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“Fauda” en Netflix . Un “Homeland” sobre Oriente Medio más creíble y mejor construido

Se antojaba imposible retratar el caos de Oriente Medio sin despeñarse por los infinitos riesgos narrativos que presentaba, una amplia variedad de enfoques desde la equidistancia hasta el partidismo descarado. Fauda lo consigue. La serie de Lior Raz y Avi Issacharof es, sin duda, una de las más gratas sorpresas del catálogo actual de Netflix.

Pese a que Netflix la anuncia como serie original desde la incorporación a su catálogo, hace algo menos de un año, Fauda ya se había estrenado unos meses antes en Yes Oh. La cadena israelí fue, vaya por delante el reconocimiento, la primera en apostar sin miedo por una serie que coleccionaba motivos para intimidar a cualquier productor con dos dedos de frente; desde el tema controvertido, hasta el afán honesto por desnudar motivos, nobles y miserables, a uno y otro lado.

El resultado es una serie compleja, dura, intensa, adictiva y con invitaciones constantes a no acomodarse en convicciones éticas más asumidas que practicadas, a examinar el caso a caso, a descubrir que no hay piloto automático que nos guíe por el camino recto: basta bajar la vista un segundo para desviarse. La adicción puede achacarse a la duración, infrecuentemente corta para capítulos de drama –tan solo el piloto rebasa los académicos 40 minutos–, y a la indudable pericia en el arte del cliffhanger (al borde del abismo), especialmente una vez que echa a rodar el primer puñado de capítulos. Sin embargo, nada, ni siquiera esos finales en alto, se entendería sin el indudable magisterio de Lior Raz y Avi Issacharof, los dos cerebros detrás de Fauda.

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Que Raz e Issacharof concibieran la serie desde sus experiencias personales durante su servicio militar en el Sayeret Duvdevan, cuerpo de élite de las fuerzas especiales del Tzáhal israelí, explica el escalofriante verismo de unas situaciones con frecuencia aterradoras, precisamente por su indudable realismo. Raz presta su rostro, además, al protagonista de la ficción, Doron Kavillio, un reputado exoficial de las Fuerzas de Defensa de Israel que vive retirado junto a su familia sin otro afán vital que cultivar uvas y producir su propio vino. La noticia de que Abu Ahmad, uno de los cabecillas de Hamas a quien supuestamente había liquidado año y medio antes, logró sobrevivir y sigue dirigiendo acciones terroristas en la sombra lo devuelve a la primera línea del frente y pone patas arribas su vida personal: en especial, la relación con su mujer, que desde un principio se infiere deteriorada.

Esta constante mirada dividida entre lo geoestratégico y lo familiar es un manantial inagotable de conflictos ante los que resulta imposible no conmoverse. Las tensiones entre el sentido de responsabilidad hacia el bien común y la construcción de la familia son un invisible hilo que no solo hilvana las motivaciones de unos y otros, independientemente de su bando, sino que invita al espectador –o se le fuerza, según se mire– a adoptar una mirada crítica, a replantearse sus preconcepciones, a renovar votos con sus valores más íntimos y plantearse cómo los defendería ante situaciones tan extremas como las que viven los personajes de Fauda.

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El gran mérito de tan difícil faena narrativa es mantenerse sobre unos raíles de credibilidad que garantizan en todo momento la empatía del espectador; sí, pero también que el complejo retablo del conflicto de Oriente Medio completado por Issacharof y Raz no se deja seducir por los cantos de sirena de la equidistancia ni del maniqueísmo. De lo segundo cuesta pensar que nadie encuentre sospechosa a Fauda, aunque de lo primero sí podrán dudar los más impacientes, como quien aquí escribe.

Que la serie no se apresure a etiquetar inequívocamente a buenos y malos puede llevar al engaño de que se opta por la asepsia y ya se sabe que de ahí a la cobardía hay pocos pasos. No es así. Un visionado más paciente y prolongado confirma que la presentación de unos y otros como personas con sensibilidad e inquietudes es, en realidad, un artefacto narrativo mucho más persuasivo: todos tienen un algo que los hace humanos, pero unos se esfuerzan más que otros por mantenerlo –o, en su defecto, retornar a él cuando la mirada pierde el camino recto–.

La colección de tensísimos finales de capítulo, recién atravesado el ecuador de la primera y, hasta el momento, única temporada –coincidentes, además, con la travesía por el desierto (moral, legal y personal) del protagonista, es lo mejor, con mucho, de la serie– queda coronada con un retorno del héroe que es redentor, catártico… e inacabado. No hay fecha aún para la vuelta de Fauda, aunque su segunda temporada ya ha sido anunciada por Netflix y, a juzgar por las fechas de emisión de la primera entrega, no es descabellado pensar que a la segunda no le quedan ya muchas semanas para ver la luz. Que la serie continúe es, en cualquier caso, una gran noticia para quien ya haya caído atrapado en sus seductoras redes narrativas y será un estupendo regalo añadido para quien se decida a estrenarla este invierno.

Escrito por

Coordinador del Grado en Periodismo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la USP CEU. Imparte docencia en los Master de Guion de la Universidad Pontificia de Salamanca y de la Universidad Rey Juan Carlos.

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