Diario de análisis, reflexión y valores    

 

Luz de Europa detenida . Dibujos de Eugenio Lucas Velázquez

El Museo Lázaro Galdiano de Madrid acoge Eugenio Lucas Velázquez. Dibujos de viaje. Una exposición breve, íntima, dedicada al «diario artístico» de un pintor humanamente inquieto que, a diferencia de lo común entre sus contemporáneos, viajó incansablemente hasta el final de su vida.

FICHA TÉCNICA

Eugenio Lucas Velázquez. Dibujos de viaje

Museo Lázaro Galdiano.

C/ Serrano 122, Madrid

Hasta el 16 de julio de 2017

De martes a sábados, de 10:00 a 16:30 horas

Domingos hasta las 15:00 horas

Sitio web

Quieto, muy quieto. Sostenido en un pentagrama de lápiz, Eugenio traza finísimas líneas de grafito que a la siguiente luz se volverán acuarela. Vista de Niza, Vista de Mónaco, Una calle de San Remo. Embriagado de belleza, acaricia con suaves sombras de arquitectura las páginas de un cuaderno que a su regreso a España llevará consigo impreso un descubrimiento. Tardío, pero intuido, y esencial. Él, Eugenio Lucas Velázquez, gran pintor de oscura y terrestre herencia goyesca, costumbrista aferrado a su motivo, de pronto desnudo frente a tan limpias claridades de aire. Incapaz de huir, detenido ante ellas las captura entre sus lápices y pinceles rendido, maravillado.

De aquella silenciosa y mística conexión, acontecida entre 1868 y 1869, cobró vida una preciosa familia de dibujos que hoy el Museo Lázaro Galdiano de Madrid comparte en Eugenio Lucas Velázquez. Dibujos de viaje. Una exposición breve, íntima, dedicada al “diario artístico” de un pintor humanamente inquieto que, a diferencia de lo común entre sus contemporáneos, viajó incansablemente hasta el final de su vida. En la pequeña Sala 6 del museo rehacemos sus pasos con Carlos Sánchez Díez, comisario de la muestra y gran admirador de Eugenio: “Estos dibujos muestran a un artista experto y sereno que, seducido por los paisajes, arquitecturas y personajes que va descubriendo, los refleja ajustándose al natural con una técnica extraordinaria y un realismo refinado que le sitúan entre los más destacados dibujantes españoles de su tiempo”. No fue esa, sin embargo, su faceta más conocida. Eugenio Lucas Velázquez (1817–1870) inició su formación, como suele ser el método, bajo unas normas académicas de las que rápidamente huyó. El Museo del Prado se convirtió en refugio y escuela, donde contempló y copió a los grandes maestros. La huella que Goya dejó en él fue la más acusada y la que marcó sin duda su carrera.

Una carrera que interesó de forma especial a José Lázaro Galdiano: “No sólo coleccionó obras de Lucas y su hijo [el también pintor Eugenio Lucas Villamil]. Fue más allá, le organizó dos exposiciones, una en 1936 (en París) y otra en 1942 (en Nueva York). Es un hito que en esos años un coleccionista español tuviera el poderío de montar una exposición, y que además fuera monográfica. Curiosamente no prestó dibujos de viajes, sino otros más en la línea tradicional suya; la pintura costumbrista”. La labor de Carlos ha sido justamente la contraria: “Lo que a mí me interesaba mostrar ahora son estos apuntes de viaje, que son de los más desconocidos. Demuestra una técnica fabulosa”. En los que forman parte de su tour europeo, se adapta fielmente, como un cronista, a los escenarios que descubre y dibuja a través de delicadas manchas de acuarela, gouache, colores alegres, terrosos o incluso un único tono casi a modo de boceto. Versatilidad de líneas y movimientos dentro de una misma fragilidad.

Suiza, Francia o Italia

Carlos mira con maravilla cada marco que atesora los papeles del cuaderno que un día fue. “De las 175 obras suyas que tenemos en la colección, hemos expuesto 45 dibujos, 27 de ellos inéditos”. Una gran oportunidad para acercarse a la fascinante odisea que Eugenio realizó en los últimos años de su vida, junto al diplomático, mecenas y profesor Victoriano Pedrorena, recorriendo Suiza, Francia o Italia; y uno posterior, que quizá realizase solo, por el norte de España. “Dado el grueso de dibujos de Venecia que hay –comenta el comisario en referencia al primer periplo–, seguramente el objetivo era dicha ciudad”. En ella Eugenio da testimonio de enclaves reconocibles, como la Plaza de San Marcos (1868), mas también recodos de silencio y agua, como Canal del paraíso (1868) o Apuntes venecianos (1868). Tesoros de piedra en puentes que hoy sería imposible contemplar con la calma y naturalidad con la que lo pudieron hacer los dos viajantes. Sobre ello conversa Carlos con interés: “Es importante pensar y comparar lo que era un viaje en aquella época y lo que es ahora, no tiene nada que ver. La sorpresa que a estas personas les podía causar cada lugar… Podían haber visto estampas, grabados de Venecia, pinturas de Guardi; pero no es lo mismo. Nosotros estamos saturados de imágenes, hay muchos sitios en los que no hemos estado pero parece que lo conocemos todo”.

Olvidamos, a menudo, que el viaje se inicia desde el momento mismo de ser concebido y todo el trayecto, tanto físico como emocional, hasta llegar al lugar escogido (o por casualidad encontrado) forma igual parte del mismo. Las facilidades técnicas de nuestro mundo, unidas al escaso tiempo que nosotros mismos decidimos otorgarle, nos impiden viajar de un modo más completo, sereno y profundo. Pocos hoy pueden decir que conocen realmente lugares extranjeros al de su rutina y ciudad. Recorrer cualquier espacio ajenos al idioma turístico moderno es privilegio de quienes piensan la vida bajo la mirada del asombro. Eugenio pertenecía a ese grupo de afortunados y se dejó impregnar de todo lo que el viaje aporta tanto al artista como al hombre. Sus dibujos, hoy, son el eco de una voz pintada que nos llega, conmueve y contagia.

comisario carlos sanchez

Carlos Sánchez, comisario de la exposición, durante la entrevista concedida a EL DEBATE | Foto: Andrea Reyes

Escrito por

Ilustradora, graduada en Humanidades por la USP CEU y máster en periodismo cultural. Ha trabajado en medios como la revista Leer y Hombre en camino.

...

Deja tu comentario

Simple Share Buttons
Simple Share Buttons