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Escribir Eurovisión sin ñ . Disfrazarnos y renegar de nuestra esencia conduce al fracaso

Hace casi medio siglo que España no gana el festival de Eurovisión. Resulta difícil de entender que el representante de un país cuyo idioma es la segunda lengua materna más hablada del mundo cante en inglés.  Renunciar a nuestras raíces y disfrazarnos de lo que no somos conduce al fracaso.

Nada más lejos de mi intención que arrebatar a Manuela Carmena el monopolio de las ocurrencias dadaístas. Se lo ha ganado a pulso. Medidas como la de que los niños recojan las colillas por la calle, las cooperativas de madres para limpiar los colegios o los colillómetros (ceniceros públicos que pulsan la opinión ciudadana) solo pueden ser obra de una mente privilegiada.

Sin pretender llegar al nivel de la ilustre alcadesa de la Villa y Corte, el otro día tuve un sueño utópico, al más puro estilo Abraham Lincoln: que el representante de España en Eurovisión cante en español.

Hace unos días, el mareante PSOE -el que no sabe si va o viene- de Pedro Sánchez -el que se fue y volvió- hizo la misma propuesta. Sin que sirva de precedente, secundo con los ojos cerrados una iniciativa de esta formación. Pensaba que la de la ley antitabaco iba a ser la primera y única, pero me equivocaba.

Ya sabemos que ser colista en un certamen musical en el que, además, compiten televisiones -y no países-, no es un asunto de Estado. Problemas mayores no nos faltan. Lo realmente preocupante es lo que subyace en este fracaso.

La edición del gallo

Y es que todavía nos dura el sonrojo por el estrepitoso ridículo que hicimos en la última convocatoria del Eurofestival, celebrada el pasado mes de mayo en Kiev, Ucrania. Pasará a la posteridad como la edición del “gallo”. Y que conste que no me refiero al que soltó nuestro representante, Manel Navarro -que interpretó el tema “Do it for your lover”-, criticado y burlado hasta la saciedad. Lo digo porque ya saben que el amo de corral es el símbolo de Portugal, el país que se alzó con la victoria, de la mano de Salvador Sobral.

Poco necesitó nuestro vecino para triunfar: una puesta en escena sobria, una voz agradable y una sencilla composición musical (“Amar pelos dois”), eso sí, interpretada en portugués. ¿Cuál fue el secreto? Pues tan solo el hecho de que la canción lusa es fiel reflejo del espíritu de esa preciosa nación. Un espíritu austero, melancólico, casi decadente. Justo la misma sensación que nos invade cuando recorremos las empedradas calles de Lisboa u Oporto o cuando disfrutamos del triste quejido del fado.

Y fue precisamente el público de Portugal -que no el jurado profesional- el que nos dio los únicos 5 puntos que trajimos de recuerdo. Uno de los peores resultados de las 57 ocasiones en las que ha participado España.

La época dorada de España en Eurovisión

Corría 1968, cuando Massiel conquistó el primer puesto con su célebre “La, la, la”, compuesto por el Dúo Dinámico. Y ya entonces hubo sus más y sus menos con el idioma. El empeño de Joan Manuel Serrat por interpretar parte de la canción en catalán llevó a TVE a descartarlo como representante de España. Eran otros tiempos. Un año más tarde, el “Vivo cantando” de Salomé también alcanzó el puesto más alto en la clasificación, aunque compartido con otros tres países (Reino Unido, Francia y Países Bajos).

Desde entonces, ha llovido mucho. Año tras año, nos ha salvado el hecho de formar parte del llamado “Big Five”, junto a Alemania, Francia, Italia y Reino Unido, países que pasan directamente a la final, sin necesidad de medirse en las dos semifinales. Pero hace casi medio siglo que España no saborea el éxito en la competición televisiva más antigua, que ha cumplido 61 años de vida. Es lo que pasa cuando reniegas de tus raíces.

Disfrazarnos de lo que no somos

No ha sido la primera vez. Rosa López (“Europe’s living a celebration”, 2002) -que despertó al público de su letargo eurovisivo- cantó en una suerte de Spanglish, que, como todo híbrido, tiene poco de natural y mucho de aberración. Una nueva moda a la que más tarde se apuntarían también Soraya Arnelas (“La noche es para mí”, 2009) o Ruth Lorenzo (“Dancing in the rain”, 2014), mientras que Barei se decantaría por el inglés (“Say yay!”, 2016).

Y es que, de un tiempo a esta parte, hemos intentado parecer lo que no somos. Resulta difícil de entender que el representante de un país cuyo idioma es la segunda lengua materna más hablada del mundo (con casi 500 millones de hispanoparlantes, según el último informe del Instituto Cervantes) cante en inglés.

¿Dónde está nuestro error?… ¿Sin solución?

Es cierto que nuestro oído musical está muy acostumbrado al lenguaje de Shakespeare, que es el más universal, pero deberíamos reivindicar y difundir el español: el lenguaje de Cervantes. Dicen los expertos que el idioma, debido a su capacidad de unión, es uno de los principales instrumentos para la estabilidad de una sociedad. El nuestro, además, atesora una larga tradición. ¡Y qué poco valor le damos! Bastantes extranjerismos tenemos que soportar… y lo que nos queda.

Una nación cargada de complejos

Miro, con sana envidia, hacia aquellos países con hondo patriotismo, con sentimiento de unidad, con orgullo de pertenencia. España es una gran nación, pero cargada de complejos. Marcada por las ansias separatistas de algunos, por las vergonzantes pitadas a su himno de otros, por un aldeanismo mal entendido. Cuando Europa se une, nosotros queremos partirnos.

Es triste, pero parece que solo hay consenso cuando nuestra Selección de fútbol alcanza -¿o habría que decir “alcanzaba”?- algún triunfo. En ese momento, todos somos uno, inundamos las calles para festejarlo -como si no hubiera un mañana- y ondeamos esa bandera que el resto del año permanece escondida en un cajón porque, si alguien la exhibe, corre el riesgo de que lo llamen “facha”. Y es que a algunos, como a Unamuno, nos “duele España”.

El quijotesco anhelo de que la RAE reine y también gobierne

Es absurdo disfrazar de surfero a nuestro representante en Eurovisión, no estamos en la California de los Beach Boys. Nuestra estética es otra, nuestra idiosincrasia es otra, nuestra cultura es otra… y de enorme riqueza y diversidad, por cierto.

España ha sido siempre cuna de magníficos compositores y extraordinarias voces. En un país de ruiseñores, ¿tiene sentido que sea el gallo el que cante? A ver si en la próxima edición, que se celebrará en Lisboa del 8 al 12 de mayo de 2018, volvemos a escribir Eurovisión con “ñ”.

Sacudámonos los complejos, no hay nada de que avergonzarse. Intentémoslo, al menos. No tenemos nada que perder y mucho que ganar. Ya sabemos, por experiencia, que renunciar a nuestra esencia solo conduce al fracaso. A la vista está.

Tal vez, si consiguiéramos ser nosotros mismos, otro gallo nos cantaría.

Imagen de portada: Massiel, durante su actuación en el festival de Eurovisión de 1968, en el que TVE se alzó con el primer premio.
Escrito por

Licenciada en Derecho y diplomada en Ciencias Empresariales. Redactora de El Debate de Hoy.

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