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“The Young Pope” . Una serie que busca la verdad entre el descreimiento y lo divino

Un año después de su estreno, la Santa Sede se ha manifestado, desde el reposo que ofrecen el tiempo y la reflexión, acerca de una de las obras culturales del momento: The Young Pope. La serie, dirigida por el cineasta italiano Paolo Sorrentino para HBO, narra los inicios del pontificado de Pío XIII, papa joven de impronta mística apegado a la tradición de la Iglesia y contrario a la proyección mediática.

Por muy sorprendente que parezca, el cine ha estado unido al papado desde su nacimiento. En 1895, el mismo año de su creación, una patente del prodigioso invento de los hermanos Lumière fue registrada en Italia y, un año después, el considerado como primer director italiano, Vittorio Calcina, convirtió a León XIII en protagonista de su segundo filme, primera grabación del cine italiano que se conserva en la actualidad. Si además tenemos en cuenta la inmensa labor obrada por Su Santidad en la construcción de una Iglesia moderna que afrontara con espíritu renovado el nuevo siglo y, al mismo tiempo, la importancia adquirida por el cinematógrafo en nuestros días, la efeméride resulta hasta providencial. The Young Pope

Desde entonces han sido muchas las apariciones en la ficción de pontífices, ya sea como protagonistas, en un segundo plano o meramente circunstanciales. Como también han sido muchas, la mayoría, las cintas ambientadas en uno de los momentos más trascendentales para el devenir de la Iglesia: la elección de un nuevo papa y su primera etapa de misión apostólica. Desde la maravillosa Las sandalias del pescador (1968, Michael Anderson) hasta la disparatada y poco graciosa Habemus Papam (2011, Nanni Moretti), las hay de todo tipo y condición, y es deseo y tentación de muchos esperar la venia o reprobación de la Santa Sede para terminar de enjuiciar su tino.

En esta línea, una de las últimas en pasar por las páginas de L’Osservatore Romano ha sido la serie de HBO The Young Pope, dirigida por Paolo Sorrentino. Como viene siendo habitual en la reseña de obras culturales, el Vaticano ha esperado con paciencia antes de manifestarse para evitar la instrumentalización de sus críticas: un año después de su estreno, de las maquinaciones comerciales y cualquier intento de entablar polémica, la Santa Sede se ha pronunciado desde el reposo que ofrecen el tiempo y la reflexión para mostrar su interés y hasta elogiar la que, en palabras del director de la publicación, Giovanni Maria Vian, “está a la altura de las grandes películas”.

Con su primera incursión en el universo de las series, Sorrentino consuma una carrera que siempre apuntó muy alto y que alcanzó con sus dos últimos largometrajes, La gran belleza (2013, ganadora de un Óscar, Globos de Oro y BAFTA a mejor película de habla no inglesa) y La juventud (2015), una esplendorosa madurez. Es, a todas luces, heredero del verdadero cine italiano y continuador de una estirpe de grandes cineastas, entre los que se cuenta Federico Fellini como una de sus más ilustres influencias.

El joven Pío XIII

Es cierto que gran parte del atractivo de la serie y de la atención que ha recibido durante el último año han venido dados por su chocante planteamiento. El mismo título parece contener la mayor de las contradicciones: ¿The Young Pope?, ¿un papa joven? Sí, y además de joven, atractivo y en buena forma física, con predilección por los cigarrillos y la cherry coke, aficionado a las escapadas nocturnas, de carácter seco y agrio con quienes no son limpios de corazón, impronta tradicional y obcecado con el rechazo de cualquier promoción mediática.

Esta persona, que de primeras parece de todo menos un papa del siglo XXI, es, sin embargo, Lenny Belardo, cardenal arzobispo de Nueva York, papa electo Pío XIII. Por cierto, que su artífice en la ficción, Jude Law, ha firmado el gran papel de su carrera; nunca hasta ahora lo habíamos visto en tesitura tan emocional e intensa, en una actuación donde cada gesto, cada mirada, cada sonrisa y desprecio están absolutamente estudiados y medidos.

Sorrentino ya avisó de que es necesario ver The Young Pope hasta el final para sacar conclusiones válidas, y no en balde, puesto que la tentación y el morbo incitan a quedarse con la primera hora de metraje y pregonar desde las apariencias, que siempre engañan. Para empezar, ¿es acaso este perfil pontificio realmente imposible? Pese al choque cognitivo y ruptura de esquemas que provoca, un papa como el ficticio Pío XIII sería totalmente posible.

Es más, Pío XIII, con toda su propensión a la tradición preconciliar y su severa visión de una Iglesia sobria y retirada del escaparate mediático que necesita mirarse a sí misma para reencontrar una verdad muchas veces aflojada, cuando no descarriada, por las concesiones seculares, es un constante e impecable recordatorio de la importancia de la oración y la mística.

Búsqueda y anhelo

La extremada e inigualable sensibilidad estética de Sorrentino, así como la música de Lele Marchitelli, quien, una vez más, como en La gran belleza, ha encontrado en los hermosísimos momentos de conjunto de cámara la forma de conmovernos, son componentes esenciales para configurar la atmósfera propicia para sacudirnos hasta lo más hondo.

Por supuesto que la serie tiene sus exageraciones y dibuja alguna que otra caricatura, como la maldad algo acentuada de ciertos prelados y religiosos o el estado de permanente corrupción en que parece encontrarse la curia en su conjunto. Por no decir de los momentos situados entre lo cómico y lo kitsch, encabezados por la escena en que Su Santidad se viste a ritmo de Sexy and I Know It de LMFAO o la socarrona camiseta que usa como pijama la hermana Mary.

Ahora bien, quienes busquen, desde su sólida profesión de fe, la oportunidad de criticar la serie como fuente de burlas y menosprecios a la Iglesia obtendrán tanto como quienes, desde las posiciones más escépticas, quieran hacer de ella un instrumento de censura y reproche al catolicismo. The Young Pope se mantiene en todo momento en el delicado equilibrio entre el descreimiento y la más absoluta fascinación por lo divino, recreando la preciosa búsqueda de la verdad en la que todos, de manera consciente o no, estamos implicados, recorriendo un camino que para unos es corto y para otros más largo, pero que no es, en ningún caso, fácil de recorrer ni está exento de fracasos.

Un camino que recorren, de manera atribulada, con sus contradicciones, pero con ansias de trascendencia, la mayor parte de los personajes de esta serie. Y tan importante es el recorrido de Lenny Belardo como el de sus secundarios: el intrigante y corrupto cardenal Voiello (Silvio Orlando), sensible, sin embargo, a la autenticidad de las palabras del papa y a la inocencia y fragilidad humana; el débil y alcohólico cardenal Gutiérrez (Javier Cámara), inquebrantable, por contra, en la fe; el promiscuo cardenal Dussolier (Scott Shepherd), quien rompe sus votos de castidad en repetidas ocasiones a pesar de los sufrimientos que le acarrea su pecado; o la esposa del guardia suizo, Esther (Ludivine Sagnier), quien a pesar de sus deseos y oraciones no logra concebir a un niño.

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Todos arrastran su particular cruz, tal y como la arrastramos cada uno de nosotros, y desde esa posición de empatía nos habla Sorrentino. También el papa Pío XIII carga con sus propias aflicciones. Criado en un orfanato desde que sus padres hippies lo abandonaron siendo un niño, con apenas un vago recuerdo de sus progenitores, recibió el amparo y el cariño de la hermana Mary (Diane Keaton). El desconsuelo del abandono no es tan solo una crítica al sesentayochismo y la explotadísima fenomenología de la ausencia del padre posmoderna; el tema va mucho más allá, pues conduce a otro de los argumentos de fondo de la serie: una llamada de atención a la negligencia y el dolor del que son víctimas los niños de todo el mundo, auténticos representantes de la alegría y la bondad; ellos son, para Pío XIII, verdadero testimonio de Dios. La aparición de niños en pantalla es, de hecho, una constante.

Pero, sin duda, el principal interés de Sorrentino en The Young Pope es ese inagotable anhelo de vencer el sufrimiento derivado de lo que no nos gusta ser ni hacer. El dolor enquistado en el corazón de Lenny Belardo por la ausencia de un amor necesario desde su más tierna infancia está en permanente liza con el don de la Gracia del que es poseedor, y ambas fuerzas, el resentimiento y el amor, luchan por abrirse paso y dar respuesta a la realidad.

Hay quienes ya descansan en esa felicidad completa y acabada que es la fe, como el cardenal Aguirre (Ramón García) o Esther; otros que fracasaron y no buscaron la redención, como la hermana Antonia (Milvia Marigliano) o el arzobispo Kurtwell (Guy Boyd). Para la mayoría de personajes, sin embargo, la llama de la contradicción arde en sus corazones; de momento, solo la melancolía es posible y el final de la primera temporada nos deja en un bello estado de aflicción esperanzada a la espera de algo más. Futuros episodios de The Young Pope irán desvelando hacia qué dirección caminan Sorrentino y sus personajes, de forma que su flama se avive e ilumine, o quede reducida a cenizas.

Escrito por

Director de El Debate de Hoy. Profesor en la USP CEU.

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