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El Teatro de La Abadía rescata al Cervantes dramaturgo con el buen gusto de Ernesto Arias

Dos nuevos entremeses “nunca representados”, dirigida por Ernesto Arias, nos invita a reencontrarnos con una de las facetas más olvidadas del autor del Quijote. Una oportunidad única y un bellísimo homenaje a la obra dramática de Cervantes.

FICHA TÉCNICA

Dos nuevos entremeses “nunca representados” 

Dirección: Ernesto Arias

Producción: Teatro de La Abadía

Duración: 80 minutos

Del 23 de noviembre al 10 de diciembre de 2017

De martes a sábado, 20:30h
Domingos, 19:30h

Sitio web

Ya han pasado cuatro siglos desde la publicación de Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados (1615) y ni la crítica ni los eruditos han logrado ponerse de acuerdo para encumbrar a Cervantes como un gran dramaturgo. La desgracia de Cervantes fue compartir época con un “monstruo de la naturaleza” como Lope de Vega, que ejercía su señorío sobre el teatro y a todos hacía sombra. Debió conformarse don Miguel con la imperecedera fama de sus novelas y nada más. Los años, empero, y la afición de algunos por revolver entre las cosas olvidadas del pasado han sido benéficos para el teatro de Cervantes. Valle Inclán, Lorca y ahora Ernesto Arias en el Teatro de la Abadía han desempolvado algunas de esas dulces perlas que son los entremeses cervantinos para demostrar que su texto está tan vigente como los vicios y virtudes de la identidad española que lo inspiran.

Dos nuevos entremeses “nunca representados” es el título de esta producción que es casi un collage de la literatura de Cervantes, con los entremeses La guardia cuidadosa y El rufián viudo como piezas centrales. Ambos, sabiamente unidos por una urdimbre de rondallas (pertenecientes a La ilustre fregona, El rufián dichoso y otras obras de Cervantes) y que concluyen con el conmovedor monólogo de Marcela en El Quijote, a forma de epílogo, bellísimamente declamado por la actriz Carmen Valverde: “Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis, decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros…”.

El tema de los dos entremeses que se nos presentan es el de la elección de amor. En ambas piezas un personaje debe elegir entre unos pretendientes para desposarse, en un caso, o ayuntarse en otro (entiéndase como se quiera). Sin embargo, en esta especie de Juicio de Paris no triunfa aquel que pueda ofrecer belleza o amor, sino el que cuente con una bolsa más servida de dinero (“poderoso caballero”). He aquí el amargo lamento de Cervantes, el mundo ha dejado de interesarse por el amor sincero y ya solo se guía por la codicia.

En el primer entremés, La guardia cuidadosa, un soldado venido a peor, con un cariz indiscutiblemente quijotesco, se encapricha de la criada de una casa y, sin vergüenza ni mucho seso, se aposta bajo su balcón dispuesto a combatir con cualquiera que vaya a rondarla. Es un poco más lúgubre el tema de El Rufián viudo. La trama gira en torno al mundo del hampa y la prostitución: tras la muerte de una de las “damas de compañía”, el “viudo” debe elegir una nueva compañera. Ambas piezas están teñidas por un tono entre el humor y el desengaño, pero, como decía su autor, la comedia debía ser “espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres e imagen de la verdad”.

Es de agradecer, por encima de todo, el cuidado, el respeto y la profesionalidad con los que toda la compañía ha tratado la obra. Se puede palpar en la escena el resultado final de largos meses de impregnarse en el lenguaje cervantino y en el teatro del Siglo de Oro para ofrecer un espectáculo fiel y cercano al público actual. El texto se mantiene íntegro, pero su sentido no ha quedado cuatro siglos atrás, sino que el entusiasmo y el talento del elenco han conseguido traerlo vivo a las tablas. La capacidad expresiva de los actores se pone a prueba cuando tienen que hacer reír o llorar al público de 2017 con un texto o un chiste del siglo XVII. Todos ellos han pasado la prueba sin recurrir a la vulgaridad y han azuzado las carcajadas de todo el que estaba presente en el teatro, del mismo modo que han logrado conmover cuando el texto lo demandaba.

Ernesto Arias hace patente su capacidad para dirigir a todos con absoluto buen gusto y pericia, manteniéndose fiel a las bases del teatro clásico que está llevando a escena. Ha logrado construir, con ayuda de la dramaturgia de Brenda Escobedo, la coordinación artística de Rosario Ruiz Rodgers y un genial grupo de actores, un precioso homenaje a Cervantes y a sus entremeses que merecen una y otra vez ser recordados. Aplausos sinceros para todos ellos.

Escrito por

Periodista especializado en cultura y crítica literaria. Graduado en Humanidades y Periodismo.

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