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“Stranger Things” . Vuelve la ciencia-ficción, el misterio y una buena dosis de los ochenta

Tras la tercera temporada de Narcos, Netflix juega otra de sus grandes bazas para reivindicar el trono audiovisual: la segunda temporada de Stranger Things, con la que los hermanos Duffer ya cautivaron el año pasado al amplísimo público ochentero que en el mundo ha sido.

Poco hay tan dado a la nostalgia como la crisis de los cuarenta y el tiempo, inexorable y algo estúpido él, ha dictado que ya nos toca ir pasando revista a los ochenteros. Los nacidos en esa época o, si uno se siente menos excluyente y ajunta también a todos los que en ella disfrutaron el patio de su infancia, somos a las décadas lo que los gallegos al paisanaje: basta dar una patada a un bote para encontrarse con uno. Con este pequeño ejercicio de perspectiva resulta mucho menos extraño entender cómo Stranger Things, que se refocila sin reparo en aquel lodazal de desatados, coloridos y vitalistas lugares comunes que hemos convenido en llamar los ochenta, se convirtiera en uno de los fenómenos seriados del año pasado. Inesperado, sí, porque de sus creadores, los hermanos Duffer, apenas sabíamos nada; extraño, en absoluto, por todo lo antedicho.

El 27 de octubre aterriza la segunda temporada de la serie en Netflix, que ya se ha lanzado a calentar motores fiel a su estilo: con mucha guasa y pocos remilgos para interpelar sin pudor al público objetivo de Yo fui a EGB, a la sazón el suyo mismo (y más en esta serie). La proximidad a Halloween de la fecha elegida para el estreno de esta segunda entrega parece anticipar, además -o eso dice la mercadotecnia, terreno que, permítanme que insista, Netflix maneja aún mejor que las series mismas-, un tono más próximo a la intriga y el terror.

Porque, reconozcámoslo, quien se asomase el año pasado a la serie, con la curiosidad que nos entra a todos cuando nos acorrala el hype y la modernez pero también con sanas ganas de que el corazón le diera un par de vuelcos majos como en Poltergeist (Tob Hooper, 1982), se tuvo que llevar un buen chasco: en realidad, aquello tenía mucho más de Los Goonies (Richard Donner, 1985). Que no son palabras tampoco menores: todavía está por aparecer el compadre de generación que se atreva a ponerla a escurrir; ríase usted de la espiral del silencio.

Parece cabal concluir que, si Stranger Things no es tanto como nos ha vendido (y muchos han comprado) Netflix, no es tan poco como nos podría tentar el péndulo del asunto. Para empezar, los hermanos Duffer han dado con algo que en la industria audiovisual española pasaría perfectamente por un fenómeno paranormal en sí mismo: un plantel solvente de actores infantiles.

Está, por supuesto, el notable caso de la intrigante Millie Bobby Brown (Once), esa niña que bien pudieron tener en la cabeza los No me pises que llevo chanclas cuando compusieron su emblemático ¿Y tú de quién eres?; pero ni Finn Wolfhard (Mike), el alma caritativa empeñado en acogerla -ay, los amores de infancia- ni el fabuloso secundario pirañil Gaten Matarazzo (Dustin) le van en absoluto a la zaga. Por haber, hay hasta una redención interpretativa nada menor, Wynona Ryder (Joyce), guiño noventero para que nadie se quede sin su ración de nostalgia.

Sobre sus cabezas se entreteje en la primera temporada una tela de intrigas que van haciendo de Hawkins, Indiana y la misteriosa desaparición de Will Byers un vórtice fantástico en el que parecen haberse alineado y concitado toda suerte de fenómenos paranormales.

Aun así, por encima de la intrigante premisa y su parcial deshoje hacia el final de la temporada inaugural -con Once revelándose como eje de la discordia entre los poderes científico-fácticos y la panda de los (casi) cinco-, lo que verdaderamente cautivó a la parroquia fueron las salvas de referencias a todo lo referenciable. Desde el poster de La Cosa (John Carpenter, 1982) y la figurita de Yoda de Mike hasta su fascinación por el poder cuasi jedi de Once (que, en el fondo, también tiene algo de la Carrie de Stephen King), pasando por las exploraciones a lo Alien: el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) de los laboratorios Hawkins, la reacción a lo Jack Torrance (más Stephen King) de Joyce cuando la emprende a hachazos con su comedor, o, por supuesto, el emblemático juego de Dragones y Mazmorras con el que se abre y cierra prácticamente la temporada.

Los nuevos capítulos arrancan casi un año después del final de la primera temporada, coincidiendo igualmente con la celebración de Halloween -en la ficción, en 1984-. No está de más recordar que lo mejor de la decepción menor a la que pudo invitar el hinchadísimo globo con el que muchos acudimos a este hallazgo es constatar que se ha sembrado mucho y casi todo, prometedor. No es en absoluto descabellado pensar, con estos mimbres y el buen tino que parece vislumbrárseles a los hermanos Duffer, que esta segunda temporada sea mucho más de recolección que de siembra y que las nutridas referencias, que las habrá, sin duda, serán a partir de ahora el puntal que remache la obra y no el faro que la guíe. Veremos.

Imagen de portada: Fotograma de Stranger Things en el que puede verse a los protagonistas infantiles de la serie | Netflix
Escrito por

Coordinador del Grado en Periodismo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la USP CEU. Imparte docencia en los Master de Guion de la Universidad Pontificia de Salamanca y de la Universidad Rey Juan Carlos.

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