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“Cómo ganar la guerra cultural” . Una crítica a la moral fundada por la progresía de Hollywood

Escribe Peter Kreeft un provocador y contundente alegato que llama a la lucha inevitable y real que los cristianos deben seguir dando sin descanso en el campo de batalla de la sociedad contemporánea. La obra no debe ser entendida como simple u ofensiva, aunque se agradece su desafío constante al lenguaje políticamente correcto.

Lo que más sorprende de Cómo ganar la guerra cultural es que, cuando habla de “guerra cultural”, el autor no se refiere metafóricamente a una “guerra”, sino a que la disputa entre el bien y el mal es estrictamente una guerra, una guerra cultural permanente que trasciende la historia. El bien y el mal son enemigos anteriores a nuestro mundo y utilizan a las criaturas de este mundo como instrumentos para librar su perenne batalla.

CÓMO GANAR LA GUERRA CULTURAL | Peter Kreeft | Ediciones Cristiandad | 160 págs. | Madrid | 2017

Visto así, el libro es una obra teológica, aunque no suscrita por un teólogo; un texto apologético, no escrito por un clérigo que se toma la fe como tema de una homilía a sus fieles; un libro moral, no pensado por un moralista, sino por un profesor de filosofía convencido de que el moralismo humanitario es impotente para fundamentar y explicar la moralidad humana porque da lugar a desvíos considerables. El espiritualismo cultural actualmente dominante en Occidente es, según Kreeft, una mera modernización del antiguo gnosticismo.

Esta pequeña obra, Cómo ganar la guerra cultural, como otras de Kreeft, puede no ser comprendida por su simplicidad, puede molestar por su sencillez, incluso ofender por su sinceridad. No se le puede reprochar falta de claridad en la adopción del punto de partida. Este punto se basa en la conciliación de las dos proposiciones básicas de san Agustín, credo ut intelligan e inteligo ut credam. Sin decirlo expresamente, queda implícito en estas líneas que la teología católica se diferencia de la protestante en que armoniza, a través de santo Tomás, pero también mediante la obra de escritores muy actuales, como Kierkegaard, C.S. Lewis, Soljenitsin, Newman o Chesterton, estas dos proposiciones agustinianas que el protestantismo separa tajantemente.

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La familia de Kreeft era evangélica presbiteriana. Su padre lo adoctrinó en la beligerancia hacia la Iglesia de Roma, siguiendo la tradición calvinista más arraigada en las iglesias evangélicas. Se convirtió al catolicismo tras comprobar la inadecuación de los reproches de que era objeto, como la interpretación de que la Trinidad o la veneración a María fueran politeístas. Insostenible acusación contra el monoteísmo católico que presbiterianos y otros protestantes comparten con el islam. Ahora Kreeft exhibe el credo romano a flor de piel, se diría que sin concesiones, tapujos ni medias tintas.

Cómo ganar la guerra cultural también es un libro desigual. Se compone de nueve capítulos. Como lector, prefiero los más breves, del comienzo y del final, pues me resulta más difícil de digerir el número cinco, más largo que los otros, titulado “El plan de batalla de nuestro enemigo”, en que el autor finge ser Satanás para exponer su estrategia de lucha contra el bien e imponer el mal en la historia.

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Peter Kreeft es un pensador estadounidense, profesor ordinario de la Universidad de Boston, autor de medio centenar de libros, la mayoría de ellos orientados a la polémica doctrinal, algunos de talante académico, otros más ensayísticos y divulgativos. Sus argumentos suelen ser tajantes, directos y afilados. Penetran en la mente como un estilete manejado por un estilista que maneja su arma con destreza, sin disimular que busca encontrar el punto débil de su adversario. Expresan un culteranismo conceptista, poco proclive al exhibicionismo intelectual, que le permite poner a prueba, con pocas palabras, las opiniones preestablecidas. Su estilo remeda entre agudezas, antítesis y paradojas, el polemismo de Chesterton y la simplicidad de Lewis, escritores en los que se inspira.

Su modo radical de argumentar puede resultar a veces irritante, pero se agradece su acerado desafío al lenguaje políticamente correcto que se ha venido imponiendo en el statuo quo intelectualista norteamericano. Muchos considerarán exageradas sus apreciaciones, pero sería un error, aunque ponga en solfa los valores consensuados por el liberalismo de la progresía universitaria y de la cultura patrocinada por la industria cultural, ubicarlo en el bando republicano, frente al que toma claras distancias.

En Cómo ganar la guerra cultural, su crítica tiene por objeto la cultura sentimentalista prefabricada por la progresía de Hollywood como sistema de propagación de ideologías para las que todo vale lo mismo, excepto la imposición de las doctrinas que patrocina. Su atención se concreta en el feminismo radical, el animalismo ecologista y la difusión de la LGTB. Kreeft arguye que se cimientan en un error típico que denomina espiritualismo, una adaptación a los tiempos actuales de las antiguas herejías gnósticas que se difundieron hasta y después del Concilio de Nicea y perduraron durante siglos enviscadas en tradiciones cristianas locales o aisladas de Roma. Adulteraciones de la revelación judaica causadas por el mal en su incesante guerra contra el bien y que, entre otras, tuvo como consecuencia su cristalización en el islam. Los puntos más concretos de su crítica se centran en la disociación entre moral y sexualidad. Esta separación es artificiosa, porque la moralidad abarca todos los aspectos de la conciencia humana y confunde el rechazo al pecado con el rechazo al pecador. Esta legitimación de toda práctica del sexo desvincula la sexualidad del enraizamiento de la moral en la naturaleza y se convierte en un sucedáneo humanitarista de la religión. Este despojamiento de lo moral en la vida sexual se muestra sobre todo en la aceptación social del aborto, al que se regula como si fuera una receta médica más, ajena a las implicaciones morales.

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Kreeft escribe como un intelectual que pretendiera mostrar que no lo es, adoptando un tono de tintes a veces panfletarios para llegar al público más amplio. Lleva a sus últimas consecuencias la enseñanza de que la fe es guía de la razón: si hay un Dios único, su doctrina es única, y si existe un Dios revelado, la revelación también incluye un diablo. Tomarse en serio al demonio, es decir, aceptar que interviene en nuestro mundo porque lo preexiste, es un modo de afirmar que el mal está en guerra contra el bien y no que sea una simplificada ausencia de bondad.

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Cómo ganar la guerra cultural es un libro escrito contra corriente, sin temor alguno a que pueda ser tratado por este motivo de manera despectiva. Hay que tener mucha seguridad en uno mismo y mucha confianza en la verdad de lo que se dice para afrontar sin titubeos la tarea de exponerse al ridículo ante la propia comunidad intelectual a la que pertenece. Pero el autor muestra, a veces, una capacidad literaria y analítica que en pocos trazos puede desconcertar, hacer pensar, cavilar y reflexionar. Si ese es su fin, busca conseguirlo acerando el tono casi aforístico de una crítica a una espiritualidad actualmente dominante que, proponiéndose ser constructiva, a veces resulta irritante y otras inquietante por su radical sinceridad, que manifiesta sin contemplaciones.

Escrito por

Periodista y escritor. Profesor emérito de la USP CEU.

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