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“American Horror Story: Cult” . Un acertado diagnóstico de la América de Donald Trump

Cult, la séptima temporada de American Horror Story, se inspira en la paranoia, la posverdad y otras herramientas de uso frecuente de la nueva presidencia americana para buscar respuestas al aparentemente inexplicable ascenso de Trump.

American Horror Story. En una de las obras de cabecera del género de terror, el Frankenstein que James Whale hizo eterno en 1931, un maestro de ceremonias abría la película advirtiéndole al espectador de que lo que estaba a punto de presenciar era, en efecto, horripilante; que era, en suma, momento de marchar si uno sospechaba que le iba a vencer la aprensión. Que, pese a aquello, el espectador no saliera escopetado explicaba maravillosamente el sencillo, que no simple, mecanismo del terror: no se trataba de algo impuesto, sino una elección que, al hacerse consciente, multiplicaba su efecto.

Siete temporadas después, no es descabellado argumentar que el éxito de American Horror Story se fundamenta en esa conciencia que tienen sus espectadores de que lo que van a presenciar es desagradable y, pese a todo, no puedan dejar de mirar.

American Horror Story: Cult, la última temporada de esta serie emitida en Fox España, ofrece más de lo suministrado por tazas ya en temporadas anteriores: arquetipos psicológicamente quebrantados y evoluciones argumentales esencialmente desagradables, todo ello sazonado con buenas dosis de planificaciones insistentemente aberrantes, angulaciones extremas y, de vez en cuando, más sutiles “fueras de campo”.

Hay, sin embargo, un añadido especialmente inquietante en esta séptima temporada sobre el que la serie no se ha prodigado tanto en ediciones anteriores. En el esquema autoconclusivo de las temporadas anteriores siempre se escogía un motivo recurrente del género –la casa encantada de la primera temporada, el manicomio de la segunda o el circo de la cuarta– y todos ellos tenían algo en común: permitían una cierta distancia sobre la que el espectador podía dar un paso atrás y respirar; no eran, al fin y al cabo, espacios ni situaciones precisamente cotidianas.

Esa barrera psicológica, esa cuarta pared argumental se quiebra en esta última temporada, que tiene a una secta (así se traduciría Cult) como eje narrativo central. La distancia desaparece no tanto por el leitmotiv en sí, ni tan siquiera por los recurrentes apoyos en casos reales (Charles Manson, Marshall Applewhite, David Koresh o Jim Jones), sino, sobre todo, por los evidentes paralelismos con el ascenso de Donald Trump a la presidencia estadounidense.

El magnífico Evan Peters encarna a un psicópata que no solo no esconde su fascinación por el actual máximo mandatario norteamericano, sino que exhibe una teleología moral que recuerda constantemente a ese ídolo que adora y parodia al mismo tiempo.

La irrespirable atmósfera opresiva de la temporada deriva, precisamente, del hilo de verismo que uno encuentra en los múltiples perfiles de personajes que, sin parecer de entrada víctimas intelectuales de un sofista sin excesivas pretensiones como Trump (o, por extensión, el protagonista de Cult), acaban apoyando al mismo botarate. La historia nos suena y da escalofríos porque puede explicar algo que muchos se contentan con decodificar como algo inexplicable.

Pese a todo, hay un evidente desequilibrio entre la muy lograda explicación de cómo los diferentes secundarios acaban seducidos por el ídolo de barro y la neblinosa resolución, innecesariamente larga, sospechosamente imprecisa. Como sucediera en Asylum, Coven o Roanoke, por citar solo tres –hay más, casi todas–, la serie encuentra su desembocadura narrativa natural cuando aún le queda al menos un par de capítulos por emitir. Como resultado, se acaba dando vueltas sin sentido para llegar a no se sabe muy bien dónde.

De Cult se agradece, desde luego, aparte de la antedicha asignación de galones a Evan Peters, encumbrado definitivamente desde la marcha de Jessica Lange,  la perspicaz ojeada a las entrañas americanas para tratar de dilucidar qué pudo pasar en esas elecciones que parecían tan obvias y acabaron siendo tan brexiter. Es lamentable, sin embargo, que tal declaración de intenciones llegue a costa de sacrificar cualquier arquetipo radicalmente noble y de degradar la paleta de valores hasta el punto de presentar la venganza como algo inevitable o, incluso, deseable.

En el fondo, por más angustiosa que, en muchos sentidos, resulte esta última temporada, Cult no deja de epitomizar el recurrente diagnóstico de la premisa de Ryan Murphy y Brad Falchuk: la serie funciona bien como esparcimiento, sabe explotar el mecanismo fascinante del terror, se mueve relativamente bien, como hizo genialmente en Freak Show, en un nivel no muy complejo de dobles lecturas; pero carece de vuelo suficiente cuando trata de adentrarse en territorios que requieren un posicionamiento más concluyente y menos ambiguo.

Escrito por

Coordinador del Grado en Periodismo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la USP CEU. Imparte docencia en los Master de Guion de la Universidad Pontificia de Salamanca y de la Universidad Rey Juan Carlos.

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