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“Troya: la caída de una ciudad”, una gran historia no necesita de tópicos modernos

Troya: la caída de una ciudad convierte en serie la historia de la Ilíada. Una buena producción que se acerca a los textos griegos, pero que se equivoca al introducir clichés habituales para normalizar lo que ya está normalizado. 

Pasan los siglos y no consiguen borrar la memoria de Troya, la ciudad derrotada bajo las armas griegas como respuesta al rapto de la reina espartana Helena. La homérica historia se cuenta de generación en generación, adoptando los formatos de transmisión más adecuados para cada una de ellas. En pleno auge de las series, Aquiles, Héctor, Agamenón y compañía ya tienen su espacio en Netflix.

El listón que había dejado el último gran proyecto para rejuvenecer la historia narrada en la Ilíada, la película de 2004 protagonizada por Brad Pitt y Eric Bana, estaba demasiado bajo. La serie de Netflix, Troya: la caída de una ciudad, mejora sustancialmente la cinta gracias a que se ciñe mucho más al texto de Homero y al resto de mitos que recogen la legendaria guerra entre aqueos y troyanos.

El primer gran acierto de la serie está en recordar la intervención divina en la acción. La destrucción de Troya tiene su origen en el destino de Paris, hijo del rey Príamo. Abandonado, criado como pastor y elegido por los dioses como juez en la competición de belleza entre Afrodita, Hera y Atenea. Su elección en favor de la diosa de la belleza y su promesa de entregarle a “la más hermosa de las mujeres” conducirá a su vuelta a palacio, su visita a Esparta y su pasional huida con Helena.

Homero y el resto de autores griegos reconocen el papel de los olímpicos en cada batalla, en cada idea y en cada tribulación. A lo largo de los ocho capítulos de Troya podremos ver a esos dioses intentar decantar la balanza hacia uno u otro lado.

Su presencia no es tan contínua como en los textos a los que nos referimos, pero se deja notar en los momentos fundamentales en los que la Ilíada los hace protagonistas: el sacrifico de la hija de Agamenón (acto que lo atormentará y perseguirá hasta el trágico final de sus días), la venganza de Apolo contra los griegos tras el asalto a su templo (que conducirá a la famosa cólera de Aquiles) o la huida de Paris del campo de batalla ante la posibilidad de morir a manos de Menelao (esposo legítimo de Helena).

La construcción de los personajes es otro de los aciertos de la serie. Desde que uno se acerca a los muros de Ilión por primera vez, y en este punto me van a permitir una mención a Naves negras ante Troya (Vicens Vives), adaptación juvenil del clásico que recomiendo regalar a cualquier estudiante de los primeros años de la ESO, descubre valores fundamentales del ser humano reflejados en los rostros de los héroes homéricos.

De entre todos ellos, Héctor y Odiseo destacan por encima de los demás. El príncipe troyano encarna los valores de la familia, el patriotismo o el sacrificio. Su figura es respetada por todos. Buen hijo, buen padre y buen líder. Eric Bana lo salvó de la debacle generalizada en la película antes citada y Tom Weston-Jones también realiza una gran labor a la hora de representar al “domador de caballos”.

En el caso de Odiseo, es Joseph Mawle el encargado de devolverle la vida. En el rostro del guerrero de Ítaca encontramos la importancia del ingenio y la inteligencia, pero también observamos los horrores de la guerra, su crueldad y los fantasmas que durante tanto tiempo persiguen a aquellos que han derramado sangre.

Junto a estos dos personajes, destacan Agamenón (Johnny Harris), torturado por la necesidad divina de matar a su propia hija para iniciar la guerra con Troya, y que transformará el dolor en sed de venganza que intentará saciar con esclavas como Briseida o el hijo recién nacido de Héctor, en una escena desgarradora que podemos leer en las Troyanas de Eurípides.

Personajes e interpretaciones destacables en esta serie. Hablaremos de Aquiles un poco más adelante. Sin embargo, hay que señalar, en negativo, a la pareja formada por Paris y Helena. Ni Louis Hunter ni, sobre todo, Bella Dayne, hacen honor a uno de los romances más famosos de la historia.

El príncipe troyano y la reina espartana antepusieron su amor a cualquier otra cosa (empujados por Afrodita, no lo olvidemos) y en la serie ninguno de los actores consigue rejuvenecer una pasión que destruyó una ciudad. Los gestos son fríos, las conversaciones vacías y los intentos por demostrar la fuerza de su enamoramiento se reducen a las habituales escenas de sexo que se han hecho imprescindibles, al mismo tiempo que innecesarias argumentalmente, en las grandes producciones audiovisuales de nuestros días (llevadas al límite en Troya con las imágenes del encuentro entre Aquiles, su compañero Patroclo y la esclava Briseida).

Y de este recurso sexual pasamos a otro de los tópicos que más abundan en el panorama fílmico, el de la multiculturalidad. Vivimos en una sociedad plural, abierta y en la que, por suerte, se han derribado todas las barreras de forma generalizada (porque personas de mente cerrada siempre quedarán). Por ese motivo, se hace totalmente innecesario la inclusión, de forma casi obligada, de personajes de distintas razas en todas las grabaciones. Sobre todo cuando su presencia, forzada, sorprende por su falta de coherencia con lo que se representa.

En la serie que nos ocupa, este afán por normalizar lo ya normalizado provoca que veamos a un Aquiles negro, a un Zeus negro, a un Eneas negro (pariente de la blanca familia real troyana) o a ejércitos de un mismo reino formados por soldados de aquí y de allá. Llaman la atención en negativo. No por ser negros, sino por quedar fuera de un contexto helénico en el que nunca se ha hecho referencia a este tipo de características en dichos personajes.

Tampoco este asunto es óbice para reconocer la gran labor de David Gyasi como líder de los mirmidones. El mejor de los soldados en una interpretación que resta fuerza a su tradicional sed de gloria bélica para poner en alza unos sentimientos más humanos de compañerismo y honor solo abandonados en esos dos momentos de ira que marcarán la Ilíada: la cólera tras serle arrebatada Briseida y la venganza desenfrenada tras morir Patroclo a manos de Héctor.

Troya: la caída de una ciudad puede considerarse un buen intento por acercar esta gran leyenda al siglo XXI y que solo se equivoca cuando se empeña en incluir clichés contemporáneos. El ingenio y no la fuerza bruta acabó por derribar los muros de Ilión. Los héroes que allí lucharon alcanzaron una gloria infinita y los hombres que murieron siguen recibiendo el homenaje que supone el recuerdo. Homero menciona, con nombre propio, la caída de muchos soldados y la serie de Netflix también lo hace. Gran acierto. Immortalis est enim memoria illius.

Imagen de portada: Escena de Troya: la caída de una ciudad | Netflix
Escrito por

Graduado en Periodismo y Humanidades. Redactor de El Debate de Hoy. @pablo_casado

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