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La economía venezolana o cómo el socialismo arruinó el país más rico de Sudamérica

La economía venezolana sufre una grave crisis que el populismo chavista ha intensificado a consecuencia de sus nefastas medidas y su interés por ocultar la realidad. El país sufre la hiperinflación y el desabastecimiento. 

Venezuela no sólo avanza hacia la instauración de una dictadura comunista plena bajo el mandato de la nueva Asamblea chavista impuesta por el Gobierno de Nicolás Maduro mediante un clamoroso golpe de estado, sino que está inmersa en la peor y más grave crisis económica de su historia. Sin embargo, no hace tanto, la economía venezolana era la más rica de Sudamérica, superando incluso en renta per cápita a algunos países europeos. La principal causa de su declive tiene un nombre propio: Socialismo.

Su particular descenso a los infiernos comenzó a finales de los años 50. Hasta entonces, si bien el país había estado gobernado bajo regímenes militares donde los derechos civiles y políticos estaban muy restringidos, gozaba de una amplia libertad económica, cuyo desarrollo posibilitó alcanzar altos estándares de vida, tal y como expusieron los analistas Luis Cirocco y Rafael Acevedo en una reciente conferencia celebrada en el Mises Institute (Alabama, EEUU). Prueba de ello es que, durante esa década, Venezuela poseía una de las mayores obras de ingeniería tras el Canal de Panamá, además del hospital más grande del continente, el primer reactor nuclear de América Latina o una de las universidades más modernas del mundo.

La boyante industria petrolera -Venezuela posee las mayores reservas de crudo del mundo- estaba en manos privadas; los impuestos eran bajos -tipo marginal del 12% en el IRPF-; el peso del sector público apenas rondaba el 20% del PIB; gozaba de una relativa libertad comercial, con aranceles, pero sin barreras ni trabas al mercado exterior; una sólida libertad económica, con escasas empresas estatales, sin controles de cambio ni fijación de precios, rentas o tipos de interés por parte del gobierno; con un sistema judicial imparcial y estricto a la hora de defender la propiedad privada y los negocios; con un nivel de corrupción limitado únicamente a las más altas esferas del poder; y con un banco central cuyo objetivo era mantener un tipo de cambio estable con respeto al dólar.

El primer gran punto de inflexión se produce en 1958, con la llegada de la democracia y la victoria electoral de Rómulo Betancourt, un comunista que, posteriormente, transitó hacia la socialdemocracia. La conquista de derechos políticos y civiles, sin embargo, se hizo a costa de una progresiva y preocupante pérdida de libertad económica. Bajo la presidencia de Betancourt se empiezan a imponer controles sobre las rentas, aumenta el gasto público, se elabora una nueva Constitución más hostil hacia la propiedad privada, se crea una petrolera estatal y se restringe la concesión de nuevos permisos de explotación a las compañías extranjeras, se triplica el IRPF, se devalúa la moneda y se fija de forma arbitraria el precio de ciertos bienes y servicios.

De mal gobernante a dictador

A partir de entonces, Venezuela entra en la tradicional dinámica bipartidista en la que socialdemócratas y demócrata-cristianos se van turnando en el poder, pero donde el libre mercado es sustituido de forma paulatina por un particular sistema de rentas petroleras y reparto de subvenciones estatales con el único fin de contentar a la población y ganar votos. Es decir, se instauró un populismo de perfil bajo o, si se prefiere, un socialismo light en el que los gobiernos de uno y otro signo coincidieron en aplicar un recetario económico muy similar: creciente número de empresas estatales y propiedad pública de ciertos sectores clave y recursos energéticos; una combinación de mercantilismo económico y proteccionismo comercial, caracterizado por la imposición de numerosas trabas y regulaciones a la actividad empresarial; una devaluación constante de la moneda, con la consiguiente inflación y aumento de la pobreza; y el fin de la independencia judicial, creando, además, perversos incentivos para el incremento de la delincuencia en las calles y la extensión de la corrupción a todos los niveles de la Administración.

La llegada del chavismo y el socalismo hard

Tras el sonoro fracaso que cosechó el presidente Carlos Andrés Pérez durante su segundo mandato (1989-1993) a la hora de revertir parte de los graves errores cometidos en el pasado, la sociedad venezolana ya presentaba el caldo de cultivo idóneo para que prendiera con fuerza el populismo más radical y abyecto bajo la figura del militar golpista Hugo Chávez, que, en 1998, logra la victoria en las urnas, convirtiéndose así en el primer presidente de la nueva República Bolivariana de Venezuela. Su programa de gobierno era muy simple: sustituir el tradicional socialismo light por un socialismo hard de marcado y radical corte populista, profundizando así en los numerosos y graves errores que habían cometido sus predecesores en el cargo.

Chávez permitió que la dictadura castrista se hiciera con el control de los principales estamentos políticos, económicos y militares; exacerbó las políticas mercantilistas, intervencionistas y proteccionistas; impuso un estricto control de cambios; intensificó de forma muy sustancial la expropiación de empresas y la nacionalización de sectores productivos; disparó el gasto público mediante una mayor redistribución de las rentas petroleras; protagonizó la mayor devaluación monetaria del siglo, con el consiguiente alza de precios; politizó hasta la médula el sistema judicial; y elaboró una Constitución mucho más hostil hacia la propiedad privada y la libertad del individuo.

¿Los frutos de esta fatídica deriva? Venezuela ha pasado de ser la décima economía más libre del planeta en 1970 a ocupar el puesto 109 en 1995 y el 159 del mundo en 2014, según el Fraser Institute. Tal y como refleja el Banco Mundial, mientras que en Nueva Zelanda tan sólo se precisa un día para abrir un negocio, en Venezuela se necesitan 200. Además, es uno de los países más corruptos del mundo, superando incluso al régimen de Cuba, según Transparencia Internacional.

Cuba y el “cuantapropismo”

La economía chavista se mantuvo en pie gracias, única y exclusivamente, a la burbuja del petróleo sobre la que flotó hasta hace escasos años, pero, una vez que la marea bajó, asomaron los cadáveres que dejó tras de sí la nefasta política de expropiaciones masivas, controles de precios, hiperinflación, gasto público desbocado e imposibilidad de hacer negocios tras 18 años en el poder.

La caída del precio del petróleo nada tiene que ver con su actual crisis, tal y como muestra el mejor desempeño económico que registran otras potencias petrolíferas, sino con la nula capacidad que presenta el país para aumentar la producción con el fin de contrarrestar el desplome del crudo. El resultado es, simplemente, pavoroso, tal y como recopila el economista Ricardo Hausmann:

  • El PIB se ha hundido un 35% desde 2013 y un 40% en términos per cápita, eclipsando incluso a la Gran Depresión sufrida por EEUU entre 1929 y 1933.
  • El salario mínimo, que es el que cobra la mayoría de venezolanos, ha descendido un 88%, desde 295 a tan sólo 36 dólares al mes.
  • La pobreza aumentó del 48% al 82% de la población.
  • El 74% de los venezolanos ha perdido un promedio de 8,6 kilos de peso de manera involuntaria.
  • La mortalidad en los hospitales se ha multiplicado por diez y la muerte de recién nacidos por cien.
  • La escasez de alimentos, medicinas y productos básicos se ha convertido en el día a día de los venezolanos y la hiperinflación supera el 1.800% anual, tal y como refleja el siguiente gráfico.

economía venezolanaPero más allá de las grandes cifras, lo que mejor refleja el brutal deterioro económico de Venezuela es que un profesor a tiempo completo, por ejemplo, apenas precisaba 15 minutos de trabajo en 1980 para comprar 1 kilo de carne, mientras que hoy necesita 18 horas; antes se podía comprar un coche nuevo con un año de sueldo, mientras que hoy necesita 25; y su salario mensual daba para adquirir 16 cestas básicas de comida, frente al paupérrimo 25% de una sola cesta que se puede permitir hoy. Otra forma de verlo es que 100 bolívares en 2007 equivalían a 28 dólares, 288 huevos y 56 kilos de arroz, mientras que hoy ese mismo billete vale 0,01 dólares, 0,2 huevos y 0,08 kilos de arroz.

El trágico caso venezolano evidencia que la riqueza no es algo dado, sino que se crea y se destruye, y el socialismo es, sin duda, la receta perfecta para arruinar un país, por muy rico que éste sea.

Imagen de portada: Fotografía tomada el pasado 24 de julio en un supermercado de Caracas donde pueden verse estanterías vacías | Agencia EFE
Escrito por

Periodista. Redactor jefe de Economía de Libertad Digital y Libre Mercado. Miembro del Instituto Juan de Mariana. Máster en Periodismo por la USP CEU-El Mundo.

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