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El último golpe de Bonnie & Clyde . Los actores protagonizan un error histórico en los Oscar

El histórico error del último momento da al traste con una ceremonia de los Oscar hasta ese instante brillante. Jimmy Kimmel dio con el tono y todas las propuestas novedosas funcionaron. El ritmo de la gala no decayó desde el vibrante arranque con un Justin Timberlake posiblememente en playback.

Estaban los productores de La la land en el uso de la palabra cuando se empezó a transmitir una sensación extraña desde el escenario del Dolby Theatre. Un tipo desconocido, caracterizado por el aire expeditivo de sus movimientos, se paseaba por él portando una de esas enormes acreditaciones colgantes propias de los grandes eventos. ¿Les está quitando el Oscar de las manos a los flamantes ganadores del premio a la mejor película? La cara de Warren Beatty tiene algo de aire culpable. No es José Isbert después de haber perdido a Chencho en La gran familia (Fernando Palacios, 1962), pero algo de eso hay. Lo que sigue despierta con sobresalto hasta al espectador más desconectado a esas horas ya de la mañana, en una retransmisión llamativamente incómoda por su horario para el público europeo. Los productores del musical llaman a escena a los del drama independiente: ha habido un error y es Moonlight la mejor película para la Academia de Hollywood. Lo nunca visto. Un fiasco que deja en anécdota al hombre pasando desnudo tras David Niven o algún que otro bochornillo vivido por estos lares.

Los productores del musical llaman a escena a los del drama independiente: ha habido un error y es Moonlight la mejor película para la Academia de Hollywood

¿Qué ha pasado? Es una de esas cadenas de infortunios que desembocan en un error mayúsculo. Beatty y Faye Dunaway –qué pena que la idea de honrar el 50 aniversario de Bonnie & Clyde (Arthur Penn, 1967) asignando a sus protagonistas la presentación del premio más importante terminara así- salen a escena con el sobre equivocado. La Academia de Hollywood y PricewaterhouseCoopers se van a cansar de dar explicaciones. De ahí el desconcierto de Beatty. Lo que lee al abrirlo es que el Oscar a la mejor actriz es para Emma Stone por La la land. Es un premio que ya se ha entregado unos minutos antes. Por eso el extraño numerito que se marca el autor de Rojos (Reds, 1981). Su solución es de una palmaria falta de reflejos. Sin saber qué hacer, opta por pasarle la papeleta directamente a su compañera de cometido. La diva, de 76 años, lee solo el título de la película. Y lo demás es Historia. Hubiese sido muy factible que semejante lanzamiento sobre la piscina no hubiese terminado mal: que La la land hubiese sido en verdad la ganadora al margen de la lectura errónea del sobre. Pero no fue así. El palmarés venía con sorpresa, independientemente del patinazo. Y por eso hubo que hacer una corrección sobre la marcha traducida en un momento televisado en directo a buena parte del planeta. Dimisiones próximamente en su cine más cercano. Warren Beatty tardará en olvidarlo. Si hubiera invocado ayuda a la organización al percatarse de que el contenido del sobre no era el adecuado, se habría vivido un mal menor. Un pequeño ridículo hubiese evitado un enorme bochorno. Esperemos que el traspié no se traduzca en cierta prevención hacia las viejas glorias sobre el escenario.

Un pequeño ridículo hubiese evitado un enorme bochorno. Esperemos que el traspié no se traduzca en cierta prevención hacia las viejas glorias sobre el escenario

El incidente es particularmente penoso por muchos motivos. El más doloroso es poner un colofón que todo lo eclipsará a una gala que hasta ese momento había sido brillante. Y ya nadie lo recordará. Todo lo anterior había funcionado a la perfección. El arranque con Justin Timberlake –me temo que en playback– poniendo a toda la platea en pie (la integración de las canciones nominadas en la escaleta de la gala venía siendo un quebradero de cabeza en los últimos años y en esta edición se ha hecho maravillosamente). Jimmy Kimmel estuvo en el tono. Las críticas a Donald Trump, tan inevitables como contraproducentes, adoptaron la forma adecuada. Hasta el que se salió del guion lo hizo con elegancia. Todos los hallazgos funcionaron. El “running gag” que prolongaba la ficticia enemistad entre el presentador y Matt Damon no se hizo pesado en ningún momento. Particularmente afortunada fue la idea de juntar sobre el escenario a distintas generaciones de intérpretes, previo pase de un vídeo en el que el más joven razonaba su admiración por el mayor, desde una sala de cine en la que proyectaban la película que les hizo convertirse en sus fans. Así, Charlize Theron veía El Apartamento (The Apartment, Billy Wilder, 1960), mientras argumentaba su devoción por Shirley MacClainedesigual presencia, por tanto, de los hermanos en la ceremonia– y Javier Bardem recordaba cuando vio Los puentes de Madison (The bridges of Madison County, Clint Eastwood, 1995) en un cine de Madrid antes de salir a escena junto a Meryl Streep. El giro dio lo mejor de sí cuando Seth Rogen se bajó de un DeLorean junto a Michael J. Fox. Y qué decir de la entrada de los turistas. De lo mejor visto en décadas.

Los montajes de vídeo que se ofrecen en unos Oscar son los mejores que pueden verse sobre cine. Esta vez no defraudaron. Uno sobre la influencia de las películas en todo el mundo –hubo un cierto esfuerzo por derribar fronteras en respuesta a la política de la Casa Blanca- estuvo particularmente bien hecho, e incluyó imágenes de una cinta española, Hable con ella (Pedro Almodóvar, 2002). El homenaje a los fallecidos –con obligada y apresurada mención a Bill Paxton– estuvo algo mejor que en años anteriores, pero sigue palideciendo en comparación con los prodigios que la Academia facturaba hace quince o veinte años. Se deslizó aquí un error que gracias al histórico antes referido ha pasado bastante desapercibido. Un consejo: no estaría de más volver a introducir referencias a los títulos en los que hayan trabajado los profesionales menos conocidos por el gran público.

Charlize Theron veía El Apartamento mientras argumentaba su devoción por Shirley MacClaine y Javier Bardem recordaba cuando vio Los puentes de Madison en un cine de Madrid antes de salir a escena junto a Meryl Streep

¿Ha influido el clima político en el palmarés? Es posible. El triunfo de Moonlight ha sido una importante sorpresa, que quizá haya que conectar con la coincidencia entre el periodo de votación y las primeras decisiones de la administración Trump. ¿Ha reprimido el académico a sus pies moviéndose a los sones de Another day of sun para votar algo que en conciencia le haga sentir más comprometido? No disponemos de pruebas para corroborar la maldad. Otro galardón que anima a pensar en esa línea es el de película de habla no inglesa. La iraní El Viajante (Forushande, Ashar Farhadi, 2016) se impuso contra pronóstico a la alemana Toni Erdmann (Maren Ade, 2016). Al resultar estos premios de la suma de miles de votos emitidos de manera individual, es imposible sacar conclusiones más allá de la mera especulación.

En fin. El caso es que deberíamos estar hablando de asuntos menores, como las horrendas chorreras en la camisa de Ryan Gosling. Pero menudos son Bonnie & Clide & Coopers. No iban a dejar escapar la oportunidad de dar el último golpe.

Tardaremos en recuperarnos.

Escrito por

Periodista. Jefe de redacción en Non Stop People. Ha trabajado en Intermedios de la Comunicación, Onda Cero, Popular TV, esRadio y 13TV.

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