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“Los perros duros no bailan”. Una metáfora canina con la que Pérez-Reverte se humaniza

Arturo Pérez-Reverte invierte los papeles en Los perros duros no bailan. Los animales se humanizan y los hombres se animalizan en una novela en la que la violencia y el abandono se entrecruzan con la libertad y la lealtad. 

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) no necesita introducción. Personaje polémico y controvertido, no tiene pelos en la lengua y dirige su afilada pluma contra todo aquello que no le gusta, sea lo que sea. Por eso mismo, ciertos sectores, tanto de la derecha como de la izquierda, están siempre alerta para criticar aquello que haga o diga. Su presencia en redes sociales ayuda a ello también, ya que el escritor y académico no elude jamás entrar al trapo en cualquier discusión. Publica ahora Los perros duros no bailan, una novela policiaca protagonizada por un perro. Esta premisa, quizá un tanto extraña, no debe sorprender a cualquiera que siga la cuenta de Twitter del novelista, en la que dedica buena parte de sus publicaciones a intentar dar acogida a perros abandonados y a criticar duramente a quienes maltratan y abandonan a sus mascotas. Tanto es así que uno de sus últimos libros es Perros e hijos de perra, una recopilación de artículos acerca de estos animales.

Los perros duros no bailan

ARTURO PÉREZ-REVERTE | LOS PERROS DUROS NO BAILAN | ALFAGUARA | 2018 | 168 PÁGS. | 16,90 € | EBOOK: 8,99 €

Lo reconozco. Me gusta Pérez-Reverte. A pesar de que no comulgo con muchas de sus ideas, he leído gran parte de sus libros y los he disfrutado. Soy especialmente aficionado a las aventuras del capitán don Diego Alatriste y Tenorio, sus empeños y desempeños por las Españas del siglo XVII. Me encantan los duelos y las maldiciones del viejo soldado desencantado pero leal, las apariciones de Francisco de Quevedo y las situaciones que describe, y espero con ansia el momento en que el escritor anuncie que está preparando la nueva entrega. Me gustaron también otras novelas como El húsar, La sombra del águila, El club Dumas, Territorio comanche o El francotirador paciente. Otras no me gustaron demasiado, como Un día de cólera o Falcó. Pero, por lo general, el saldo sale positivo. Así que sí, me gusta Pérez-Reverte. Y me ha gustado Los perros duros no bailan. Sé que puede resultar un tanto problemático confesar algo así en los tiempos que corren, en los que la siempre alerta inquisición de la corrección política vela día y noche por que no se rompa la ortodoxia y que nadie se salga de la senda marcada.

Pero centrémonos en la novela. Los perros duros no bailan es una novela negra protagonizada por Negro, un perro “mestizo, cruce de mastín español y fila brasileño”, un viejo luchador curtido en las peleas de perros clandestinos que consiguió retirarse y llevar una vida tranquila como guardián de almacén. La trama arranca cuando Teo, el mejor amigo del protagonista, desaparece junto a otro perro, y Negro inicia una búsqueda que lo llevará a los escenarios de su pasado, a los turbios asuntos de las peleas en la arena. El protagonista, por tanto, encaja perfectamente en la categoría de personaje revertiano, héroes rotos y destrozados que, por circunstancias de la vida, deben volver una y otra vez a la lucha. “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”. Esta primera frase de El capitán Alatriste es la definición perfecta del héroe de sus novelas, y podría aplicarse perfectamente a Negro (con los cambios necesarios de “hombre” por “perro”).

Durante las (pocas) páginas de la novela, circula un mosaico de personajes curiosos, muchos de ellos entrañables, de múltiples razas, cada una de ellas con una caracterización precisa: una perra xoloitzcuintle mexicana narcotraficante (de nombre Tequila), implacable, fría y cruel, a la que Los chuchos del Norte han compuesto un perrocorrido; la boyera de Flandes argentina Margot, que regenta el abrevadero, lugar de reunión y tertulia de los perros de la zona; el podenco filósofo y culto Agilulfo, que hasta cita en latín; el dóberman y los pastores belgas neonazis (los nombres de dos de ellos son Helmut y Degrelle); el teckel Mórtimer, simpatiquísimo y gracioso por su locura desmedida, que lo lleva a enfrentarse junto a Negro con los perros neonazis a los que odia y, tras la pelea, a partirse de risa, feliz por haber vencido… Pérez-Reverte siempre ha sido un escritor de personajes, y Los perros duros no bailan es un buen ejemplo de ello.

“Eva”, la segunda misión de Falcó . Un espía vacío que se entrega al sexo y a la muerte

Pero la novela es, claramente, una metáfora. No intenta en ningún caso describir fielmente la “psicología” canina, sino que traslada el mundo y el alma de los humanos al mundo de los perros. Los perros, así, se humanizan, al mismo tiempo que los humanos se animalizan. En efecto, aquí “el mejor amigo del hombre” parece serlo de forma injustificada. Los perros son leales, y esa es una de las características que más atraen a Pérez-Reverte, de forma puramente desinteresada y gratuita. Ya puede tener al mejor amo del mundo o a un canalla cruel que lo torture, el perro nunca lo va a traicionar. Sin embargo, se ven a menudo arrastrados a “un mundo siniestro, donde las reglas las establecían los humanos. Reglas crueles que violentaban la lógica. Que pecaban contra el código de la naturaleza”, en palabras de Negro (o del escritor, más bien).

El mundo de Los perros duros no bailan muestra una dualidad clara: los perros, idealizados, siguen un código moral firme basado en una inamovible escala de valores, mientras que los humanos que aparecen son seres crueles y malvados. Sin embargo, Negro reconoce también que no todos los humanos son malos, por supuesto: hay “seres dignos que nos dan educación, amor y felicidad, y seres miserables cuyas virtudes no están a la altura de un buen chucho, villanos que envilecen nuestra vida y nos llevan a la tristeza, el abandono, la soledad, el horror y la locura”. A pesar de este pequeño matiz, la visión maniquea de la dicotomía perro/humano es uno de los puntos débiles del libro.

Perros, lealtad y libertad

La novela contiene, además, un alegato firme en defensa de la libertad, de la necesidad de luchar para conseguirla y mantenerla, basado en el espíritu omnipresente de Espartaco, el gladiador rebelde que se echó al monte con un ejército de esclavos y desafió durante un tiempo a toda una potencia militar como era Roma, y que murió intentando conquistar su libertad. También cobra una relevancia fundamental otro valor: la lealtad, probablemente la característica más evidente de un perro, como ya se ha dicho. Negro es capaz de darlo todo por su amigo, de abandonar su cómoda vida y entrar al mismísimo infierno para encontrarlo. Y ese es, sin duda, uno de los mejores aspectos de la novela.

Los perros duros no bailan es una buena novela, muy ligera y entretenida, que combina el humor y la ironía con aspectos más serios y duros, como la amargura y la tristeza del perro abandonado o la violencia cruda de las peleas, una lectura breve que aporta alguna buena y bonita reflexión acerca de los perros, esos amigos de cuatro patas que tan a menudo sufren sin culpa las peores consecuencias de nuestros defectos. En definitiva, la novela canina de Pérez-Reverte es, al mismo tiempo, una de las más humanas.

Imagen de portada: Detalle de la portada de Los perros duros no bailan | Alfaguara
Escrito por

Graduado en Humanidades por la Universidad Carlos III. Crítico de Arte.

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