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“Merlí” . Una imperfecta esperanza para la Filosofía en la generación de los ‘millennials’

La serie Merlí se acerca al mundo de la Filosofía, a través de los métodos de un profesor de instituto. Ideas que han marcado la historia del pensamiento que se entremezclan, no siempre acertadamente, con el día a día de los alumnos.

La Filosofía ha caído en desgracia. El número de matriculados en las facultades de toda España lo atestigua. La asignatura ha dejado de ser obligatoria en segundo de Bachillerato y en la EvAU (Evaluación para el acceso a la Universidad) por lo que cada año se gradúan nuevos alumnos que no saben quién es Descartes y con alarde de ignorancia se debaten entre la carcajada y el síncope al escuchar la locución Cogito ergo sum. El eslogan de la facultad compostelana de Filosofía, “pienso luego estorbo”, va cobrando sentido, mientras que los héroes que aún apuestan por las carreras de humanidades contemplan resignados el desprestigio de su vocación. Ante este panorama, como una feliz paradoja, va cobrando éxito Merlí.

Los ingredientes que poco a poco le van reportando fama a esta serie de la catalana TV3 -disponible ahora en Netflix- no brillan por su originalidad. Es en esencia una mezcla del romanticismo pubescente de El club de los poetas muertos (en clave filosófica) y una serie de adolescentes del tipo de Rebelde o Física o Química, pero sin llegar, gracias a Dios, a las cotas de vulgaridad y ramplonería de esta última.

Francesc Orella, uno de esos talentos exuberantes que se comen la pantalla con cada línea del guión, interpreta a Merlí Bergerón, un profesor con la elocuencia de Cicerón, la arrogancia de don Juan y el aspecto y la gestualidad de Il Duce. Cuando este filósofo entra en el Instituto Ángel Guimerá, sus lecciones empiezan a espolear a los jóvenes de intelecto aletargado -hoy llamados millennials-. Pronto el inconformismo, la rebeldía y un millar de preguntas sobre la sociedad, las relaciones humanas, la ética, o la realidad empiezan a inquietar a estos alumnos barceloneses que quedan bautizados desde el primer capítulo como “peripatéticos”.

Cada episodio de los 40 que forman las 3 temporadas lleva por título el nombre de un filósofo, desde Aristóteles hasta Slavoj Zizek, pasando por san Agustín, Schopenhauer o Hobbes. Lo insólito de la serie está en su capacidad de divulgar conceptos de filosofía de manera cercana, utilizando alguna de las ideas del filósofo en cuestión para encarar los conflictos entre alumnos, padres y profesores que surgen en el capítulo correspondiente. A modo de ejemplo, vale recordar el castigo que Merlí impone a cuatro de sus alumnos, obligándoles a permanecer todo el día en un aula – al estilo de El club de los cinco – frente a frente con una clásica duda de Leibniz: ¿Por qué el ser y no más bien la nada? Nadie que vea la serie debe esperar que los personajes encuentren respuesta a preguntas de esta índole, pero como si fueran perritos intentando andar sobre dos patas, aunque no lo hacen bien, resulta fascinante ver cómo se esfuerzan.

Lo mismo pasa con la ética aristotélica en el capítulo dedicado al filósofo estagirita. Los alumnos descubren cómo afrontar sus problemas gracias a las ideas sobre las virtudes éticas, aquellas que se encuentran en el punto medio entre dos extremos o vicios. Al final, las ideas de este filósofo contribuyen a perfeccionar su visión del mundo y les provee de herramientas para resolver sus conflictos y los grandes dramas de la adolescencia.

Como era de esperar, un producto televisivo de estas características no podía mantenerse incorrupto en todos sus episodios. En ocasiones, se presenta una ideología interesada como si fuese una filosofía comprometida con su propia búsqueda. Algo que, por otra parte, es un problema del mundo actual y no solo de esta serie. La ideología de género o los argumentos independentistas aparecen disimulados entre las bromas, los líos románticos, las disputas entre profesores y las lecciones.

El descender de las Humanidades . Apología de una carrera en peligro de extinción

La serie cuenta con muchas carencias, es cierto. No es un ejemplo útil para los profesores, ni un sustituto de los apuntes para los alumnos de filosofía, ni un modelo a seguir para los padres. Pero la virtud que la encumbra hace que merezca la pena darle una oportunidad y arriesgarse con un par de capítulos; Merlí es capaz de sembrar en quién la ve la curiosidad por leer a alguno de los autores que se nombran, y eso, hoy en día, es un logro de valor incalculable. Conseguir, en un momento en el que la Filosofía está de capa caída, que un adolescente sienta interés por hojear el Leviatan o descargarse de internet las Meditaciones metafísicas, es un inmenso logro y una pequeña esperanza para las humanidades y el pensamiento.

Imagen de portada: Fotograma de la serie Merlí | TV3, Netflix
Escrito por

Periodista especializado en cultura y crítica literaria. Graduado en Humanidades y Periodismo.

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