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Aniversario del nacimiento de Larra . El autor que abanderó la aristocracia del talento

Se cumplen 198 años del nacimiento de Mariano José de Larra, adalid de la aristocracia del talento como dirigente de la sociedad. Así nació el Larra mordaz con la pereza, la impuntualidad, la mala educación, la nula instrucción, la ignorancia atrevida, el querer hacer y figurar sin saber, sin aprender, sin esforzarse ni estudiar.

Fígaro no habría existido sin un padre partidario de Napoleón, colaborador como médico de las tropas del rey José y exiliado en 1813: no habría experimentado los refinamientos de la cultura gala ni habría asistido a un colegio francés hasta los nueve años, de modo que quizás no habría podido detectar con la misma precisión los errores de traducción de sus coetáneos ni las muchas diferencias entre las costumbres españolas y las transpirenaicas. Tampoco habría habido Pobrecito Hablador sin su ansia de conocimiento, sin sus largos días de lectura, sus sisas al sueño, sin sus continuas renuncias a los esparcimientos propios de su edad… sin el cultivo de un carácter reflexivo y sin algún decisivo desengaño emocional.

Tampoco habría habido Pobrecito Hablador sin su ansia de conocimiento, sin sus largos días de lectura, sus sisas al sueño, sin sus continuas renuncias a los esparcimientos propios de su edad…

Así surgió el Larra adalid de la aristocracia del talento como dirigente de la sociedad, por más excelsa que ninguna otra; así nació el Larra mordaz con la pereza, la impuntualidad, la mala educación, la nula instrucción, la ignorancia atrevida, el querer hacer y figurar sin saber, sin aprender, sin esforzarse ni estudiar. Así se formó el Larra europeo, el contrario a los hábitos generalizados en España y a sus atavíos tradicionales, como los vestidos de maja, que “se suelen dejar lo mejor en descubierto” o “como los peines altos, que solo sirven para que se vea venir desde lejos a quien los usa, y para dar una elevación ridícula a la persona”: él mismo, que se retrató peinado y vestido de figurín francés, quién sabe si modelo o imitador de los del Correo de las Damas, donde dejó reseñas teatrales y rehiletes chistosos. Y si desde La Abeja, entre otros su propio amigo Bretón de los Herreros, lo tachaban por eso de antipatriota, él les devolvía el dicterio llamando “moda antinacional, como los sombreros de señora” a los “artículos ministeriales” de aquel periódico, o columnas de opinión, diríamos hoy, favorables a los que gobernaban con María Cristina, artículos que se vendían baratos, añadía usando un cliché en su doble sentido literal y figurado, porque la gente de gusto no los gastaba.

Y si desde La Abeja, entre otros su propio amigo Bretón de los Herreros, lo tachaban por eso de antipatriota, él les devolvía el dicterio llamando “moda antinacional, como los sombreros de señora” a los “artículos ministeriales”

Larra, el de las imágenes poderosas: su identificación de España con un monasterio carmelita apartado del mundo, el de las Batuecas; su interpretación de la historia nacional como una tela a modo del sudario que tejía y destejía Penélope en la Odisea; su percepción de la sociedad como un gran carnaval, como una farsa, de sus gentes como disfrazadas y enmascaradas; su clasificación de la humanidad en los hombres sólidos incapaces de pensar, los líquidos acomodaticios de la clase media, los gaseosos que se elevan, “hombres globo”, a la política.

Larra, el defensor de Moratín, el formado en el neoclasicismo, el que empleó tantas veces el género epistolar, tan cultivado en aquella corriente y, sin embargo, escritor romántico modélico, reconocido pronto como nuevo clásico, con lo que demostró la necesidad de disciplinarse y conocer a fondo las normas si se aspira a superarlas y llegar a lo genial: a convertirse en Larra el caricaturista, el descalificador de los carlistas, capaz de despersonificarlos y clasificarlos como a hongos que participaban de las cualidades de diferentes plantas, pues para algo habrían de servirle los libros con que su padre había querido encauzarlo hacia las Ciencias; Larra el hiperbólico y el sintético, que ironizaba sobre la vida y las circunstancias de su tiempo en sus críticas de estrenos teatrales y así ahorraba en frases y las enriquecía, por cargarlas de dobles y triples sentidos, en continuos paralelismos; Larra el de las paradojas y los retruécanos, el de las paronomasias y las polisemias, el que desautomatizaba las frases hechas, el de las enumeraciones de metáforas, el que acumulaba recursos retóricos en cada párrafo y en cada frase.

Larra, el defensor de Moratín, el formado en el neoclasicismo, el que empleó tantas veces el género epistolar, tan cultivado en aquella corriente y, sin embargo, escritor romántico modélico, reconocido pronto como nuevo clásico

Aquel fue el Larra que se malquistó con políticos y actores hasta llegar a un desafío con uno de ellos, Agustín Azcona; el que defendía su posición atribuyendo independencia de criterio, especial perspicacia y generosidad a los escritores satíricos, porque proclamando verdades poco halagüeñas se ganaban enemigos y se condenaban a sí mismos al aislamiento. Él, que había preferido de niño la compañía de los autores muertos, compañía que otros entienden como soledad, había asimilado de ellos criterios y razonamientos, pero escasos recursos para ganar amigos entre las gentes comunes y mediocres, de abrumadora abundancia para vivir tranquilo.

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Él, que reflexionaba sobre los porqués de las conductas y sobre los fundamentos de las instituciones, recreó a Macías el enamorado -trovador con composiciones recogidas en el Cancionero de Baena-, le prestó atrevimiento para salirse de los límites y convenciones del siglo xv y proclamar ante su señor la primacía de sus deberes amorosos frente a los de vasallaje e incluso para procurar convencer a su amada de lo inaceptable del matrimonio de esta con Fernán Pérez, rato y no consumado, por haberse casado engañada y en un arrebato de ira, en un tiempo en que muy difícilmente hubiera prosperado una ratificación de nulidad: “Rompe, aniquila, / esos que contrajiste, horribles lazos. / Los amantes son solo los esposos. / Su lazo es el amor, ¿cuál hay más santo? / Su templo, el universo”. También él se había casado “pronto y mal”.

Larra el apasionado, el esperanzado al lograr con el partido moderado un puesto de diputado del que nunca tomaría posesión y el desalentado con los sucesos de La Granja que lo impidieron, se volvió impaciente, se negó su tiempo, se lo acortó.

Escrito por

Profesora titular de Literatura Contemporánea en la USP CEU es autora de varios libros y artículos entre los que se incluyen "Larra, Bretón de los Herreros y otros escritores anticarlistas" (Calima, 2005) Ha participado en el libro de "Historia y antología de la crítica teatral en España" publicado por el Centro Dramático Nacional.

Ultimo comentario
  • enhorabuena por el artículo, es un lujo. se ve Erudición de verdad sin postureos ni afectación. y qué a propósito para estos tiempo en que estamos habrían resultado esos contenidos “la impuntualidad, la mala educación, la nula instrucción, la ignorancia atrevida, el querer hacer y figurar sin saber, sin aprender, sin esforzarse ni estudiar”, parece que ni traído a propósito. o esos “hombres globo” de nuestra política

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