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El mundo de Giorgio de Chirico . Potencia inquietante en un universo metafísico

CaixaForum organiza en Barcelona una gran muestra para desarrollar la obra de Giorgio de Chirico. Su pintura metafísica gira en torno a tensiones eternas de la humanidad, como la que se da entre lo apolíneo y lo dionisíaco. 

FICHA TÉCNICA

El mundo de Giorgio de Chirico. Sueño o realidad

CaixaForum Barcelona

Av. de Francesc Ferrer i Guàrdia 6-8, Barcelona

Hasta el 22 de octubre de 2017

De 10:00 a 20:00 horas, todos los días. Los miércoles de julio y agosto, de 10:00 a 23:00 horas

Entrada general: 4€

Sitio web

Uno de los caminos claros que ha tomado el CaixaForum en Barcelona es el de ayudarnos a entender el arte contemporáneo. Para ello, ha ido organizando exposiciones que identifican vetas neurálgicas de la estética pictórica de nuestros días. Es con esta misma finalidad con  la que se habían hecho ya retrospectivas sobre figuras clave como Delacroix, Pissarro o, más recientemente, la muestra colectiva Impresionistas y modernos. Obras maestras de la Phillips Collection.

En esta ocasión, le ha tocado el turno a Giorgio de Chirico (Volos, Grecia, 1888–Roma, 1978), quizás -como dice el catálogo de la exposición- el pintor italiano más significativo del siglo XX. Sus obras impregnan nuestro inconsciente colectivo, a través de símbolos diseminados aquí y allá en nuestro ecosistema cultural y mediático, de tal modo que, como en el caso de Andy Warhol, Roy Lichtenstein o de Edward Hooper, sin conocer a este inquietante artista y a su obra, uno puede experimentar, ante sus cuadros, la potente y placentera sensación del reconocimiento.

De Chirico está disuelto ya en la cultura pop. Su pintura metafísica, tan pretendidamente transgresora, tan precursora de los movimientos vanguardistas, tan atractiva para genios como el mismísimo Picasso o el poeta Mallarmé, es ya un souvenir en la galería de las mercancías posmodernas, lo cual no le quita vigencia, sino que carga de estupor el hecho de que hoy se presenten museísticamente 142 de sus obras y, desde las paredes, sigan haciendo vibrar el interior del diletante y del aficionado a descifrar la historia del arte.

La colección heterogénea de piezas gira en torno al título El mundo de Giorgio de Chirico. Sueño o realidad y ha sido organizada por la Obra Social ”la Caixa”, en colaboración con la Fondazione Giorgio e Isa de Chirico. En una sola sala, se congregan óleos, dibujos, litografías y esculturas, datadas entre 1913 y 1976, que repasan sus distintas fases creativas -que, desde que pintó en 1910 su primer cuadro metafísico en Florencia, El enigma de una tarde de otoño, no han sido pocos-, con estilos muy diversos en los que se pueden detectar las más variadas reminiscencias e intertextualidades. Vemos autorretratos que disparan el pensamiento hasta autores tan distintos como Lucien Freud o Velázquez; retratos de mujeres que resuenan a Delacroix, Renoir o incluso a la cartelería de Toulouse-Lautrec; obsesiones pictóricas ubicuas como la carencia de rostro, tan magritteana, de sus maniquíes.

La competición en la antigua Grecia

La potencia de los cuadros de Chirico es indiscutible. Su obra es inquietante hasta niveles inenarrables. La melancolía, como se ha dicho, es uno de los grandes motivos de sus pinturas, especialmente en esos espacios silenciosos arrebatados por haces de luz, sombras y transgresiones de la perspectiva renacentista que generan la sensación de la infinita ausencia, de la eterna indiferencia del mundo. Algo que, según el autor decía, había aprendido, o mejor, sentido, leyendo las obras de Nietzsche, poco después de la muerte de su padre, en Munich. El mismo artista lo reconoce en sus escritos, hablando de una de las recurrencias en su obra, la Plaza de Italia, donde afirma que con ella quería “expresar ese sentimiento tan fuerte y misterioso que había descubierto en los libros de Nietzsche”.

Sin embargo, el filósofo de martillo articula mucho más de lo que parece las telas e ideaciones del pintor italiano. Obras como el Así habló Zaratustra o La voluntad de poder se revelan como fuentes de muchas de las insistencias rastreables en sus cuadros. Conceptos filosóficos de la tradición nietzscheana e incluso posnietzscheana palpitan en sus desconcertantes composiciones. El gusto por el antifaz, el maniquí, el disfraz, los escenarios teatrales, parecen estar vinculados a la genealogía del sujeto promovida por filósofo alemán, a aquella su nueva etimología de la palabra persona (prosopon) entendida como máscara, como construcción cultural originada por infinitas e inadvertidas líneas de impacto o de relaciones de poder.

En este sentido, los interiores metafísicos con perspectiva acelerada que podemos apreciar en la exposición se convierten, en una reformulación vanguardista de Van Gogh, en habitaciones subjetivas, en las que podemos apreciar el contraste entre la trastienda de la mente, ejemplificada sin descanso en numerosas e incongruentes variaciones de composiciones/trastero centrales. Las ventanas abren relaciones con el exterior, sea este las ruinas de la civilización griega, la ciudad neoyorquina, la naturaleza o la anticipación posmoderna de los juegos metaficticios del cuadro dentro del cuadro o de los soles pictóricos que roban su luz amarilla a soles naturales negros, disecados y carbonizados, todo ello con la intención de lanzar al espectador hacia pensamientos acerca de la condición de artefacto intencional de toda obra de arte.

Pese a la potencia y rotundidad de las obras, que pierden frescura y novedad a medida que se alejan de las intuiciones iniciales que le dieron la fama, en las que se apreciaban tanto el color como la luz de una innegable nueva aurora, el clima que estas generan es nítidamente antihumanista y marcadamente pesimista. La insistencia de las chimeneas; los ferrocarriles exhalando humo; los espacios deshumanizados en los que parece que todo lo apisona la ubérrima luz; la carencia de rostro de figuras como Los arqueólogos, tanto en su versión pictórica como en su escultura. Todo parece confabulado para emitir una mala noticia acerca de lo que somos. Algo que, paradójicamente, resulta bastante antimetafísico, al alimón de afirmaciones como las de Foucault en Las palabras y las cosas, según las cuales “el hombre es un invento reciente”, esto es, más originado por una episteme y un poder muy localizables espaciotemporalmente que por la preexistencia de una esencia precisa y determinable.

Al finalizar, de Chirico se nos antoja un pintor técnicamente bueno, tal y como se puede comprobar en el extraordinario paisaje veneciano de la Isla de San Jorge, presentado hacia el final del recorrido de la colección. También es innegable su inicial capacidad de innovación vanguardista. Pero, cumplida la visita, lo vemos sobre todo como un divulgador lúdico y gráfico del pensamiento de la sospecha, según el cual lo humano debe ser explicado por instancias menos dignas que las que el humanismo solía. Y de esto último surge toda la idiosincrasia de su obra, que evoluciona en círculo, a través de irónicas y sucesivas vueltas de tuerca, a polaridades reconocibles entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre el onírico inconsciente y la pesadez de la civilización, y entre el principio de realidad y el principio de placer. O sea, que merece la pena el paseo.

Imagen de portada: Giorgio de Chirico, Plaza italiana con fuente, Fondazione Giorgio e Isa de Chirico | Giorgio de Chirico, VEGAP, Barcelona, 2017
Escrito por

Periodista especializado en cine, televisión, literatura y cultura pop en general. También es escritor y profesor universitario.

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