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Kazuo Ishiguro . El psicólogo de sus personajes es el nuevo premio nobel de Literatura

La concesión del Premio Nobel de Literatura al novelista inglés de origen japonés Kazuo Ishiguro ha cogido por sorpresa a todo el mundo cultural. Ni siquiera él mismo se lo esperaba, según ha dicho. El autor se pregunta sobre qué ha podido influir en el fallo y su pertinencia y destaca cuáles son sus novelas más sobresalientes.

Parece que el Nobel de Literatura está últimamente concedido para alimentar la discordia entre la clase intelectual. Se está creando la tradición de comenzar el otoño sacándole fallos al fallo y, ya de paso, hablar de autores durante unos días. Si el premiado es periodista, muchos se congratularán porque por fin se integran otros géneros en el canon literario y otros lo criticarán por ser periodista; si es un músico, unos aclamarán los valores de la cultura popular y otros se enfadarán porque, sencillamente, es un músico. Ishiguro

Parecería que todas las partes estarían conformes con la concesión del premio a Kazuo Ishiguro, pero nuestro mundillo cultural no va a perder esta oportunidad de saltar a la palestra pública. Y hacen bien. Se ha escrito que es un fallo aburrido por ser un autor demasiado conocido y poco original por cinematográfico, poscolonial por escribir en inglés y no serlo, y patriarcal por tratarse de un hombre; también se ha cuestionado su calidad como autor, siempre comparado con otros que, a juicio del comentador, se merecen más el premio.

Para ponernos de acuerdo, tendríamos que dilucidar el objetivo del Nobel. Todos parecemos estar de acuerdo con que se trata de galardonar a los mejores creadores literarios por su excelente trayectoria (Kipling fue el más joven, con 45 años, y la edad media está en los 65). Sin negar lo anterior, también se dice que debería servir para dar a conocer a los olvidados por el mainstream: mujeres y hombres pertenecientes a países de menor orden económico o cultural. Lo que muchas veces no se menciona es que en demasiados casos es un premio sospechosamente apegado a la realidad temporal. Y ya se sabe que lo temporal es, por definición, caduco. Ni Winston Churchill ni Bertrand Russell van a entrar en ningún manual de Literatura Universal, del mismo modo que de Echegaray solo conocemos el enfado que su premio produjo entre los miembros de la generación del 98. El premio concedido a Aleixandre en el 77 está dotado, sin quitarle mérito al poeta, de todas las sospechas políticas del mundo. Con estas ideas sobrevolando nuestro cerebro, se nos ocurre que el premio a Ishiguro podría tener una intención más allá de la estrictamente literaria.

Sus dos libros mejores y más conocidos, Los restos del día y Nunca me abandones, además de todo lo que ya se ha escrito sobre la calidad de su estilo y su sobresaliente capacidad para penetrar con delicadeza y precisión en la psicología de los personajes, tienen un elemento común que, se me ocurre, podría estar en la motivación de los señores académicos suecos.

Los dos libros no pueden tratar de asuntos aparentemente más dispares: una novela histórica sobre el nazismo y una distopía sobre la clonación humana. El autor denuncia dos situaciones (localizadas en un futuro cercano y en un pasado igualmente próximo) que tienen en común la degradación del ser humano, su uso como combustible para mantener en funcionamiento la maquinaria del progreso social o tecnológico. Ambos temas han sido tratados por la literatura, pero Ishiguro se desmarca de los habituales tonos beligerantes o trágicos para mostrar una realidad demasiado cercana, el mayordomo fiel a su señor pese a sus ideas y los adolescentes clonados que descubren el amor.

Vivimos un tiempo convulso y extraño en el que las clases más altas son las primeras interesadas en romper el statu quo para dar alas a un progreso tecnológico que ven ilimitado. Desde los terribles años treinta no ha habido tanta confianza en el futuro y, por eso, me parecen acertadas las dos novelas del flamante nobel. En sus propias palabras, los académicos suecos han premiado a un autor capaz de desvelar “el abismo bajo nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo”: bajo la sensación general de optimismo, de confianza en el progreso, bajo el ansia de transformación hacia un mundo mejor, no se esconde un volcán a punto de estallar, sino un lago de aguas oscuras, muertas y heladas.

La distopía es el género de nuestro tiempo (son incontables las series y películas con esta temática, desde Black Mirror hasta el recentísimo Blade Runner 2049) y es un género que maduró bajo la sombra de los totalitarismos de los años treinta. Mayor coincidencia con las novelas de Ishiguro no se puede encontrar.

Estaba claro que este año la cosa iba de futuros disruptivos. Los autores de los que más se hablaba eran el sempiterno aspirante Haruki Murakami, un maestro de la ficción especulativa cuya más ambiciosa novela se titula 1Q84, en evidente homenaje a Orwell, y la canadiense Margaret Atwood, cuyas obras más conocidas también son distopías: Oryx y Crake y la famosa gracias a la reciente serie televisiva El cuento de la criada. Algo tendrá el mundo en el que vivimos para que un género que sospecha del futuro esté tan arraigado.

Pero ya se sabe que el premio literario más grande siempre ha de ser discordante y, si no lo fuera, se fuerza el desencuentro para poder así escribir de literatura. Mi apuesta, por tanto, se alejaba de los excelentes autores que he mencionado. Hay un escritor que encabezaba la famosa casa de apuestas Landbrokes y cumplía lo que muchos desean para un premiado: keniata, de apellido impronunciable, que escribe en un idioma marginal (el gikuyu) y con compromiso político: Ngugi wa Thiong’o. Aunque esta propuesta pueda parecer fruto de una concesión a la galería bienpensante o de un esnobismo insoportable, realmente me parece un escritor que merece la pena conocer. En España apenas se puede encontrar El brujo del cuervo, una novela con muchos componentes del realismo mágico latinoamericano y la misma frescura, pero ubicada en una imaginada dictadura africana. La publicó Alfaguara hace casi diez años y pasó, como tantas obras, sin pena ni gloria. Tal vez sea una lástima que no haya ganado este año, pero se ve que este otoño lo teníamos distópico, así que ya le llegará su momento.

Foto de portada: Imagen de Kazuo Ishiguro | Jeff Cottenden | nobelprize.org
Escrito por

Doctor en Filología Hispánica por la UCM. Profesor Titular de Literatura en la USP CEU.

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