven también expresó su voluntad proeuropeísta de forma masiva, contrariamente a las personas de mayor edad, quienes eligieron principalmente marcharse.

La utilidad de la Unión Europea

Por último, territorialmente, Reino Unido quedó dividido en dos grandes zonas: por un lado, la zona euroescéptica, formada por Inglaterra y Gales (con la excepción de Londres) y, por otro lado, la zona proeuropea, conformada por Escocia e Irlanda del Norte. Sobre este último aspecto, es conveniente resaltar que la Unión Europea apoyará tanto la reunificación de Irlanda como un segundo referéndum de independencia por parte de Escocia, muy especialmente teniendo en cuenta que en el primero, celebrado hace tan solo tres años, los escoceses votaron a favor de permanecer bajo la soberanía de Reino Unido, precisamente porque lo contrario significaba quedar fuera de la Unión Europea.

La factura del brexit podría subir

A la división interna de Reino Unido y a la, en principio, excesivamente dura posición negociadora inicial de Theresa May (hasta el punto de que el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, llegó a afirmar que parecía estar viviendo en una galaxia paralela), cabría añadir la inesperada fortaleza y cohesión interna de los restantes miembros europeos. Donald Tusk, presidente del Consejo, afirmó en la última reunión de los 27 que todos los países habían acordado en cinco minutos que Reino Unido debía quedar en una situación peor después del brexit que antes del mismo, siendo la primera vez en la historia de la Unión Europea que se alcanzaba unanimidad sobre una determinada cuestión con tanta celeridad.

Macron como tabla de salvación

De hecho, la factura del brexit, que inicialmente se especulaba que podría rondar los 40.000 millones de euros, ahora se estima que ascendería a los 100.000 millones. Además, la ola de populismo y proteccionismo que ha barrido el Atlántico de costa a costa, tanto con el propio brexit como con la victoria de Trump en Estados Unidos, parece que está comenzando a mostrar síntomas de agotamiento en Europa con las derrotas de Wilders, en Países Bajos, y de Le Pen, en Francia.

En cualquier caso, las negociaciones entre Reino Unido y la Unión Europea se prevén muy duras. Tanto que, a pesar de que el propio Tratado de Lisboa establece dos años de plazo para que estas se lleven a cabo, prácticamente nadie cree que ese calendario se vaya a cumplir y se especula que podrían alargarse durante los próximos diez años. Hay muchos asuntos por resolver y algunos han cambiado completamente de escenario (por ejemplo, el asunto de Gibraltar, en el que la Unión Europea, tradicionalmente, se ha mantenido neutral entre España y Reino Unido y, ahora, sin embargo, claramente apoya a su socio europeo). Suele ocurrir que las organizaciones e, incluso, las propias personas necesitan sentirse al filo del abismo para ser conscientes de la gravedad de una situación y tomar las riendas de su propia existencia. Solo así logran tomar el impulso necesario para progresar y evolucionar: esto es lo que le ha ocurrido a la Unión Europea. Este es su momento y ni los populismos ni los británicos se lo deben arrebatar.

Ilustración de portada: Pablo Casado
Escrito por

Doctor en Ciencias Económicas por la USP CEU. Profesor de la Escuela Europea de Dirección y Empresa, EUDE.​ Especialista en proyectos de integración económica y acuerdos comerciales internacionales.

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