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El procés carece de legitimidad de origen y de ejercicio: es una imposición, golpismo puro

El procés carece de legitimidad de origen, porque no se dan los presupuestos para que esa legitimidad se dé, y carece asimismo de legitimidad de ejercicio, porque trata de alcanzar sus objetivos saltándose la legalidad española y la catalana, a las que infringe. Trata es de imponer una voluntad política por el medio que sea. Golpismo puro y duro.

Advertía Maquiavelo que en el caso en el que el gobierno recaiga en una pluralidad de personas, esto es, en el caso de que el poder no fuere unipersonal, no fuere un “principado”, para que el  gobierno sea posible es indispensable que cuente con una regulación legal. La “república” es siempre y necesariamente un “gobierno de leyes”, y lo es tanto si la república es aristocrática como si es democrática, porque sin leyes que la regulen la organización y ejercicio del poder por una pluralidad de personas no es posible. Al margen de las leyes no puede existir otra cosa que la dominación personal determinada por las relaciones de fuerza que en cada momento pueda haber. En la “república” el “gobierno de las leyes” es constitutivo.

Cosa distinta es que las leyes sean adoptadas por quienes tienen un justo título de mando y sean conformes con el mismo. Aquí es donde se halla la cuestión de la legitimidad. La ley es legítima cuando es producida por quien tiene un justo título de mando y su contenido es coherente (o ,al menos, no entra en conflicto) con ese título mismo. La diferencia que causa la existencia de aquel título no es baladí: la ley percibida como legítima generará por si misma la obediencia a la misma, en tanto que la carente de ese titulo sólo puede ser impuesta mediante la coerción. Por eso, constante todo lo demás, un gobierno legítimo es más eficiente que uno que no lo es.

En un contexto democrático el título de legitimidad no es otro que el que trae causa del principio de soberanía popular: un gobernante es legítimo cuando, y en la medida en que, lo es en virtud de investidura democrática y ejerce las funciones que le atribuye la ley de conformidad con las leyes que la república ordenan. Si falla cualquiera de ambos requisitos (título y regulación) el gobernante carece, o pierde, la legitimidad porque dejan de concurrir sus presupuestos.

En el caso que nos ocupa si seguimos el criterio aristotélico según el cual la ciudad cambia cuando su gobierno cambia es claro que la voluntad constituyente del pueblo de Cataluña es la que se plasmó en 1978: votaron la Constitución todos los diputados catalanes menos uno y todos los senadores catalanes menos dos, cuando llegó la hora de la consulta el sí ganó en las cuatro provincias, en el conjunto de Cataluña los síes superaron ampliamente el ochenta por ciento de los votantes y supusieron más de los dos tercios de los electores inscritos. Eso es una mayoría clara. Ese acuerdo ha sido ratificado al menos dos veces, en 1979 para el primer estatuto y en 2006 para el segundo. La voluntad constituyente del pueblo de Cataluña es clara: unidad, reconocimiento de la pluralidad ( que incluye el del carácter nacional de Cataluña) y autogobierno. La conducta observada por los partidarios del procés ¿es coherente con esa voluntad? La respuesta claramente es negativa. En consecuencia el, procés, tal y como se ha instrumentado, carece de legitimidad, aun desde una perspectiva rigurosamente nacionalista.

Es más, ni siquiera cabe alegar que el compromiso de 1978 ha caducado al efecto de legitimar el procés, porque , de un lado,  es claro que Cataluña tiene un amplio autogobierno, que este permite el mantenimiento y reproducción de su identidad, en algún caso aun a costa de derechos e intereses legítimos de terceros, y que esa realidad se da en un contexto de ejercicio garantizado de los derechos fundamentales, no hay pues opresión alguna. De otro lado el compromiso comprende reglas para revisarlo y ponerlo al día, reglas que habilitan para iniciar la revisión a la Generalitat, cosa que el procés cuidadosamente ha eludido hacer. No hay, pues, lealtad a la palabra dada.

https://twitter.com/24h_tve/status/905869629016432640

Por si con ello las cosas no fueran suficientemente malas el procés se ha venido desarrollando de tal modo que se han terminado por violar las más elementales normas que aseguran la sustancia y buen funcionamiento de la representación en Cataluña. Un Govern y una mayoría parlamentaria que traen causa del Estatuto se han empecinado en cambiar el status de Cataluña sin atender ni a la Constitución, ni al Estatuto mismo porque los promotores y gestores del procés saben que ni cuentan con la mayoría, ni tienen la capacidad política para satisfacer las reglas que el pueblo de Cataluña ha plebiscitado. Y como colofón pretenden celebrar una consulta contraria a las leyes, regulada de tal modo que ni garantiza ni protege los intereses de las minorías, ni asegura unas condiciones mínimas de neutralidad, imparcialidad y regularidad al efecto de obtener un resultado creíble, regulación adoptada de forma irregular y negando participación efectiva a quienes no apoyen el procés. Exactamente lo mismo que esta haciendo con su “constituyente” Nicolás Maduro. Cualquier parecido con Quebec es pura coincidencia. Hace años escribía Diaz-Plaja que el ideal de cada español radicaba en ser portador de un documento que estableciera que el titular estaba habilitado para hacer lo que le diera la gana, en este sentido el comportamiento de los partidarios del procés es digno de figurar en una edición actualizada del Celtiberia Show.

La conclusión se sigue por sí sola: el procés carece de legitimidad de origen, porque no se dan los presupuestos para que esa legitimidad se dé, y carece asimismo de legitimidad de ejercicio, porque trata de alcanzar sus objetivos saltándose la legalidad española y la catalana, a las que infringe, y menoscabando los derechos de quienes no lo apoyan, como figura, negro sobre blanco, en el Diario de Sesiones del Parlament. De lo que se trata es de imponer una voluntad política por el medio que sea, porque es la nuestra: el procés es golpismo puro y duro. Sin tiros y sin Tejeros, pero golpismo.

Foto de portada: Carles Puigdemont (d) y Oriol Junqueras (i) firman la Ley de Referendum el pasado 6 de septiembre de 2017 | Agencia EFE
Escrito por

Jurista y analista político. Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad CEU Cardenal Herrera. Fue senador por el CDS.

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