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La carrera hacia los Óscar: ¿interpretación o imitación?

Las tornas han cambiado. Interpretar una minusvalía ya no abre las puertas del Óscar. Su lugar lo han ocupado los personajes reales. La moda de los biopics permite a los actores imitar la voz y el lenguaje corporal de personajes a los que el público ya conocía. Más que la creación, se empieza a valorar la imitación.

Solo uno de los cinco nominados al Óscar al mejor actor protagonista, cuyo ganador conoceremos el 24 de febrero, lo está por encarnar a un personaje ficticio. Se trata de Bradley Cooper por Ha nacido una estrella. Los cuatro restantes –Christian Bale, Rami Malek, Viggo Mortensen y Willem Dafoe- lo están por interpretar a otras tantas personas que existieron en la realidad: Dick Cheney, Freddie Mercury, Tony Lip y Vincent Van Gogh, respectivamente.

En las otras categorías interpretativas encontramos a Melissa McCarthy, Olivia Colman, Mehersala Ali, Adam Driver, Richard E. Grant, Sam Rockwell, Amy Adams, Emma Stone y Rachel Weisz incorporando personajes reales. Sumemos a eso que las dos mujeres sobre las que pivota Roma son formalmente ficticias, pero moldeadas sobre dos ejemplos muy presentes en la realidad cotidiana de su director, Alfonso Cuarón.

La minusvalía abría las puertas del Óscar

Cabe hablar de un cambio de paradigma. Hace cosa de dos décadas era un tópico decir que interpretar personajes con alguna clase de minusvalía abría las puertas del Óscar. Hubo pioneros, como John Mills en La hija de Ryan. A partir de la década de los 80, fue moneda común. Jon Voight (parálisis, El Regreso), Marlee Matlin (sordomuda, al igual que la propia actriz, Hijos de un Dios menor), Dustin Hoffman (autismo, Rain Man), Daniel Day-Lewis (parálisis cerebral, Mi pie izquierdo), Kathy Bates (trastorno mental, Misery), Holly Hunter (muda, El Piano), Jessica Lange (bipolar, Las cosas que nunca mueren), Al Pacino (ciego, Esencia de mujer), Tom Hanks (borderline, Forrest Gump), Nicolas Cage (alcoholismo, Leaving Las Vegas), Geoffrey Rush (perturbación mental, Shine), Jack Nicholson (TOC, Mejor Imposible) o Angelia Jolie (sociopatía, Inocencia Interrumpida) son solo algunos ejemplos.

De unos quince años a esta parte, la fiebre por el subgénero del biopic ha cambiado mucho esta tendencia. Son muchas las interpretaciones premiadas en las que el personaje era casi más famoso de inicio que el actor que le prestaba rostro.

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La lista apabulla: Cate Blanchett (Katharine Hepburn, El Aviador), Gary Oldman (Winston Churchill, El instante más oscuro), Eddie Redmayne (Stephen Hawking, La teoría del todo), Daniel Day-Lewis (Abraham Lincoln, Lincoln), Colin Firth (Jorge VI, El discurso del rey), Meryl Streep (Margaret Thatcher, La dama de hierro), Sean Penn (Harvey Milk, Mi nombre es Harvey Milk), Forest Whitaker (Idi Amin, El último rey de Escocia), Marion Cotillard (Édith Piaf, La vida en rosa), Helen Mirren (Isabel II, The Queen), Phillip Seymour Hoffman (Truman Capote, Capote), Reese Witherspoon (June Carter, Walk the line) o Jamie Foxx (Ray Charles, Ray), solo en este período de tiempo.

Personajes desconocidos por el gran público

Existen otros ejemplos, pero corresponden a personajes generalmente desconocidos por el gran público: Allison Janney (LaVona Golden, Yo Tonya), Alicia Vikander (Gerda Wagener, La chica danesa), Melissa Leo (Alice Ward, The Fighter), Christian Bale (Dicky Eklund, The Fighter) o Sandra Bullock (Leigh Anne Tuohy, The blind side).

Hay una infinidad de matices. Ya hubo interpretaciones de este tipo premiadas en el pasado, como la de Ben Kingsley en Gandhi o la de Robert De Niro haciendo de Jake LaMotta en Toro Salvaje. Incluso algunos de los premiados en la época de las minusvalías también eran personajes reales –Mi pie izquierdo– pero, de nuevo, el actor contaba con la ventaja de no ser conocido por el gran público.

Tampoco es lo mismo incorporar a Lincoln o a Van Gogh, perfiles de indudable importancia histórica, pero de los que no constan imágenes en movimiento ni registros sonoros, que tener que meterse en la piel de una Margaret Thatcher de la que buena parte de la audiencia recuerda desde sus andares hasta su timbre de voz.

¿Qué es una buena interpretación?

Pero no puede dejar de observarse esta tendencia con una cierta preocupación. ¿Qué hemos pasado a considerar una buena interpretación? ¿Aquella en la que el actor tiene que realizar un trabajo de imitación de un modelo preexistente? ¿Qué margen tiene el intérprete para realizar una verdadera creación? Meryl Streep es el epítome de esta nueva situación. Su último Óscar fue gracias a la citada Thatcher. La actriz ha conseguido un gran prestigio gracias a su portentosa capacidad para imitar acentos.

En los últimos años, le ha tocado hacer de Julia Child (Julie & Julia) o de Katharine Graham (Los archivos del Pentágono), dos trabajos por los que resultó finalista al premio. Quién esto firma siente predilección por esta actriz cuando se sale del carril e interpreta, ¡oh, sorpresa!, a mujeres corrientes.

Las mejoras en el campo de la caracterización permiten que hoy día cualquier persona pueda parecerse a cualquier otra. El mismo Gary Oldman al que conocimos haciendo de Sid Vicious en 1986 resulta verosímil en la piel de Winston Churchill en 2017. El público y la Academia se quedan boquiabiertos ante esta clase de trabajos. Otros, ahora en minoría, seguiremos admirando a Jack Lemmon o a Gene Hackman, aquellos actores que, por conocidos que fueran, conseguían hacernos creer que, aunque en San Francisco o Nueva York, eran nuestro vecino de al lado.

Imagen de portada: Fotograma de Rain Man, película interpretada por Dustin Hoffman y Tom Cruise | United Artists

Escrito por

Periodista. Jefe de redacción en Non Stop People. Ha trabajado en Intermedios de la Comunicación, Onda Cero, Popular TV, esRadio y 13TV.

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