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“El veredicto”, el debate ético de una jueza en el camino hacia la nada

La película es una adaptación cinematográfica muy esperada que no consigue alcanzar la calidad de la obra original. El veredicto decae a medida que la trama avanza y transparenta la ausencia de motivos para entregar la vida en nuestros días.

FICHA TÉCNICA

El veredicto

The Children Act

★★★★

Dirección: Richard Eyre

Reparto: Emma Thompson, Stanley Tucci, Fionn Whitehead, Jason Watkins, Ben Chaplin, Rupert Vansittart

Reino Unido

2017

Duración: 105 minutos

Drama

Sitio web

El veredicto (2017) es una película de la que esperábamos mucho. Sus antecedentes nos hacían imaginar poco menos que una obra conspicua.

Su primer punto a favor consistía en estar basada en The Children Act, la novela de Ian McEwan, uno de los grandes literatos ingleses de la actualidad.

Segundo dato áureo: ser interpretada por una de las grandes actrices británicas vivas, Emma Thomson, protagonista de grandes filmes como Regreso a Howards End (1993) -con la que ganó el Óscar a la mejor actriz- u otras como Sentido y Sensibilidad (1996), que también ganó el Óscar, aunque en esta ocasión al mejor guión adaptado, o Lo que queda del día (1994), por la que fue nominada a la mejor actriz de reparto.

Tercer punto a favor: ser coprotagonizada por el camaleónico Stanley Tucci, uno de los grandes actores norteamericanos de reparto, que todavía no ha ganado ninguna estatuilla, aunque ya ha sido nominado por su papel de inquietante asesino en serie en The Lovely Bones (2009), de Peter Jackson.

Contra pronóstico, pues, El veredicto nos ha parecido decepcionante. Pese a la excelente producción británica y la soberbia interpretación de los dos actores principales, el producto final defrauda las expectativas despertadas por el reparto.

Quizás el mayor problema del filme es el guion, una adaptación cinematográfica hecha por el propio escritor. McEwan es capaz, cuando escribe, de comunicar ambientes, sensaciones y texturas. Esta capacidad la encontramos perfectamente reflejada en el exquisito retrato de ese mundo de la magistratura inglesa, elitista y exclusivo, que fulge en el vestuario, en las localizaciones, en las ambientaciones, en las piezas musicales tocadas al piano por la protagonista, así como en los relevantes recitados del poema de W.B. Yeats.

Sin embargo, la apuesta cinematográfica hace que el producto final quede cojo o inacabado de un modo que no puede ser disculpado por la intención lírica, ya que los tiempos narrativos quedan descompensados y el espectador acaba quedándose huérfano de sentido.

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La primera mitad del filme está dedicada a la presentación de Fiona Maye, la jueza de menores, y sus problemas conyugales con Jack Maye. Ambos actores polarizan, sin problemas, la atención del espectador, que asiste a la típica historia de una mujer tan dedicada al trabajo que descuida la relación con su marido. Emma Thomson se come la cámara, haciéndonos ver y sentir las enormes responsabilidades que debe tomar y las presiones que debe sentir alguien dedicado a dictar sentencia en casos enormemente controvertidos.

El problema viene con la segunda mitad del filme. Uno de los menores, cuya vida cambia enteramente por el veredicto de la jueza Maye, establece una suerte de extraña relación de dependencia con ella, que resulta tan increíble como atormentada. El chico parece haber intuido, en el breve encuentro con ella en el hospital, que la mujer que lo ha salvado de sí mismo y de su religión tiene una respuesta a la altura de su infinito deseo humano.

Una vida que busca su sentido

Uno comprende rápidamente que la historia quiere hablar de temas bioéticos, pero sobre todo del sentido de la vida, y de cómo los adultos pueden o no comunicarlo a los jóvenes y adolescentes.

Sin embargo, una actuación amateur, plana y naif de Fionn Whitehead, que encarna al joven testigo de Jehová, así como un desenlace demasiado súbito y simple, provocan la incomprensión por parte del espectador, que, tras la buena semilla plantada en el inicio del largometraje, se ve frustrado en su avidez de significado.

Al final del filme, queda la sensación de que todo constituye una meditación acerca de los efectos nocivos de la secularización. El ideal cultural de las élites ha quedado ninguneado, reduciéndose las razones para el vivir hasta la insignificancia. Así, mientras la pareja de eruditos agota sus días caminando de la mano hacia la nada -ambos emboscados en sus miedos y en diversos autoengaños sentimentales-, la juventud se asfixia en la parvedad moral del nuevo y devaluado sumun.

Una historia, pues, que transparenta la ausencia de motivos para entregar la vida en nuestros días, y la tristeza que eso engendra.

Imagen de portada: Fotograma de El veredicto (2017) |
Escrito por

Periodista, escritor y profesor en la Universitat Abat Oliba CEU.

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