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“Sense8” y las civilizaciones interconectadas . Los valores como nexo de unión entre culturas

El reciente estreno en Neflix de la segunda temporada de Sense8 es una de las citas obligadas de 2017 para los seriófilos, sobre todo porque su primera entrega tuvo algo de resucitador para los creadores de la trilogía de Matrix, que marcó un antes y un después en la ciencia ficción contemporánea

Netflix ha estrenado la segunda temporada de una de sus series más emblemáticas, Sense8, una interesante reflexión acerca de los límites de la interculturalidad.

Después de aliviar la espera a su hinchada con un episodio navideño a modo de precuela del universo Sense8, Netflix celebró ayer el regreso de la dupla Wachowski lanzando la segunda temporada de su celebrada incursión televisiva. Es, sin duda, una de las citas obligadas de 2017 para los seriófilos, sobre todo habida cuenta de que su primera entrega tuvo algo de resucitador para los creadores de nada menos que la trilogía de Matrix.

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Aquel terceto plagado de referencias religiosas y filosóficas, y coreografías futuristas salpimentadas con bien de CGI, marcó un antes y un después en la ciencia ficción contemporánea, mal que les pese a sus detractores (¿queda alguno?). Es por eso que, al igual que sucede con Michael Night Shyamalan y el suspense, cuando se vuelven a escuchar apellidos tan gratos, como ese “Wachowski”, asociados a un proyecto cualquiera, todos nos acercamos en la esperanza de que nos vuelvan a contar algo tan fascinante como fue aquello. Es tan raro que suceda… baste ver aquel pestiño infumable de nombre Cloud Atlas: la red invisible que, cuando lo que quiera que venga después de una obra maestra, sin serlo, se le acerca, es fácil dejarse llevar por el entusiasmo.

Algo similar sucedió con la primera temporada de Sense8, que supo hacer muy bien sobre todo dos cosas: jugar a su favor el dilatado metraje televisivo para explicar un entramado argumental complejo mucho mejor de lo que lo hacía, sin ir más lejos, la antedicha Cloud Atlas, y reinventar coordenadas visuales que resultaban muy sencillas de identificar por su legión de seguidores en un entorno más luminoso y vitalista que las distópicas alcantarillas de Zion.

La primera temporada buceaba con similar comodidad entre la filosofía clásica y una estética de acción marcial con aires mucho más modernos

Este contraste se anunciaba ya en la pegadiza sintonía de cabecera de Gabriel Isaac Mounsey, donde percusión y cuerda clásica se acostaban entre sintetizadores sin que, literalmente, nada sonase raro. La banda sonora de Mounsey era aún mejor porque epitomizaba a la perfección el tono de la serie, que buceaba con similar comodidad entre la filosofía clásica y una estética de acción marcial con aires mucho más modernos.

Con un protagonismo coralmente diluido, Sense8 conecta a ocho personas de distinto pelaje étnico con una especial sensibilidad empática de las que iremos sabiendo más a medida que descubrimos ese vínculo que parecen compartir y que vehicula la primera temporada entera.

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De todas estas historias, destaca el arco narrativo de Lito Rodríguez, sobreactuado intérprete de telenovelas a quien los peor intencionados verán perfectamente encarnado, por las razones equivocadas, en Miguel Ángel Silvestre. Sí, es cierto, Silvestre era planísimo en las afamadas Sin tetas no hay paraíso y Velvet, aunque viéndolo en Sense8 a uno le asaltan más dudas de que el encasillamiento interpretativo fuera enteramente responsabilidad suya o de una industria, la nacional, con escaso margen de maniobra para los matices en prime time. Sea como fuere, el Silvestre de Sense8 está fuera de toda duda interpretativa.

Si uno tiene, además, la paciencia de ver cómo van creciendo en los primeros capítulos las parsimoniosas semillas narrativas que van pintando el fresco de cada personaje, pronto verá que al retablo que conforman todos ellos los atraviesa un dibujo superior: todos ellos son, en realidad, uno.

La verdadera fuerza de Sense8

Por ahí se atisba el gran abismo al que se asoma la serie, porque esta nota de la entente de civilizaciones nos suena conocida y no es fácil sacudirle la pátina buenista con que tanto voluntarista sin fondo la ha emborrachado. En su primera temporada, Sense 8 se harta de amparar su optimismo en reflexiones y autores clásicos –Santo Tomás de Aquino, por ejemplo– , pero tampoco esconde la vertiente problemática de la interculturalidad y ahí radica su verdadera fuerza: la serie defiende con vehemencia un gregarismo intercultural que rescata ejemplos que evocan nuestro propio día a día, pero no se olvida de contrapuntos que no lleven al equívoco de que vivimos en un planeta de osos amorosos.

La serie defiende con vehemencia un gregarismo intercultural que rescata ejemplos que evocan nuestro propio día a día, pero no se olvida de contrapuntos que no lleven a un equivocado buenismo

La gran diatriba para esta segunda temporada: ser capaz de expandir su ambicioso mantra fraternal o sucumbir a un argumentario más facilón. En el peor de los casos, perdurará al menos, a buen seguro, una contundencia visual con la que ya se conformarían un buen puñado de series –la misma en la que ya era fácil perderse en Matrix–. En el mejor, seguiremos entreteniéndonos en este fascinante árbol de temas que va desde la discusión de la propia naturaleza humana hasta el alcance de nuestra condición fraterna.

Podría, incluso, mejorarse la cosa si se aminorase un demasiado almodovariano telón ambiental que en ocasiones cansa; o si se ampliara la paleta de culturas representadas, cuestión nada menor a la vista del auge del populismo excluyente que se ha diseminado exponencialmente en países cruciales desde el estreno de la primera temporada. Porque, si es importante recordar, como lo hace Sense8, que la interconexión entre culturas no extingue la maldad humana, es aún mejor tener presente que son los valores, y no las culturas de las que procedamos, los que verdaderamente nos hermanan.

Escrito por

Coordinador del Grado en Periodismo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la USP CEU. Imparte docencia en los Master de Guion de la Universidad Pontificia de Salamanca y de la Universidad Rey Juan Carlos.

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