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“Rubens. Pintor de bocetos” . Trazos que reflejan la intensidad y el color del Barroco

El arte del boceto tomó una relevancia especial en la figura de Rubens. El pintor barroco trabajaba intensamente sus obras antes de presentar el cuadro definitivo. El Museo del Prado reúne una buena parte de estos estudios en una interesante exposición.

FICHA TÉCNICA

Rubens. Pintor de bocetos

Museo del Prado

Paseo del Prado, s/n

Hasta el 5 de agosto de 2018

Entrada general: 15 €
Entrada reducida: 7,5 €

De lunes a sábado, de 10 a 20 h.
Domingos y festivos, de 10 a 19 h.

Sitio web

Pedro Pablo Rubens (1577-1640) es uno de los más grandes pintores de la historia del arte europeo. Figura colosal del Barroco, pintó sobre lo divino y lo profano, y no dejó tema sin tratar. De sobra conocidos son cuadros como Las tres gracias, El juicio de Paris, La Adoración de los Magos o La lucha de San Jorge y el Dragón. Ahora, el Museo del Prado, que de hecho posee la mayor colección de obras del artista, ha organizado la exposición Rubens. Pintor de bocetos, que pretende reivindicar una de las facetas más desconocidas para el gran público. Y es que Rubens es, entre otras cosas, el mayor pintor de bocetos del arte occidental.

Lo primero que conviene aclarar es el concepto de “boceto”. Si bien se suele aplicar para hablar de pequeños esbozos, estudios previos a la realización de una obra, ensayos para ir puliendo errores, para Rubens el boceto era, simplemente, una pintura realizada como preparación para otras obras. Son obras ya al óleo, aunque no en lienzo, sino en otros materiales como el papel o la madera, que el pintor utilizaba con varios fines: para ir elaborando sus ideas, para que sirvieran como modelo a los colaboradores de su taller o para enseñarlo a alguno de sus clientes para darle cuenta de cómo avanzaba el proyecto (o, probablemente, para todo esto a la vez).

Rubens pintó, a lo largo de su vida, alrededor de 500 bocetos, 73 de los cuales se encuentran hasta el 5 de agosto en el Prado. Los hay de todos los tipos: pequeños y grandes, más abocetados o prácticamente acabados. Se diferencian del resto de sus pinturas, básicamente, en el soporte y en el grado de detalle, así como en el tono de los colores. Para entender la relevancia de Rubens en el arte del boceto, es necesario entender el nivel de desarrollo que tenía antes de él. La práctica de los bocetos al óleo comenzó en el siglo XVI en Italia, con artistas como Tintoretto o Veronés, pero como práctica minoritaria, usando principalmente el dibujo para preparar sus obras. Lo novedoso de Rubens fue dar mayor solidez y amplitud al proceso preparatorio con el uso del óleo y de los soportes duraderos. Además, otro valor añadido de sus bocetos es que sabemos a ciencia cierta que fueron pintados por su propia mano, a diferencia de las pinturas que podrían haber sido realizadas por los colaboradores de su taller.

La biografía de Rubens es de las más interesantes de los artistas barrocos. Su trayectoria vital lo llevó a viajar por media Europa, pasando gran parte de su vida en Italia, donde aprendió de los grandes maestros venecianos a los que admiraba, como Tiziano o los ya mencionados Tintoretto y Veronés, y donde conoció también de primera mano las grandes obras de la Antigüedad. Sus pinturas poseen la exuberancia, la fuerza y, sobre todo, el color, de los cuadros de la escuela veneciana. Además, desarrolló importantes misiones diplomáticas, tarea que le hizo entrar en contacto con la monarquía española, razón por la cual encontramos tantísimas de sus obras en el Museo del Prado. Era también un importantísimo coleccionista y se quedó con una parte considerable de sus cuadros. Le costaba mucho deshacerse de ellos y, si alguno le gustaba mucho, no se desprendía de él, así como de muchos de sus bocetos, lo que demuestra lo que apreciaba los frutos de ese intenso trabajo de preparación.

Las mismas características de los cuadros de Rubens se encuentran también en los bocetos, llenos de color y de vida. Al contemplar los bocetos expuestos, podemos experimentar las mismas sensaciones que al observar los cuadros acabados. La vitalidad, la exuberancia, la vigorosidad de las formas y los cuerpos, los gestos grandiosos y enérgicos… Podemos, como siempre, llegar a conocer en gran medida el carácter y la personalidad de un artista a través de sus obras y, teniendo esto en cuenta, es fácil imaginar a Rubens como un hombre duro y serio, pero al mismo tiempo enamorado de la vida y fascinado por las riquezas a las que tuvo acceso durante toda su vida. Las obras y bocetos de Rubens están llenos de esa pasión irrefrenable, ese deseo de vivir y extraer de nuestro paso por el mundo todo lo posible.

Los bocetos, como los cuadros, representan temas de lo más variado: además de los estudios de retratos, como el del hombre con barba que se encuentra al inicio de la exposición (que sorprende por su nivel de detalle y acabado), encontramos temas mitológicos (como la serie de Aquiles), historias bíblicas del Antiguo Testamento (la historia de Sansón) y del Nuevo (La Adoración de los Magos, que podemos disfrutar en su versión final en la colección permanente del Museo) u obras alegóricas, con un complejo y profundo significado, piadoso casi siempre. En este sentido, es necesario señalar la serie de la Eucaristía, con escenas tan gloriosas como el Triunfo de la Iglesia, la Victoria de la Verdad sobre la Herejía o la Victoria de la Eucaristía sobre la Idolatría. Las alegorías, tan frecuentes en su época, son un tema recurrente en la obra de Rubens y se explican por la importancia de la defensa del catolicismo en los Países Bajos españoles de aquellos convulsos tiempos.

Creo necesario también reflexionar sobre la obra que encontramos expuesta justo en la salida de la exposición: el retrato de su hija Clara Serena. Sorprende, en primer lugar, saber que lo que se ve no es un boceto, pese a su aspecto inacabado, sino que es una obra en sí misma, elaborada por el propio artista para disfrute personal. Si no está acabada, es porque Rubens consideró que no hacía falta, que la finalidad del cuadro no requería más y que, para admirar la belleza de su hija, le bastaba con lo que había hecho. Es, sin embargo, una de las obras más personales y bellas de todas las que realizó. La niña parece brillar, y encontramos en su mirada algo indescriptible, un elemento juguetón al mismo tiempo que inquisitivo. Lo que vemos es, en definitiva, la mirada amorosa de un padre hacia su hija, su mayor tesoro. Porque, según la máxima evangélica, “de lo que está lleno el corazón habla la boca” y, como escribió Dostoievsky, “no puedo callar cuando mi corazón grita”.

En resumen, vayan a ver la exposición, muy interesante, y disfruten del color y el dibujo de uno de los grandes maestros de la historia del arte. Rubens, heredero de la mejor tradición clásica y renacentista, supo abrazar la modernidad y, adelantándose en algunos aspectos a su tiempo, marcó un antes y un después en el arte pictórico. Aprovechen para comparar los bocetos que acaban de ver con las obras “acabadas” que se encuentran en el mismo edificio. Además, aprovechen para darse una vuelta por el Museo del Prado, admirando los cuadros de Goya, Velázquez, Murillo… Piérdanse por sus pasillos y sus salas. Déjense envolver por la belleza. Siempre merece la pena.

Imagen de portada: Detalle de Prometeo (1636), de Pedro Pablo Rubens | Museo del Prado
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Escrito por

Graduado en Humanidades por la Universidad Carlos III. Crítico de Arte.

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