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“Por 13 razones”, una secuela innecesaria que apela al adolescente con mensajes confusos

La segunda temporada de la serie de Por 13 razones no hace sino emborronar el escaso sentido que dejó el final de la primera. Un relato cada vez más cerca de lo morboso que sigue confundiendo públicos y mensajes de un modo nada positivo.

En estos tiempos en los que a menudo se confunde llamar la atención con contribuir al debate, es urgente aclarar que a Por 13 razones se le da mucho mejor lo primero que lo segundo. Recién estrenada su segunda temporada en Netflix, apenas quedan razones, no digamos ya de peso, para paralizar la crítica a una serie que ya de entrada se ciscaba en la prudencia aconsejada a la hora de hablar del suicidio adolescente; esa que trata de evitar, ante todo, el riesgo de inocular las conductas imitativas sobre las que previenen voces de autoridad del campo sanitario.

Los productores de la serie zanjaron esa primera polémica argumentando pretender un debate necesario para atajar la segunda causa de muerte adolescente en Estados Unidos (solo por detrás de los accidentes y por delante de los homicidios). Se aspiraba, decían, a un doble objetivo: por un lado, alertar a los padres de que a un potencial suicida adolescente le pasan por la cabeza, efectivamente, cosas que no se atienen a la lógica adulta; y, por el otro, exponer al público adolescente ante el reflejo deformado del comportamiento suicida para desentrañar sus incoherencias. Hay, sin embargo, tantas incongruencias y omisiones en este planteamiento que resulta más fácil diagnosticar voluntarismo naif que verdadera mala fe. Aunque, estando Netflix de por medio, tampoco hay que descartar razones más prosaicas, léase, tener muchas temporadas y (esto es lo fundamental) mucha audiencia sin importar la incoherencia de los medios para llegar a tal fin.

La más flagrante de todas estas incongruencias es que solo es posible concluir un supuesto afán de pedagogía sobre el suicidio si a uno le quedan ganas de ver el contenido extra, Más allá de las razones (Beyond Reasons, en el original), sepultado allá al fondo de los angustiosos trece capítulos de la primera temporada. De hecho, lo ideal, si uno no quiere hacerse una idea absolutamente equivocada de lo que pretenden (o dicen) sus creadores, es ver el minidocumental antes que la serie misma. Claro, que se pueden imaginar quién está dispuesto a empezar una serie con una nota aclaratoria de media hora que le va a reventar el resto del argumento. Pues eso.

Es en este contenido extra, precisamente, donde uno de los creadores ratifica aquello de que la lógica de un adolescente con instintos suicidas no siempre es racional, recordando la decimotercera razón esgrimida por Hannah Baker, que, dice él mismo, no es en realidad una llamada de auxilio, sino una trampa al psicólogo del instituto para refrendar sus propios deseos suicidas. La pregunta sale sola: ¿cómo esperan estas mentes preclaras que la lógica racional de presentar unos comportamientos irracionales llevará a la revelación de su irracionalidad a un público adolescente que puede estar atravesando potencialmente por esos problemas?

Inseguridad adolescente y rendimiento escolar . El apoyo de los padres es esencial y positivo

No sería extraño que se escudaran entonces los creadores de la serie en las repetidas advertencias sobre lo descarnado del contenido (¿es necesario, más allá del morbo?), las recomendaciones de ver aquello acompañado o el corolario de recursos al final cada capítulo; pero, ¿cabe realmente esperar que ese público vulnerable, cuya lógica retorcida ellos mismos advierten, vaya a hacer más caso a esas balas de fogueo que a la munición pesada que viene detrás?

Una falacia similar, también escuchada, es que el público objetivo real de esta serie son los adultos que han de reaccionar para incrementar la eficacia de las medidas de prevención contra el suicidio. Lo verdaderamente irresponsable de Por 13 razones, más allá de su mensaje desalentador, es que no cabe duda de que es una serie de adolescentes diseñada visual, sonora y, sobre todo, narrativamente para interpelar a adolescentes. La lista de pruebas es obvia y mucho más larga de lo que debería ser este artículo, así que quedémonos con la más evidente: si cualquier relato audiovisual es cuestión de punto de vista, aquí hay dos que prevalecen claramente sobre el resto, el de Hannah (al fin y al cabo, son sus 13 razones, ella marca el paso de la historia), y el de su platónico amor, Clay Jensen.

El de Hannah es claramente descorazonador y encarna todos los antedichos peligros de la conducta imitativa, así que todo el argumentario voluntarista de los creadores de la serie se juega en el tablero de Clay: él personifica la crítica más viable al suicidio, aunque sea desde el reverso negativo; esto es, interpelar a no cometerlo por el sufrimiento que se causará.

La relación de Clay con Skye, bisagra narrativa entre la primera y segunda temporada, acaba de desmontar cualquier atisbo provechoso que se pudiera pensar para la serie: sus productores hablan entre bambalinas de la importancia de abrirse a otros y pedir ayuda para salir de la espiral del suicidio; pero la realidad es que, delante de las cámaras, ninguna vía parece funcionar.

El timón argumental se desplaza, además, en esta segunda temporada desde el suicidio -cuya sombra, eso sí, no deja de estar flotante- hacia la violación, pero el mensaje sigue siendo el mismo: no hay llamada de auxilio que funcione dentro de los cauces normativos. Que esto difícilmente constituye un mensaje constructivo parece evidente. Que la inmunidad de los villanos y un regodeo permanente en la desesperanza garantiza una tercera temporada de Por 13 razones, también. Imaginen por qué ha apostado Netflix.

Imagen de portada: Fotografía promocional de Por 13 razones | Netflix
Escrito por

Coordinador del Grado en Periodismo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la USP CEU. Imparte docencia en los Master de Guion de la Universidad Pontificia de Salamanca y de la Universidad Rey Juan Carlos.

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