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“Retrotopía” . El testamento de Bauman para regenerar los desvaríos de la globalización

Con la muerte de Zygmunt Bauman se apagó una de las voces más importantes de la sociedad. Su obra póstuma, Retrotopía, es la renuncia, por ilusoria, del proyecto de emancipación colectiva del ser humano. Retroceder a los valores del pasado puede ser la solución.

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Retrotopia | Zygmunt Bauman | Barcelona | Paidós | 2017 | 172 págs. | Precio: 15,15€ | eBook: 9,99€

Este libro póstumo de Bauman puede interpretarse como una renuncia, o un reconocimiento. No hay salida por el camino emprendido durante la Ilustración de alcanzar una “emancipación humana” universal a través de la acción política. La pretensión ilustrada de edificar una utopía terrena, el reino de solidaridad entre los hombres, prometida o anunciada por los comunismos, anarquismos y socialismos, se ha desmoronado en la actual fase líquida de la modernidad.

El título de Retrotopía expresa la renuncia, por haberse demostrado ilusorio, al proyecto racionalista de autoemancipación colectiva. Lo que queda a la vista de la sociedad líquida se aleja de la utopía cuanto se aproxima a la distopía. El reconocimiento de su fracaso se manifiesta en dos guerras mundiales, en el brote de los totalitarismos que pusieron al sedicente servicio de la raza o de la igualdad los campos de exterminio de Auschwitz, el Archipiélago Gulag y el Polpot. Frustrada la expectativa racional de alcanzar colectivamente, mediante la planificación política, una sociedad mejor, a la vez igualitaria, próspera y libre, por inverosímil, la distopía anticipada por la literatura, la cinematografía y las series televisivas se vislumbra ahora como un hallazgo imaginario que puede ser más verosímil que su contramodelo utópico.

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Bauman propone como salida retroceder para readquirir los valores humanos del pasado. La voz “retro” no tiene raíz griega, solo latina, así que no figura como “topos”de la imaginación, sino como un lugar localizado en un mundo histórico precedente. Habría que recuperarlo dentro de un marco de condiciones que haga posible el diálogo para abordar los problemas comunes derivados de la propia globalización del mundo y superar el patente y obvio “conflicto de civilizaciones”.

El lugar de la marcha atrás, del retroceso, requiere profundizar en la condición dialógica. Bastaría con que “el diálogo fructifique. Según nos recuerda el propio papa Francisco, depende de que nos respetemos recíprocamente y de que asumamos, nos otorguemos y nos reconozcamos mutuamente una igualdad de estatus”.

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¿Qué significa “una igualdad de estatus? ¿Qué hay que admitir como contenido de esa “igualdad”? Publicado postmortem, Retrotopía tiene el sentido de poder interpretarse como un legado intelectual que compendia la decepción causada por la frustración de una expectativa y responde a esta pregunta proponiendo como principio la reciprocidad del reconocimiento mutuo. Instalado en su observatorio de los “tiempos líquidos”, a través de los cuales ha ofrecido uno de los diagnósticos más aceptados en la sociología actual sobre los caracteres de la sociedad digitalizada, de las redes virtuales y de la porosidad de las instituciones humanas, Bauman ya ha dejado de creer que el futuro tecnológico pueda aportar alguna rectificación de la “endémica” agresividad humana. A su juicio, el consumismo individualista fomentado por el capitalismo la exacerba. El fin de la utopía se convierte en mirada retrostópica para buscar una base realista a una civilización globalmente deshumanizada.

El optimismo ilustrado ha concluido su ciclo estrellando las pretensiones de alcanzar racionalmente el progreso colectivo contra una realidad antropológica que limita el alcance de la razón. Si la misma complejidad del mundo obliga a afrontar sus riesgos y peligros con la tecnología, que es el artefacto que puede liberar la servidumbre humana a los condicionantes de la naturaleza, no hay modo de impedir que no sea a la vez ese mismo instrumento el que también la supedite a una voluntad de dominación inserta en la condición humana.

Bauman insiste en que el programa ilustrado en la etapa líquida de la modernidad, su última fase, ha fracasado. El individuo consiguió su “emancipación”, llamémosla así, respecto de las normas morales y sociales fraguadas en la tradición, pero esa autonomía deja solo a cada individuo, aislado, a merced de sus propios recursos y vencido, porque es impotente para remediar sus dependencias tribales o comunitarias. El individuo tiende ahora a campar moralmente por sus respetos, sin reconocer nada que lo resguarde del capricho moral que él mismo se suministra, como no sea la vuelta al tribalismo comunal del nacionalismo.

El  auge del “nacionalismo” lo entiende Bauman en Retrotopía como un “regreso a la tribu”, a la división entre “nosotros” y “los otros”, los extranjeros, que pone fronteras a una emigración de vuelta de la colonización, atraída por las diferencias entre unos países prósperos y otros depauperados. La globalización de la mirada aproxima las distancias, antes insalvables. El proceso de las migraciones pone a prueba cómo hacer compatible las identidades nacionales con la cooperación mutua dentro de un Estado multiétinico, multicultural. Un Estado como lo fue el imperio austrohúngaro, cuya caída supuso la multiplicación artificial de las nacionalidades europeas.

La identidad nacionalista no proporciona la recíproca “igualdad de estatus”, porque se basa en distinguir a unos de otros. Este es un factor diferencial entre el universalismo católico y el particularismo de las identidades étnicas, grupales y nacionales. La “igualdad de estatus” es el principio que propuso Bruno Bauer como un modo de garantizar, a un mismo tiempo, la continuidad de las identidades nacionales y la cooperación duradera (y, a ser posible, pacífica) entre ellas dentro de un Estado austrohúngaro multiétnico, con su irreductible “mezcolanza de naciones”. ¿Qué significa “una igualdad de estatus”? ¿Qué hay que reconocer como objeto de esa “igualdad”: “que nos respetemos recíprocamente y que lo asumamos, nos otorguemos y nos reconozcamos mutuamente”? Bauman lo rescata como solución, pero en el evidente “conflicto de civilizaciones” que se produce en nuestro mundo global no todas ellas aceptan la integridad de este principio de reciprocidad del reconocimiento.

Retrotopía centra en un mercado consumista gobernado por el “individualismo” moral la principal causa del deterioro que nos remite a un futuro incierto, no para la persona en particular, pues la incertidumbre es constitutiva de la dependencia humana personal, sino de la especie en su conjunto. Aboga por la implantación de la “renta básica universal” y se muestra proclive a una política socialdemócrata que compense las tendencias individualistas. Como ya no es posible confiar en el futuro, hay que mirar al pasado para recuperar los topos o lugares humanizados. Mirar atrás para recoger no significa ir atrás para no volver. El progreso científico técnico ha llenado de incertidumbre la incertidumbre de los tiempos. Un horizonte de dudas que aumenta y crece cuanto aumenta la dependencia tecnológica que desgaja el uso de la tecnología de la conciencia moral.

Este miedo al futuro es consecuencia del fracaso moral del progreso técnico. El temor ha sustituido a la confianza en la técnica que, si libera al hombre de sus servidumbres naturales, altera el equilibrio ecológico de su arraigo en la naturaleza. La tierra dejó de ser un medio ambiente acogedor del conglomerado natural y la ecología comenzó a ser un problema añadido. La duda de que la progresión de la especie pueda convertirse en el mayor peligro que la propia especie ha de afrontar se ha introducido en el inconsciente colectivo.

Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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