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El sacrificio último de Iván Fandiño . La gloria de los valientes capaces de exponer su vida

En esta sociedad de homo deus que tanto teme a la muerte y que ya piensa en una inmortalidad a base de chips, la fiesta de los toros cada vez está peor vista. Y puede que sea así porque en el albero la tragedia última se hace presente y la postrera sombra que se pretende evitar adquiere la forma de bestia zaína.

A Iván Fandiño lo ha matado un toro en Aire Sur L’Adour. La frase nos puede parecer de otro tiempo, de aquellos años en los que los toreros eran vistos como héroes de la mitología a los que dedicar versos y pinturas. Sin embargo, su crudeza es real y el diestro de Orduña ha entregado su vida en el albero como sacrifico supremo a un arte que lleva hasta el extremo el sentido trascendental de la Belleza, puesto que es en la muerte, tras combate singular, donde encuentra su sentido.

Tenía Iván Fandiño ese aire asceta de los toreros clásicos. Serio, los aficionados lo recordarán silencioso y prácticamente escondido junto a los muros del patio de cuadrillas de la plaza de toros de Las Ventas. Luchó el vasco por la libertad dentro de ese complicado mundo de empresarios, apoderados e intereses que es hoy la tauromaquia. Quiso reventar el escalafón taurino y no dudó ante ningún toro ni ante ningún intento por llevarlo al redil de la comodidad.

Aunaba en su carácter la educación mezclada con un puntito de chulería y altivez que tan necesarias son en alguien que se juega la vida cada tarde y que no admite que su profesión sea tomada a la ligera. No dudaba en reconocer que quería ser primera figura y que lo demostraría siempre que tuviera la más mínima oportunidad.

Torero vasco, torero de Madrid

Madrid y Bilbao serán para siempre sus plazas. La capital vivió el nacimiento de un duelo que se prolongó durante toda una temporada después del mano a mano que Iván Fandiño y David Mora protagonizaron en la Feria de Otoño de 2011. La oreja que arrancó aquel día el hoy llorado maestro fue solo el prólogo de una bonita relación con la complicada afición madrileña.

El 13 de mayo de 2014 las puertas de la gloria terrenal se abrieron para él cuando consiguió salir a hombros del coso de la calle Alcalá. Al segundo de la tarde lo mató Iván Fandiño prescindiendo de la muleta. Él, su pecho descubierto y el acero en la diestra. Matar o morir, el encuentro supremo y definitivo que todo torero asume y reconoce. “Los cobardes mueren mil veces, los valientes solo una”, decía el matador recordando a William Shakespeare.

Aquel día fueron las mieles y apenas un año después las hieles de una encerrona en Domingo de Ramos que levantó tanta expectación como posteriores críticas tras una mala tarde que muchos estaban esperando. La libertad y la independencia tienen un riesgo y el precio a pagar fue demasiado alto dentro de un sistema en el que no se le reconocía como “uno de los nuestros”.

Hablaba Iván Fandiño de la muerte sin miedo y reconocía sin temor dónde encuentra la gloria un torero. No hace ni un año que otro joven pagó el más alto tributo que exige el toro. Víctor Barrio era mortalmente herido en Teruel. Meses después, el de Orduña dedicaba un sentido brindis al padre del madrileño en el que apenas unas palabras resumen la esencia mística de este arte.

La gloria ha llegado también para él. “Me estoy muriendo”, le advertía a su compañero de terna Thomas Duffau mientras lo trasladaban a la enfermería de la plaza. En Mont de Marsan apenas pudieron certificar su muerte y teñir de luto los corazones de todos los aficionados al mundo del toro y, en general, de todos aquellos que admiren el romanticismo que encierra la figura de un hombre que ofrece su cuerpo, su vida, por la conquista de un sueño.

Vidas marcadas por el odio

Si hablábamos antes de héroes mitológicos, continuaremos la analogía para recordar cómo Homero relataba en su Iliada las batallas que se formaban en torno a los cadáveres de los soldados caídos en los que se luchaba por evitar que el enemigo despojará al guerrero de su armadura, ya mortaja. Desgraciadamente, con la sangre de Iván Fandiño aún caliente sobre el albero francés, las redes sociales vuelven a ser testigos de la muestra de cobardía más grave que se puede protagonizar, la de aquellos que celebran y se burlan de la muerte del torero.

Escondidos en el anonimato y con todo el sadismo que se es capaz de verter sobre quien ya no puede responder a la ofensa, la bajeza humana se hace presente. Más, al margen de las acciones legales que la Policía puede y debe llevar a cabo, este tipo de personas ya cargan sobre sus espaldas el peso de una vida marcada por el odio profundo hacia otro ser humano, un sentimiento triste y oscuro que hace nadar en un pozo de rencor y rechinar de dientes constante que convierte la vida en infierno permanente.

Hacia la eternidad

Escribía el nobel de Literatura Ernest Hemingway que “el arte de los toros es un arte ligado a la muerte, y la muerte lo barre todo. Pero no se pierde nunca, me diréis, ya que, en todas las artes, los progresos y descubrimientos lógicos son recogidos por alguno de los sucesores, de modo que nada se pierde en realidad, si no es el hombre”.

El torero que se convirtió en leyenda

Iván Fandiño ha abierto las puertas de la memoria eterna al encontrar el destino final frente al astado. El mundo del toro vuelve a recordar a esta sociedad víctima de los excesos de comodidad el precio último que tiene la gloria.

El nombre del maestro de Orduña no se borrará en el tiempo y servirá de ejemplo para todos aquellos que aún sueñan con alcanzar grandes metas en la vida con la fuerza del valor, el coraje y la entrega sin reservas. Un toro ha matado a Iván Fandiño. Un toro ha hecho eterno a Iván Fandiño.

Imagen de portada: El torero Iván Fandiño durante la corrida del Domingo de Resurrección el 27 de marzo de 2016 en Madrid | Agencia EFE
Escrito por

Graduado en Periodismo y Humanidades. Redactor de El Debate de Hoy. @pablo_casado

Ultimo comentario
  • “Un toro ha hecho eterno a iván fandiño” gran frase y gran entrada, enhorabuena pablo casado

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