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“Retorno a la belleza”: Obras maestras de arte italiano de entreguerras

Retorno a la belleza, exposición que habita la Fundación Mapfre de Madrid, se hace refugio del sustantivo y lo sitúa en un tiempo y lenguaje concretos: Obras maestras de arte italiano de entreguerras.

FICHA TÉCNICA

Retorno a la belleza

Fundación Mapfre (Sala Recoletos)

Paseo de Recoletos 23, Madrid

Hasta el 4 de junio de 2017

Precio: 3 €

Sitio web

Descansa, pétalo perdido, esta es tu tierra prometida. Tú que anhelas quietud en una época de ruidos, que habitas rememoraciones de otras épocas. Llegaste. Porque la Belleza sabe dónde dejar posar su materialidad entre los hombres y, a menudo, esa materia adquiere la forma del arte: Retorno a la belleza, recomendable exposición que habita la Fundación Mapfre de Madrid hasta el próximo mes de junio, se hace refugio del sustantivo y lo sitúa en un tiempo y lenguaje concretos: Obras maestras de arte italiano de entreguerras.

Italia vive renacimientos, cíclicos regresos a su origen, porque en su naturaleza late un pequeño Parnaso en la Tierra. El más conocido de ellos comenzó a agitarse a finales del siglo XIV; el revuelo de Petrarca, Botticelli o Miguel Ángel. Pero no es el único instante en el que el arte –y bajo él el espíritu humano– rompió con todo aquello que lo rodeaba y asfixiaba y que previamente había decidido desquebrajar su originaria armonía: tras la Primera Guerra Mundial, una fracción del arte europeo se propuso (o tal vez necesitó) volver al sosiego, volver al orden. Y, en Italia, la inspiración se dejó llevar hacia su innato equilibrio clásico empleando como cauce una ciencia trascendente: la metafísica.

Italia vive renacimientos, cíclicos regresos a su origen, porque en su naturaleza late un pequeño Parnaso en la Tierra. El más conocido de ellos comenzó a agitarse a finales del siglo XIV

Dos nombres propios y una corriente dieron así origen al renacimiento posbélico: el grupo Novecento, el llamado «realismo mágico» y la revista romana Valori Plastici. El mestizaje fue la base de una pintura que recuperó sus raíces figurativas y compositivas y, puesto que toda creación no deja de nacer irremediablemente ligada a su tiempo, añadió en ellas una dosis de modernidad y misterio. La exposición, organizada en siete secciones (Metafísica del espacio y del tiempo, Evocaciones de lo antiguo, El desnudo como modelo, Paisajes, Regreso a la figura. El retrato, La poesía de los objetos y Las edades de la vida), se convierte en eco de la eternidad ansiada, cuyos mayores representantes fueron Giorgio de Chirico, Achille Funi, Giorgio Morandi, Pompeo Borra o Felice Casorati.

Enigma silencioso el de las arquitectónicas pinturas de Giorgio de Chirico, como Plaza de Italia (1924-25) o Melancolía hermética (1919), que introducen el camino hacia la pureza. Tras ellas espera una de las salas más hermosas, donde cálidos lienzos de intensos colores y nostálgicas miradas evocan «un tiempo lejano que aún hoy perdura». Tan invisible como palpable, entre la predestinada Safo de Achille Funi (1924), la profunda soledad de El arquitecto de Mario Sironi (1922-23) o la hermosa espera del Riposo de Pompeo Borra (1933); etérea y melodiosa parece sobrevolar la voz extemporánea del Hiperión de Hölderlin susurrando heridas: «si pronunciaba alguna vez frases cálidas, hablando de la antigua Grecia, bostezaban y me decían que había que vivir en los tiempos actuales, y algún otro sentenciaba que el buen gusto no se había perdido del todo». Como él, Funi, Sironi o Borra, temerosos de que no quedase ya en su tiempo resquicio alguno para la belleza (¡cuán infelices hubieran sido ahora!), desde la añoranza entregaron su talento y vida a bendecirla.

Tan invisible como palpable, entre la predestinada Safo de Achille Funi (1924), la profunda soledad de El arquitecto de Mario Sironi (1922-23) o la hermosa espera del Riposo de Pompeo Borra (1933)

Próximos a ellos, los desnudos cantan reminiscencias al pasado en un interesante baile entre el pasado y el futuro: Ugo Celada da Virgilio y su Retrato de la esposa (1925-30) hablan a la Venus de Urbino de Tiziano (1538), mientras el dulce Concierto de Felice Casorati (1924) recuerda a Las señoritas de Avignon de Picasso (1907) o la Mujer sentada de espaldas de Mario Tozzi (1926) atrae apellidos como Ingres, Bonnard o Degas. Y, al fondo, en un repentino y poderoso giro que ahuyenta toda inocencia anterior, la mujer echada de El primer dinero de Cagnaccio di San Pietro (1928) cuela en la sala a Schiele, Freud y sus excesivas y hermosas criaturas.Retorno a la belleza

El paisaje y las naturalezas muertas, aunque en menor medida, fueron también temas que adoptaron la forma de la belleza aspirada. El pétreo abandono en las obras de Mario Sironi o la mirada contemplativa de Carlo Carrà («inquietud y melancolía, no por lo que se ha perdido, sino por lo que parece que no va a poder ser») conviven con una poética del objeto cotidiano en la que, despojado de su función, libre defiende una esencia puramente artística. El término reminiscencia cobra de nuevo sentido a lo largo de estas secciones, pues pequeñas pinturas como Cristal de Murano de Ubaldo Oppi (1925) o Plata de Leonardo Dudreville (1927) recuerdan a los bodegones de Clara Peeters que recientemente expuso el Museo del Prado.

Retorno a la figura humana, centro y motivo principal de esta corriente y parte última del recorrido, en el que rostros aislados y breves escenas colectivas respiran una tenue y triste esperanza. Semblantes que nacen de Durero, Miguel Ángel o Rafael y que comparten el deseo de revivir los tiempos de la mitología más terrenal: Meditación (Mario Tozzi, 1925), Retrato de Laura (Ubaldo Oppi, 1924). En todos ellos, siempre, la espera. Espera detenida en el instante de la creación pictórica. Feliz y templada en Renato Gualimo (Felice Casorati, 1923-24), eminente y dolorosa, en el frío nórdico de La partida (Cagnaccio di San Pietro, 1936).

El término reminiscencia cobra de nuevo sentido a lo largo de estas secciones, pues pequeñas pinturas como Cristal de Murano de Ubaldo Oppi (1925) o Plata de Leonardo Dudreville (1927) recuerdan a los bodegones de Clara Peeters que recientemente expuso el Museo del Prado

Y sabia, misteriosamente mágica, en la Jovencita de Antonio Donghi (1931). Un reducido y discreto retrato sin lugar ni momento donde unos ojos infantiles, cómplices, miran al alma perdida que encontrada se halla entre estas purpúreas paredes. En su mezcla de pureza e inmortalidad, tras ella el perfume de Recondita armonia, que vibra en la Tosca de Giacomo Puccini: «L’arte nel suo mistero / le diverse bellezze insiem confonde»… Ojos sin brillo y con rastro de estrella que intuyen haber vivido oscuridad y que con lengua de profeta al visitante parecen enunciar: «Tras el embriagador letargo despertarás y al mundo tuyo regresarás». Briznas de éter de ella recoger, dejando atrás, mas nunca olvidando, que aún palpita la Belleza en rincones del ser humano.

Imagen de portada: Felice Casorati, Ritratto di Renato Gualino [Retrato de Renato Gualino], 1923‐1924 Óleo sobre tablero de contrachapado. Istituto Matteucci, Viareggio ©Felice Casorati, VEGAP, Madrid, 2017
Escrito por

Ilustradora, graduada en Humanidades por la USP CEU y máster en periodismo cultural. Ha trabajado en medios como la revista Leer y Hombre en camino.

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