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“Patria” . La trivialización del mal en la literatura vasca

Exponer novelescamente el proceso que socializa la trivialización del mal es un modo de abordar literariamente un concepto que representa una situación inhumana. Lo que el novelista enseña en Patria es que sus personajes viven los crímenes de ETA como una costumbre irrelevante.

Fernando Aramburu | Patria | Tusquets Editores | Barcelona, 2016 | 648 pp | 22,90 € | ebook: 9,99 €

Fernando Aramburu | Patria | Tusquets Editores | Barcelona, 2016 | 648 pp | 22,90 € | ebook: 9,99 €

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) tiene la habilidad de introducir al lector en el clima de miedo y pesadilla que implantó el terrorismo etarra en Euskadi en sus años más crueles, efectos que se sintieron, y de modo bien palpable, en el resto de España. Lo hace centrándose en un pequeño pueblo en el que todos se conocen y en el que el odio, el pánico y la cobardía rompen tratos, amistades y hasta parentescos. El lector accede al desgarro personal y social ocasionado por el terrorismo gracias a la habilidad narrativa de Aramburu, que se vale del habla ordinaria y que mezcla diálogos, reflexiones, tiempos verbales y giros cotidianos para lograr un conjunto literario realista y efectivo.

El terrorista, por debajo de su falso barniz de héroe, no escapa a la condición de víctima. Víctima de la alucinación de una supuesta liberación de Euskadi asentada en fantasías, de la adusta clandestinidad y la huída angustiosa y, al final, de la cárcel interminable sin esperanza. El terrorista acaba teniendo una vida destrozada y de ello se da cuenta demasiado tarde. Pero la víctima formidable es el destinatario de las balas y de las bombas, que sufre la exclusión social antes de la liquidación física y la posterior iniquidad del desprestigio.

Aunque el comentario de Mario Vargas Llosa en El País a la novela Patria de Fernando Aramburu no tiene valor de descubrimiento, puede ayudar para que el lector descubra otros escritores vascos. Es el reconocimiento de lo ya patente, de la obviedad previamente conocida. Llega cuando la novela no necesita de su referencia más que para confirmar lo que sabemos.

El narrador no es solo testigo, es también protagonista anónimo de un proceso colectivo que habitúa a un pueblo a convivir con el terror a base de trivializar el mal que representa

Aunque alguien lo haya dicho, Patria no es una instrumentalización de lo literario (independientemente de que en ninguna parte esté escrito que, para ser literaria, la literatura no pueda ser medio para otro fin). Patria no es una acusación, ni tampoco una sentencia. Ni siquiera un diagnóstico o un ajuste de cuentas para expresar la irracionalidad de un entorno que suscribe la violencia como único remedio de preservar la conjunción de sentimientos que tan sutilmente el propio título de la novela evoca. En todo caso, sería expresión del ajuste del autor consigo mismo. Describiéndolo o imaginándolo a través de sus personajes, el narrador no es solo testigo, es también protagonista anónimo de un proceso colectivo que habitúa a un pueblo a convivir con el terror a base de trivializar el mal que representa.

El país en el que las víctimas eran culpables

Exponer novelescamente el proceso que socializa la trivialización del mal es un modo de abordar literariamente un concepto que representa una situación inhumana. Lo que el novelista enseña es que sus personajes viven los crímenes de ETA como una costumbre irrelevante. Ana Arendt utilizó la crónica del juicio al torturador nazi Eichmann para mostrar los pormenores de este proceso de acomodación colectiva que explica cómo el terror puede administrarse como si fuera una razonable receta médica. Arendt mostró cómo se puede despojar una conciencia de su condición humana, aceptando que las decisiones más crueles se asumen como pieza ritual de una tarea requerida por una organización. El mal adormece la conciencia y trivializa la maldad si la crueldad se presenta como acción para el cumplimiento de una misión mesiánica de una teoría política.

En Patria, cómo fue posible convivir con normalidad con la rutina del crimen, cómo el odio pudo llegar a ser un aderezo cotidiano de la vida en común

Por eso, Patria más que un modo de saldar las cuentas con un mundo circundante, es un modo de saldar las cuentas del autor consigo mismo. El novelista escribe creando personajes, distanciándose de ellos, objetivando a través de sus miradas lo que puede estar al alcance de quien no se resista a mirar. Podría haber adoptado otra forma de penetrar en el mal, de hacer visible la ponzoña. Ha elegido la novela para describir lo que la vista se niega a ver por patente que sea. Este es un modo de contar que recibimos de los griegos. La tragedia exhibe las pasiones, justificaciones y motivos de los distintos modos de vivir un ”conflicto” colectivo. En Patria, cómo fue posible convivir con normalidad con la rutina del crimen, cómo el odio pudo llegar a ser un aderezo cotidiano de la vida en común.

Cabe suponer que el novelista forma parte de ese tejido y que necesitó también aclararse a sí mismo a través de sus personajes, no para imputar a otros o para exigir una reparación a sus víctimas, sino para comprenderse como alguien que vivió una tragedia inmerso en ese ambiente. Se puede participar de distintas formas en la impiedad colectiva cuando la trivialización empapa la vida corriente. Formas de complicidad pasiva como el silencio, la hipocresía, la mirada esquiva o también la valentía para aceptar el papel que le asigna saberse objeto de la infamia, de la calumnia u otras armas requeridas para la socialización del terror.

La tragedia exhibe las pasiones, justificaciones y motivos de los distintos modos de vivir un ”conflicto” colectivo

Surgido de la pluma de Vargas Llosa, su comentario tiene un valor añadido. Abre la puerta para rescatar obras literarias de escritores vascos tan relevantes o más que la de Aramburu. Merodean por las librerías sin abrirse paso a la gran masa de lectores. Literatura que no ha llegado a conocimiento del escritor peruano pero tan dignas de su atención como la que comenta. Degustadas en ambientes minoritarios, el inesperado éxito de Patria puede servir de estímulo a los editores para divulgarlas. Literatura que, al igual que Patria, no necesita recurrir a la acusación para describir la impiedad de una sociedad que ha adormecido el alma, ni dictar una sentencia para condenar un ambiente colectivo.

Estoy pensando en obras como Martutene, de Ramón Saizarbitoria, o de relatos de Bernardo Atxaga, escritores bilingües de una calidad inestimable que se adelantaron a afrontar el tema del terrorismo. Martutene no tan directamente como lo hace Aramburu en su última novela. Como en la trama de urdida por Aramburu, en Martutene se cruza la vida de dos matrimonios. El hombre solo de Atxaga es un escalpelo introspectivo para llegar al fondo de la conciencia deshilachada de un terrorista. Recuerda el proceso de la conciencia interior seguido por uno de los protagonistas de la novela de Aramburu. Por cierto, otro de los personajes de Patria, remeda, a mi parecer, los inicios literarios de Bernardo Atxaga. Al crear en su juventud la revista Pott, optó por la literatura, cuando pudo seguir el itinerario de su protagonista víctima de sí mismo al adoptar la opción por el terror.

Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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