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Picasso y el Mediterráneo inundan Madrid con su azul mitológico, histórico, misterioso y vivo

La Fundación Canal de Madrid propone una retrospectiva sobre la influencia del Mediterráneo en el arte de Picasso, que estará disponible hasta el próximo 15 de agosto. En la muestra, constituida por 91 obras, están presentes las temáticas recurrentes en el pintor -tauromaquia, desnudos y mitología-, así como su paso los diferentes estilos: realismo, cubismo y surrealismo.

FICHA TÉCNICA

Picasso y el Mediterráneo

Fundación Canal.

C/ Mateo Inurria 2, Madrid

Hasta el 15 de agosto de 2017

De 11:00 a 20:00 horas excepto los miércoles, de 11:00 a 15:00 horas

Entrada gratuita

Sitio web

Por su color se conoce una etapa azul de Picasso. Azul dolor; hiriente, directo, profundo de tan plano. No es el único, hay otros colores en su viaje artístico, como el rosa, el cubista o el surrealista, que a su vez se decoloran en secundarias gamas de óleo. Pero hay un azul, antes, durante y después del doloroso y literal, que empapó con permanencia al artista: el azul Mediterráneo. Mitológico, histórico, misterioso, vivo. Y que se dejó caer, gota a gota, en su obra, pensamiento y carácter. La Fundación Canal de Madrid expone, bajo la misma sencilla simbiosis de Picasso y el Mediterráneo, una colección de dibujos y piezas de cerámica cuyo fin es «descubrir nuevos ángulos y facetas de su obra indagando en los lugares que le sirvieron de inspiración».

Las salas –brillantes, frescas, derivadas del mar–donde las 91 obras se exhiben son sólo un vértice del poliédrico proyecto Picasso–Mediterráneo, en el que participan «más de 60 museos del sur de Europa y el norte de África hasta finales de 2019». Un íntimo tour que, quizá, quede comprensiblemente eclipsado por otras exposiciones como la conmemorativa Piedad y terror en Picasso. El camino a ‘Guernica’ del Museo Reina Sofía. Sin resultar imprescindible, aunque curiosa, Picasso y el Mediterráneo se erige como un atractivo paseo por tres de las temáticas recurrentes y características del malagueño: Tauromaquia: un ritual mediterráneo, El esplendor de los cuerpos y Celebración mitológica.

A lo largo de paneles con forma de biombo, litografías de toros realizadas entre 1945 y 1946 se suceden en un interesante recorrido que habla de una clara y, ya desde el inicio, determinada evolución: del realismo, nacido de la observación exterior, al cubismo y surrealismo exhalados desde la observación interior. Otras escenas, como La gran corrida (1949), La danza de las banderillas (1954) o La pica (1959) –algunas de ellas pertenecientes a ediciones de numerosos ejemplares firmados–, o cerámicas como Mujer en un balcón (1960), cuentan ese proceso desde un silencio individual que invita, como piezas de puzzle, a recomponerlo y comprenderlo.

Muy breve, y hermosa, es la sección El esplendor de los cuerpos, que enseña cómo “la ruptura de Picasso con todos los prejuicios y códigos sobre la representación del desnudo y el erotismo impregnan de libertad y sensualidad su obra”. A través del lápiz de Mujer ante un espejo (1950) o la textura de La fuente (1954), homenaje a Ingres y sus exóticos desnudos ocultos, el equilibrio y la insinuación elegante son los elementos protagonistas; así como en Escena de playa (1956) lo es el recuerdo, pues evoca los veranos de Picasso en la playa de La Garoupe, en Antibes (Provenza-Alpes-Costa Azul), y en Juan Les Pins (también en el sureste francés).

Es más artista quien deja reposar y reinterpreta que quien simplemente copia, pues su mirada enfocará no únicamente lo que tiene frente a sí, sino también todo su alrededor, y aportará aquello que solo su mano, por ser única, podría ofrecer. Picasso recogió la magia de la mitología clásica y la reconvirtió en sus obras, rompiendo su molde original y otorgándole nuevos valores y formas a través de tres cauces: bebiendo de los grandes artistas precedentes (como es el caso del aguafuerte La minotauromaquia, de 1935), respetando el mito en su esencia original –la menos frecuente– y, la presente en esta exposición, metamorfoseando y haciendo suyas las figuras del minotauro, el centauro o el fauno. En esta simétrica sala de paredes rayadas se muestran distendidas escenas, como Fauno sonriendo (1948) o Venus y el amor (según Carnach) (1949) o Pan (1948), rostro promocional de la exposición. Seres descubiertos en su cotidianeidad verde y mística, como abocetados rápidamente sobre el papel instantes antes de salir huyendo en pos de la siguiente inspiración.

Siguiendo su estela arbórea y embriagada, se llega a Expresiones del mundo antiguo, última parte de la exposición. Dividida, a su vez, en La Biblia, Griegos y romanos y El mundo árabe, nos recuerda cómo la temática clásica, exceptuando su etapa cubista, estuvo siempre presente, como el aliento del Mediterráneo, en el arte de Picasso. Salomé (1905), La danza bárbara (1905), Tabla de los aguafuertes (1931) –con su curiosa estética semejante al cómic– o Las tres mujeres de Argel (según Delacroix), de 1955 –inevitable evocación a Ingres– son algunas de las obras expuestas. En ellas se abre paso, como en la anteriormente mencionada serie de toros, la siempre instructiva práctica de la comparación: saltar la mirada entre versiones de un mismo motivo, entre sus líneas y sombras, entre sus puntos de vista, entre etapas y años. Ver el pasar del tiempo y la madurez, ver asentarse la voz propia sobre el azul Mediterráneo, que en estas obras recogidas no es literal pero sí palpable, un lienzo índigo en el que Picasso dibuja y decora su origen.

Imagen de portada: Grabado El toro, Picasso, 1945 | Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2017.
Escrito por

Ilustradora, graduada en Humanidades por la USP CEU y máster en periodismo cultural. Ha trabajado en medios como la revista Leer y Hombre en camino.

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