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“(Des)encanto”. La nueva serie de Matt Groening y su crítica coinciden en el título

Matt Groening se adentra en las nuevas plataformas con (Des)encanto. Una comedia animada centrada en la Edad Media que no da una. Sin gracia, sin un buen argumento y llena de tópicos satíricos. 

Formo parte de esa generación en la que prácticamente todas las situaciones que se dan en la vida cotidiana pueden comentarse con un: “Es como esa escena de Los Simpsons en la que…”. Vivimos la época dorada (nunca mejor dicho) de aquella serie y, por lo tanto, la idea de que Netflix lanzase un nuevo producto de Matt Groening era una ventana a la esperanza de que el creador reverdeciese viejos laureles. Lamentablemente, (Des)encanto hace honor a su nombre.

El argumento de (Des)encanto, si es que lo tiene más allá de los dos últimos capítulos, gira en torno a un mundo medieval de fantasía. La protagonista de la historia, la princesa Bean, pretende ser la antítesis de las estereotipadas princesas de cuento; una joven maleducada, con tendencia a los bajos fondos y el alcoholismo, sin intenciones de casarse (y menos bajo las órdenes de su padre, el rey) y sin un objetivo claro en la vida. Junto a ella, un elfo que ha huido de su pueblo en busca de aventuras y un demonio enviado por dos extraños personajes, de los que hablaremos más adelante, con la misión de llevar por el mal camino a Bean. Como si hiciese falta.

La serie, que bien podría entenderse como un intento de parodiar la Edad Media y los mundos de fantasía tan en alza gracias a producciones como Juego de Tronos, se acerca más a Un yanqui en la corte del Rey Arturo de Mark Twain que a Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Phyton. Y lo hace porque opta por el uso de los mismos tópicos que se repiten, una y otra vez, cuando se intenta hacer humor en este contexto. Reyes incompetentes y pendencieros, siervos esclavizados, supersticiones de todo tipo, una corte corrupta en todos los sentidos y una Iglesia (en el caso de (Des)encanto es una religión ficticia, pero sin ningún tipo de intención por ocultar que se basa en el cristianismo) ajena al mundo real y encerrada en sus monasterios y catedrales.

Más allá de ese interés por satirizar, son pocos los momentos en los que la serie de Netflix consigue hacer reír. No estamos ante una buena comedia, porque no tiene mucha gracia… pero es que tampoco tiene una buena historia que contar. Dos nuevos amigos, y el diablo que se une, que intentan buscar el sentido de su vida y madurar. Aventuras en las que se pierden unos, se pierden otros y que acaban siempre en dirección al bar, sin ninguna conclusión positiva y con el rey gruñendo.

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Un ejemplo concreto de esta extraña construcción argumentativa la encontramos con la pareja de ¿magos? ¿señores oscuros? que envían al pequeño diablo a seducir a la princesa Bean. Parecen ser los “malos” de (Des)encanto, sin embargo, su papel es inexplicable hasta el momento y sus apariciones, prescindibles. El giro de guion, otrora una de los geniales recursos de Groening, no llega hasta los dos últimos capítulos. Y ahí acaba la temporada, con una trama que, esta sí, puede dar para algo más de juego.

No son nuevos los comentarios sobre la pérdida de calidad de las creaciones de Matt Groening. Esta serie, que a tenor de su final tendrá continuación, corrobora estas afirmaciones y nos lo deja fácil a la hora de elegir: mejor un capítulo antiguo de Los Simpsons, de esos que nos sabemos de memoria, a uno nuevo de (Des)encanto.

Imagen de portada: Fotograma promocional de la serie (Des)encanto | Netflix
Escrito por

Graduado en Periodismo y Humanidades. Redactor de El Debate de Hoy. @pablo_casado

Ultimo comentario
  • Muy bien, muy bien, pero… ¿para cuándo la segunda temporada?

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