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“Por qué el tiempo vuela”. Ciencia y filosofía tienen mucho que decir sobre el tictac del reloj

El tiempo. Un concepto que marca la vida pero que es sumamente difícil de entender y explicar. Alan Burdick, redactor de The New Yorker, propone un estudio entre lo científico y lo filosófico en Por qué el tiempo vuela.

Desde sus orígenes, el ser humano se ha sentido tremendamente inquietado por el tiempo. No sabemos exactamente qué es ese elemento que nos atrapa y nos empuja irremisiblemente hacia adelante, sin posibilidad de escapar. El tiempo vuela, los días pasan uno detrás de otro, los años se suceden a un ritmo vertiginoso, y sentimos cómo, sin apenas darnos cuenta, la vida se nos va. Sabemos que el tiempo es oro, que cada minuto cuenta, que no podemos permitirnos perderlo y que debemos administrarlo y aprovecharlo bien, que pesa como una losa que nos oprime y nos castiga sin parar. El tiempo marchita nuestra juventud, nos despoja de nuestras fuerzas y arrasa todo lo que los hombres crean. Todas estas expresiones que acabo de utilizar son simples metáforas, que es una de las herramientas que nos ofrece el lenguaje para expresar aquello que escapa a nuestra comprensión. Cuando un concepto es demasiado complejo y grande, intentamos referirnos a él en términos de algo ya conocido, en un intento por acotarlo y poder acercarnos a él desde una nueva perspectiva algo más asumible.

Por qué el tiempo vuela

ALAN BURDICK | POR QUÉ EL TIEMPO VUELA | PLATAFORMA EDITORIAL | 2018 | 400 PÁGS. | 22 €

A lo largo de los siglos, nos hemos enfrentado al problema del tiempo de muchas maneras. Siempre nos hemos resistido, y hemos intentado vencerlo en incontables ocasiones. Nuestras obras de arte son un reflejo de nuestra lucha incansable por trascenderlo, por dejar algo que pruebe que hemos pasado por aquí. El olvido, hermano inseparable del tiempo, es un rival duro al que intentamos combatir con la memoria. Pero, al mismo tiempo, hemos intentado entender su naturaleza, qué es, de dónde viene y hacia dónde va. Se han escrito miles de libros tratando el tema desde diferentes perspectivas: complejos trabajos científicos, libros de filosofía, poesía, literatura… El último de esos intentos es Por qué el tiempo vuela, de Alan Burdick, redactor y antiguo editor principal de The New Yorker, colaborador asiduo de Elements, el blog de ciencia y tecnología de dicha revista. En él, el autor intenta ofrecernos, a través de su talento divulgativo, una visión transversal y muy completa de todo lo que sabemos del tiempo, especialmente en relación con nuestra percepción biológica y psicológica del mismo.

El libro mezcla los aspectos más puramente científicos con los debates filosóficos y psicológicos acerca del tiempo que han tenido lugar a lo largo de la historia. Desde Platón y Aristóteles hasta William James, autor de Principios de psicología, uno de los libros más importantes que se han escrito sobre este campo, en el que trata ampliamente acerca de la percepción del tiempo (que, además, era hermano del escritor Henry James), pasando por san Agustín, quien, en sus Confesiones, reflexiona ampliamente acerca del tiempo, de la naturaleza de las cosas y de la Creación, y fue uno de los primeros en darse cuenta de que el tiempo es aquello que consideramos como tal. Es decir, que el concepto de tiempo que a menudo barajamos es, simple y llanamente, una pura construcción social.

Este es, sin duda, uno de los asuntos más espinosos acerca del tiempo: por un lado, sabemos que lo hemos creado nosotros para orientarnos, que hemos fijado una hora planetaria a partir de la cual se reparten los husos horarios (centrados, cómo no, en Inglaterra) teniendo en cuenta el ciclo solar de 24 horas; pero, al mismo tiempo, la teoría de la relatividad de Albert Einstein (y los estudios posteriores derivados de ella) demostraron que el tiempo como magnitud física tiene una realidad extraordinaria y objetiva: es relativo, es decir, varía en función de la velocidad y la posición, dejándose afectar incluso por la gravedad (cómo es esto posible es otra cuestión). La manera en que nosotros percibimos el tiempo, por tanto, difiere profundamente de su propia naturaleza física, y este es uno de los mayores enigmas que debemos afrontar.

Pero es que, además, el misterio acerca de la naturaleza del tiempo está íntimamente ligado a muchas de las grandes cuestiones de la ciencia. El origen y naturaleza de la mente, por qué nuestro organismo funciona conforme al sol y a los llamados “ciclos circadianos” (que duran aproximadamente 24 horas, independientemente de la exposición a la luz solar), el origen del universo y los agujeros negros… En la hipótesis más comúnmente aceptada entre la comunidad científica, el big bang fue lo que desencadenó la expansión y el inicio de todo, incluido el tiempo. Pero, ¿qué sucedió antes del big bang?, ¿de dónde procedía toda aquella materia extremadamente comprimida?, y, especialmente, ¿existió el tiempo antes del tiempo? A ello dedicó gran parte de su obra divulgativa el recientemente fallecido Stephen Hawking, destacando su brillante Historia del tiempo.

El universo no tiene solo una historia . Entre el big bang y el ateísmo de Stephen Hawking

Alan Burdick se enfrenta sin miedo a estas grandes preguntas, y, sin ser exhaustivo, ofrece una panorámica muy completa acerca de los experimentos que se han realizado, a lo largo de los últimos siglos, para explicar el tiempo y nuestra percepción del mismo por parte de científicos de ramas muy diferentes. Las preguntas suscitadas por el concepto del tiempo son terriblemente angustiosas, ya que nos hacen caer en la cuenta de nuestra imposibilidad de captar el significado de ese presente que se escurre entre nuestros dedos al intentar agarrarlo (y que, en el mismo momento en que nos preguntemos qué es, se habrá convertido en pasado). El autor intercala con estos temas tan espinosos su propia experiencia, su relación con el tiempo y ejemplos sacados de su vida para ilustrar los conceptos desarrollados. En este sentido, el libro es muy tierno y humano (especialmente en lo que se refiere a su relación con sus hijos), sin perder su rigor científico, y consigue mezclar todo ello con elementos de humor muy fino y entrañable.

Una advertencia: quien espere encontrar en este libro la respuesta definitiva a una de las grandes cuestiones se sentirá, sin duda, decepcionado. Por qué el tiempo vuela es un muy buen libro de ciencia, y, como tal, intenta dar respuesta a las preguntas, pero, en su camino, lo único que consigue es sugerir mil nuevos interrogantes. Al acabar el libro, nos damos cuenta de que tenemos aún más dudas que al principio, pero que, al mismo tiempo, hemos entendido algunas de las piezas más básicas de este difícil y fundamental rompecabezas.

Imagen de portada: Detalle de la edición de Por qué el tiempo vuela | Plataforma Editorial
Escrito por

Graduado en Humanidades por la Universidad Carlos III. Crítico de Arte.

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