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Philip Roth, el gigante sin Nobel . Explorador de almas con fama de huraño y misógino

Philip Roth ha muerto sin ganar el Premio Nobel. Con fama de huraño y misógino, su extensa obra es ya parte de la mejor literatura estadounidense. Sus novelas, aplaudidas y controvertidas , se escribieron a la luz de la experiencia.

Dado que este año, excepcionalmente, no se concederá el Premio Nobel de Literatura, decisión que la Academia sueca ha tomado a causa de los escándalos de todo tipo que han rodeado sus actividades -sí, también sexuales, tan comunes en estos tiempos desaforados- se podría rellenar ese vacío otorgando el galardón, sin mayores trámites, a uno de los más grandes escritores americanos de esta época, muerto a los 85 años en la ciudad de Nueva York. Para ello bastaría con que en la casilla en blanco que ocupará el año 2018 en la larga lista de los galardonados con el premio de resonancia mundial, que consagra para la Historia a los mejores escritores, figurase un asterisco remitiendo a un pie de página que aclarase que ese año no hubo galardón, pero que 2018 fue el año en que nos dejó un novelista que destacó en medio de una generación de escritores excepcionales. Se llamó Philip Roth, era judío, fue autor de 31 libros y exploró como pocos, con el aliento de los mayores escritores de la Historia, el alma humana.

Philip Roth

EL MAL DE PORTNOY | PHILIP ROTH | DEBOLSILLO | 2018 | 312 PÁGS. | 9,95 € | EBOOK: 7,99 €

Eterno candidato al Nobel de Literatura, en cuya nómina faltan algunos nombres indispensables, como Jorge Luis Borges o Franz Kafka (y sobran algunos, sin duda, o están en el lugar inadecuado, como Winston Churchill, que vio premiadas su memorias con esta distinción para escritores), todos los años las quinielas apuntaban a la figura antipática de este discípulo de Saul Bellow (que sí que lo consiguió, en 1976), que es quien había reivindicado, antes que nadie, la condición de escritores americanos para los escritores judíos. “Soy norteamericano, sin más”, decía el autor de El legado de Humbold.

Ambos, Bellow y Roth, tejieron su intensa obra literaria en torno al mundo judío, un mundo propio que, como es sabido, en Norteamérica tiene una presencia muy visible no solo en el ámbito de los negocios, sino en el de la cultura. “La columna vertebral de la literatura estadounidense del siglo XX fue proporcionada por dos escritores, William Faulkner y Saul Bellow”, proclamaba Philip Roth, que en la dedicatoria de su libro Lecturas de mí mismo señala: “A Saul Bellow, el otro al que he leído desde el comienzo con el placer y la admiración más profundos”. El uno era Faulkner.

Roth, que fue profesor de literatura inglesa y llamó la atención de la crítica con su primer libro de relatos, Goodbye, Columbus, saltó a la fama en 1969 con El lamento de Portnoy, una obra indefinible, escrita a base de audacia y procacidad, en la que resplandece el peculiar humor judío, los sarcasmos dirigidos a su comunidad, el descaro al relatar las pulsiones eróticas, y una autocrítica despiadada (con toques a lo Woody Allen) hacia su familia, heredera de una rígida tradición y que procedía de Galitzia, en Polonia. Su abuelo solo hablaba yiddish, pero su padre, que sería vendedor de seguros, ya había nacido en Newark, cerca de Nueva York. Sobre el escándalo que causó el Lamento de Portnoy (que en algunas ediciones se titula El mal de Portnoy), diría Philip Roth más adelante: “La literatura no es un concurso de belleza moral”.

A partir de entonces, su obra fue creciendo en intensidad y controversia, combinando, lo que no siempre es fácil, el aplauso de la crítica con el fervor de los lectores. Roth pasó a ser un autor prolífico, con un público fiel, un novelista audaz que se tomaba muy en serio su trabajo (“es como bajar a la mina, pasar ahí todo el día, extrayendo mineral, y después volcarlo en una página”), que él sostenía que no le gustaba, pero que lo ataba de manera firme y constante. ¿Su receta? No olvidar nada. “La mitad de ser escritor consiste en estar indignado”, decía.

Philip Roth

TRILOGÍA AMERICANA | PHILIP ROTH | GALAXIA GÜTENBERG | 2011 | 1.216 PÁGS. | 35 €

Aunque tenía fama de huraño y de misógino, y en las fotografías muestra siempre la expresión de quien acaba de visitar a su psicoanalista, se casó “no con una comunista”, como el título –Me casé con un comunista– de su segunda novela de la Trilogía americana (los otras dos, Pastoral americana y La mancha humana, son dos colosales ejemplos de capacidad narrativa) sino con una actriz inglesa, Claire Bloom, que nos deslumbró a todos en la película Candilejas, de Charles Chaplin. Vivieron juntos bastantes años, pero, tras el divorcio, ella alimentó, en un libro autobiográfico, la mala fama de Roth con las mujeres.

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No le dieron el Nobel, es cierto, pero sí muchos otros premios, como el Pulitzer, el Pen Club, el National Book Award y el Príncipe de Asturias de las Letras, en 2012. Ese año decidió decir basta: “No tengo nada digno de escribir”, declaró al New York Times. “He dado lo mejor de mi trabajo y lo siguiente sería inferior. La lucha con la escritura ha terminado”. Y recordaba una frase de un campeón del mundo de boxeo, Joe Louis, al que admiraba: “Lo hice lo mejor que pude con lo que tenía”.

Louis Ferdinand Celine, otro de los grandes, había dejado dicho que la experiencia es una tenue lámpara que solo ilumina al que la sostiene. No siempre. Quienes saben transformar su experiencia en una luz potente iluminan a los demás, y a veces hasta nos deslumbran a todos. Philip Roth, aunque no era especialmente religioso, siguió la recomendación del también judío Jesús de Nazaret a sus discípulos, según cuenta san Juan Evangelista: “Trabajad mientras todavía tengáis luz”.

Imagen de portada: El fallecido escritor Philip Roth, en la 53 National Book Awards ceremony en Nueva York | Agencia EFE
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Escrito por

Periodista. Expresidente-director general de la Agencia EFE.

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