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Un “Manifiesto por la Historia” que yerra al pedir compromiso político en la investigación

La investigación histórica no pasa por su mejor momento. El Manifiesto por la Historia, que firman Guldi y Armitage, lo pone en evidencia, pero sugiere una solución más que discutible: convertir la Historia en activismo.

Cuentan que Kruschev no se fiaba de los historiadores. Los consideraba “peligrosos” porque eran “capaces de poner todo patas arriba” y recomendaba vigilarlos de cerca. ¿Qué pensaría el jerarca soviético si un libro sobre la disciplina de la Historia jugase con el título del libro tótem escrito por Marx y Engels? Porque eso es exactamente lo que han hecho Jo Guldi y David Armitage, profesores de las universidades de Brown y Harvard, respectivamente, en Manifiesto por la Historia (Alianza Editorial, 2016).

Manifiesto por la Historia

JO GULDI Y DAVID ARMITAGE | MANIFIESTO POR LA HISTORIA | ALIANZA EDITORIAL | 2016 | 296 PP | 11,20 €

La lectura de este libro, que arranca de forma similar al Manifiesto comunista (“Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del corto plazo”), provoca sentimientos contrarios, como lo que ocurre con los partidos surgidos en España tras el 15M: que pueden compartirse ciertos análisis o diagnósticos, pero difícilmente pueden asumirse las soluciones que plantean.

Como bien señalan Guldi y Armitage, la Historia ha perdido el protagonismo de antaño en mostrar los grandes procesos de la humanidad en favor de otras disciplinas, como la Antropología, Economía o Sociología, de las que ha importado, además, bastante metodología. A este hecho se ha sumado la exigencia del corto plazo que impera en una sociedad que no espera resultados más allá de la próxima cuenta de resultados. La universidad, en contra de lo que se suele afirmar, no  es ajena al resto del mundo ni vive una existencia paralela.

Debido a lo anterior, numerosos historiadores, profesionalizados hasta el extremo y muy celosos con todos aquellos que no cuentan con el beneplácito del gremio, han desertado de la Longue durée de Braudel y de la Magistra Vitae de Cicerón, es decir, de los grandes relatos y enseñanzas de la Historia, según los autores, para embarcarse en un frenesí de publicaciones sin fin sobre temas localistas, minúsculos, basados en metodologías cuantitativas exhaustivas (y que en ocasiones a nadie interesan), para cumplir con los requisitos necesarios que les permitan sobrevivir y prosperar en el difícil entramado universitario. “Publicar o morir” es el lema de muchos pasillos universitarios.

El marxismo en la cultura española

En este sentido, recuerdo lo que me confesó, con gran pesar, un eminente historiador español. Durante una de sus investigaciones en Italia, varios colegas transalpinos le preguntaron por qué era cada vez más difícil constituir grupos de investigación entre los dos países, como se hacía antaño. A su regreso, formuló esa pregunta en un pleno del departamento de su facultad y notó gran malestar entre los presentes, porque era evidente que preferían investigar o dirigir tesis de temas de fácil acceso, localistas y menos complejos, pero muy productivos a la hora de ponderar los ratios tiempo-coste-beneficio, en vez de iniciar largas aventuras de las que no obtendrían “rentabilidad” en el corto plazo. Toda una industrialización de los saberes, como advirtió Toynbee.

No es de extrañar, pues, que con estas reglas de juego las futuras generaciones estarán formadas por profesores que saben cada vez más sobre cada vez menos. Quizás por eso viejas glorias de nuestra querida universidad española han lamentado el paso a la reserva obligada (ley de vida) de aquella conspicua hornada de brillantes catedráticos de instituto, por oposición (de las de antes), que dieron el salto a las aulas universitarias y que, en opinión de no pocos, atesoraban un vasto conocimiento general de la disciplina en todas sus vertientes.

La solución no está en la politización

Volviendo al libro en cuestión, es de agradecer que Guldi y Armitage no solo se queden en el diagnóstico, sino que señalen caminos que pueden revertir la situación y lograr que la Historia vuelva a ocupar un papel determinante como ciencia humana crítica. Por desgracia, muchos de sus planteamientos suenan a cánticos de sirenas que ya hemos escuchado antes. En concreto, cuando piden un mayor compromiso público de los intelectuales, algo muy notable si no fuera porque a veces puede entenderse que lo que reclaman es más activismo político, como denunció en su día Julien Benda en su libro La traición de los intelectuales. O John Vincent en su Introducción a la Historia para gente inteligente.

Guldi y Armitage defienden una historia global, una vuelta a la Longue durée, para vencer las historias nacionales y acabar con “el descontento global contemporáneo”. Porque después del fracaso de las historias sociales o económicas, que ellos mismos reconocen, hay que encontrar nuevos paradigmas que sirvan para combatir a los enemigos de siempre: el liberalismo y capitalismo.

Los mitos del antifascismo

Es entonces cuando repasan algunas corrientes históricas de los últimos tiempos y proponen nuevos campos de investigación, como la Historia Ambiental, de las Desigualdades, de los Sistemas de Gobierno, Minorías, etc. Según los autores, la Historia, heredera de la antigua Teología y Filosofía Política como Magistra Vitae, solo recuperará su esplendor de antaño si ayuda en la construcción de una nueva ética para las futuras generaciones.

¿Y esto es novedoso o simplemente un lavado de cara? Porque creo entender que la conclusión final que proponen es hacer del historiador un intelectual comprometido con el “ideal de supresión de todas las formas de explotación de hombre, de una sociedad igualitaria en la que se haya dominado toda coerción”, en palabras de Josep Fontana. Por eso terminan como empezaron, parafraseando a Marx y Engels: “¡Historiadores del mundo, uníos!” Kruschev puede descansar tranquilo.

Imagen de portada: Detalle de la portada de Manifiesto por la Historia | Alianza Editorial
Escrito por

Decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU Cardenal Herrera desde 2008. Doctor en Ciencias de la Información. Diplomado en Historia Militar por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado-UNED. Es miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles y del Foro para el Estudio de la Historia Militar de España. ​

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