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La felicidad está en nuestras manos . La ONU parece conocer la receta para alcanzarla

La Asamblea General de la ONU ha declarado el 20 de marzo como el Día Internacional de la Felicidad. Resulta chocante que exista una fecha dedicada a un concepto tan etéreo.

El 20 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Felicidad. Una curiosa iniciativa de la Asamblea General de las Naciones Unidas cuyo alcance no resulta fácil de comprender. ¿Significa que los astros se van a conjurar para que todos seamos felices ese día, como por arte de magia? ¿O quizá sea esta y no otra la fecha que debemos elegir para emprender la búsqueda de dicha entelequia?

Pero, ¿en qué consiste la felicidad? Todos hemos oído e incluso hemos hecho alguna vez reflexiones en torno a este concepto: Son pequeños momentos, no un estado permanente. No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Cuanto mayor es nuestra inteligencia, más difícil resulta nuestro empeño por ser felices.

En esa incansable lucha por alcanzar la felicidad, vivir el presente puede ayudar. Si estamos instalados en el pasado, es posible que nos invada la nostalgia, ese destructivo sentimiento de que cualquier tiempo pretérito fue mejor

No es fácil determinar qué significa ese concepto tan etéreo. Decía Aristóteles que la felicidad es el objetivo de la existencia humana. Y es que de nosotros depende que cada día busquemos razones para seguir adelante.

La clave para alcanzar este ansiado estado puede residir en centrarnos en pequeños proyectos, en lugar de tener grandes expectativas. Si no esperamos nada de la vida, todo lo que nos dé nos parecerá mucho. En ese caso, más que de felicidad, quizá deberíamos hablar de ilusión, que muchas veces es lo que nos impulsa a levantarnos cada día y a continuar batallando. Tan solo una ilusión, por muy pequeña que sea.

Lo mejor de nuestras vidas

Ver el lado amable de cada acontecimiento y sacar lo positivo de todas las situaciones y experiencias es también una forma de buscar esa ansiada felicidad. De todo se aprende, de lo bueno y de lo malo, de nuestros errores y de nuestros aciertos.

Miremos a nuestro alrededor y centrémonos en todo lo que nos ha regalado la vida. Es muy propio de la especie humana no valorar lo que tenemos hasta que lo perdemos. Démosle ese valor cuando está en nuestras manos. Es posible que, de este modo, permanezca más tiempo a nuestro lado.

Decía Aristóteles que la felicidad es el objetivo de la existencia humana. Y es que de nosotros depende que cada día busquemos razones para seguir adelante

Evitar las comparaciones con los demás también es importante. Si miramos a nuestro alrededor, siempre habrá quien, en apariencia, tenga más que nosotros. Pero solo en apariencia. Basta rascar un poco para ver que no es oro todo lo que reluce. Nadie sabe las alegrías ni los dramas que se esconden tras la puerta de cada hogar.

Si dejarse cegar por el brillo ajeno no parece aconsejable, tampoco lo es poner el foco en “valores” fugaces. Pensemos que ni el dinero ni la fama ni la belleza garantizan la felicidad. “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, reza el Eclesiastés. Y es que lo efímero y, en general, lo tangible, carece de valor.  La vanidad es sinónimo de vacío, de la nada.

Vivir el presente y valorar lo que tenemos 

En esa incansable lucha por alcanzar la felicidad, vivir el presente también puede ayudar. Si estamos instalados en el pasado, es posible que nos invada la nostalgia, ese destructivo sentimiento de que cualquier tiempo pretérito fue mejor.

Es inútil castigarnos pensando en lo que pudo haber sido y no fue. En muchas ocasiones, lo que pasó no dependía de nosotros, sino de factores externos que escapaban a nuestro control. Y, si estaba en nuestra mano, no nos torturemos, ya tampoco tiene remedio, no podemos volver a atrás. Además, el pasado tiene mucho de subjetivo. El autor francés Marcel Proust lo dejó escrito: “El recuerdo de las cosas pasadas no es necesariamente el recuerdo de las cosas tal y como ocurrieron”.

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Tampoco dejemos que el futuro nos condicione en exceso, pues a veces ese sentimiento se traduce en ansiedad e incertidumbre. Nadie sabe qué sucederá mañana. Evitemos, pues, angustiarnos por algo que aún no ha acaecido.

Valorar lo que tenemos + centrarnos en las pequeñas ilusiones + vivir el día a día con intensidad. No se trata de una fórmula matemática, aunque tal vez sea un camino que nos aproxime hacia lo que entendemos por “felicidad”.

Evitar las comparaciones con los demás es importante. Si miramos a nuestro alrededor, siempre habrá quien, en apariencia, tenga más que nosotros. Pero solo en apariencia

Sin embargo, nunca podremos obtener el resultado exacto de esta operación si nos falta el último sumando: la tranquilidad de espíritu, esa reconfortante sensación que experimentamos cuando vivimos en paz con nosotros mismos y con los demás.

Ahora está de moda que cada fecha del año se dedique a algún personaje ilustre, a algún acontecimiento relevante o a alguna buena causa. Pero, ¿qué pasó con el 20 de marzo cuando se hizo el reparto? Es cierto que el Día del Padre había dejado el listón muy alto y no podía consentirse que la siguiente jornada se quedara sin su correspondiente efeméride. ¡Y qué mejor que dedicarla a la felicidad! Imposible apuntar más alto. Aunque no sepamos muy bien en qué consiste, no se puede negar que viste mucho.

Ya que parece que lo tiene tan claro, la ONU podría darnos a todos la receta para alcanzar esta quimera. Entretanto, en este Día Internacional de la Felicidad y siempre, quizá, solo quizá, lo más inteligente sea disfrutar de la vida, pero sin olvidar jamás ese necesario sosiego del alma. Ya lo decía santa Teresa: “Nunca pasa nada y si pasa, ¿qué importa? y si importa, ¿qué pasa?”

Escrito por

Licenciada en Derecho y diplomada en Ciencias Empresariales. Redactora de El Debate de Hoy.

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