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“Altered Carbon” . Una reflexión sobre los dilemas prometeicos de la ciencia ficción

Altered Carbon es, sin duda, una de las grandes apuestas de Netflix para esta temporada. El resultado es más que aceptable: reflexiones muy necesarias sobre el potencial de la ciencia y la concepción del hombre como medio o como fin.

Como ya ocurriera con El cuento de la criada, otra gran plataforma, Netflix, ha vuelto a aprovechar el lapso de años y la consiguiente credibilidad actualizada de su premisa para convertir una novela en su día minoritaria en un potencial fenómeno de masas. No median entre Altered Carbon y su homónima inspiración literaria las más de tres décadas que separaban al libro de Margaret Atwood de su adaptación televisiva, pero sí un buen decenio y medio en el que la cuestión de la inmortalidad parece haber abandonado, aunque sea a fuerza de polémicas, el saco roto de las aspiraciones científicas modernas.

Altered Carbon hace suyo este futurible de una humanidad en la que la esperanza de vida se empareja con la voluntad del usuario; y lo viste, además, con esos ropajes distópicos que tan bien venden estos días, como asegurará on y off the record cualquier productor que se precie. No es, sin embargo, un detalle este de la distopía menor: cabría pensar qué pintan esas pinceladas, los días que nunca acaban de romper o esa lluvia incesante en un mundo que debería desbordar felicidad tras el asalto definitivo a la muerte.

Es por ese paisaje oscuro e inhóspito, tan indisimuladamente deudor de Blade Runner –otra feliz coincidencia: en 2003, Richard Morgan( el autor de la novela Altered Carbon) ganó el Premio Philip K. Dick, referencia de la ciencia ficción por su autoría del libró que inspiró… Blade Runner–, que el espectador ya adivina que, como sucedió en otros tantos desafíos prometeicos previos, aquel chiringuito de vidas multiplicadas esconde gato encerrado.

Efectivamente, la idea más audaz de las presentadas por Morgan en todo este entramado de Altered Carbon que promete regreso (aquí sí hay, a diferencia del antedicho Cuento de la Criada, dos secuelas literarias ya horneadas) es sin duda determinar, una vez que ya se puede, quién tiene acceso a ese privilegio de la inmortalidad en vida.

Porque, es cierto, aceptada la premisa –por más endeble que esta parezca desde la perspectiva, al menos, de un absoluto lego en estas materias científicas– de que la esencia individual se pueda encapsular en minúsculas pilas y que estas pilas se puedan introducir en los cuerpos como quien mete una moneda en una máquina recreativa, no dejan de florecer ramificaciones narrativas más que estimulantes.

De un lado, la que decíamos anteriormente: ¿cualquiera se lo podrá permitir? De la más que obvia respuesta brotan aún más interrogantes, como la diferenciación entre hombres y copias recreadas que tanto y tan bien abordó la antedicha Blade Runner, e incluso su más reciente secuela, o el agrandamiento entre la brecha entre pudientes y excluidos. Todo esto se intuye durante el lodoso arranque de temporada, pero no deja de afianzarse, y hasta verbalizarse, para que no quede ninguna duda de qué reflexiones se pretenden verdaderamente, como en la maravillosa conversación en flashback del capítulo 7, que transporta al protagonista, Takeshi Kovacs, a sus años mozos de formación bajo el ala de la misteriosa Quell y que revelará el sentido de todo aquel mercadeo de cuerpos y conciencias.

Los cuerpos, por cierto, ya no se llaman cuerpos; se llaman “fundas”. El detalle tampoco es menor porque presenta una bifurcación ética de interesantísimo calado. De una parte, invita a escapar de los prejuicios a los que nos somete el gobierno de lo físico, y la serie lo sabe bien porque no deja de explotarlo con repetidos tintes de humor en los que se revive a algunos personajes en “fundas” hilarantemente contrapuestas a las que uno esperaría de su género o edad. De la otra, anticipa un desagradable horizonte que probablemente se abriría si los cuerpos fueran de usar y tirar y, por ende, no existiera rincón de respeto hacia ellos, como sí lo hay cuando hoy presumimos que acabar con ellos es pasaportar definitivamente la vida terrenal de ese sujeto, en el que poder refugiarse.

Hay, también, interesantísimos casos intermedios, como esa abuela que le pide a su nieta que deje de buscar “fundas” absurdas con las que revivirla, sugiriendo que la voluntad de eterno descanso puede perdurar aunque se aumente la alcalinidad de nuestras pilas. Todo en la serie, salvo esa limitada representación de la religión, empequeñecida en ese asiático menudo y fundamentalista, va de menos a más (complejidad) y encuentra en su desembocadura una perfecta plataforma para una segunda parte que logra un más difícil todavía: que se la espere y no se la tema.

Escrito por

Coordinador del Grado en Periodismo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la USP CEU. Imparte docencia en los Master de Guion de la Universidad Pontificia de Salamanca y de la Universidad Rey Juan Carlos.

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