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“Afterimage. Los últimos años del artista”: libertad del arte y del hombre

Los últimos años del artista se muestra como una recomendable opción tanto para los apasionados del arte como para el público general que, curioso, desee conocer a uno de sus exponentes. Es su humanidad, más que su concepción artística y los tecnicismos que esta conlleva, la que destaca y queda grabada como esas imágenes latentes tras el reflejo de la luz en la memoria.

FICHA TÉCNICA

Los últimos años del artista: Afterimage ***

Powidoki (Afterimage)

Polonia, 2016

Director: Andrzej Wajda

Guion: Andrzej Mularczyk

Reparto: Boguslaw Linda, Aleksandra Justa, Bronislawa Zamachowska, Jacek Beler, Mateusz Bieryt, Szymon Bobrowski, Mariusz Bonaszewski, Danuta Borsuk

Duración: 98 min

Género: Drama | Biopic

El paciente lienzo blanco, que quieto aguardaba a ser pintado, súbita y estruendosamente se tornó en rojo sangre. Toda la habitación se llenó de su sombra, toda inspiración se desquebrajó, toda concentración perdida. Con las dificultades propias provocadas por su minusvalía y con el rostro sereno, Władysław Strzemiński se levantó del suelo para conocer el motivo de aquella invasión visual. Una gigantesca tela había sido colgada verticalmente sobre su edificio. Con una de sus muletas rajó la porción de tela que eclipsaba la luz sobre la ventana y regresó tranquilo a su lienzo. Para él, simplemente, un objeto extraño había interrumpido su trabajo y, en consecuencia, con naturalidad, debía remediarlo. Para las autoridades, en cambio, supuso una grave ofensa: la tela no era ni más ni menos que un imponente y propagandístico retrato de Stalin.

Esta anécdota, escena clave, resume y sintetiza sin necesidad de palabras la última película de Andrzej Wajda, que dejó terminada meses antes de su fallecimiento en 2016: Los últimos años del artista: Afterimage; un retrato del final biológico y un esbozo de la visión eterna del artista neoplástico Władysław Strzemiński (1893–1952). Cómo no ser Polonia su contexto, país que trajo al mundo a Wajda y se lo llevó, país al que dedicó su pasión y su trabajo. En tres ocasiones han estado obras suyas nominadas al Oscar a la Mejor película de habla no inglesa (Tierra prometida en 1976, El hombre de hierro en 1981 –perteneciente a la trilogía dedicada a la lucha obrera, junto a El hombre de mármol (1976) y Walesa. La esperanza de un pueblo (2013)– y Katyn en 2008), y en 2000 recibió el Oscar Honorífico. Se trata, sin duda, de uno de los nombres más relevantes del cine del Este, a través de cuya trayectoria, definida por una sensibilidad trágica, se asiste a la transformación de Polonia en un estado comunista y su posterior conversión en una democracia parlamentaria.

Cómo no ser Polonia, y qué mejor que el lenguaje del arte para concluir tal extensa y poliédrica obra, llena de historias e intrahistorias que hablan en igual tiempo y modo de su tierra y del hombre. Wajda escogió a Strzemiński como su última voz porque, además de ser uno de los artistas principales de la vanguardia en la primera mitad del siglo XX en su país, fue un hermoso ejemplo de honestidad y valor. Ambas visiones, la artística y la humana, son lo que Wajda ensalza y refleja en Powidoki, título original del filme. El término, traducido al inglés como afterimage, hace referencia “a las imágenes remanentes, a las ilusiones ópticas que continúan apareciendo bajo los párpados tras haber mirado un objeto que refleja la luz”. Strzemiński fue un hombre que reflejaba luz; en sus clases, bajo su pensamiento, desde sus manos. Luz que el incisivo sistema comunismta, viéndolo indiferente, en tierra de nadie, viéndolo amenaza por libre, acabó robándole y asfixiándolo.

Una luz que Wajda ha sabido transmitir con devoción y tacto, mostrando a un artista de conciencia y honestidad tranquilas que se ve condenado por considerar al arte como algo ajeno a la política, algo que va mucho más allá, que trasciende. Tres vértices sirven de foco en la película para recorrer sus últimos años, marcados por la huida y la tristeza: la mencionada relación con la política, que crece en tensión e incomprensión, la relación con sus alumnos de la Escuela de Bellas Artes de Łódź –que fundó él mismo y de la cual es expulsado–, que crece en calidez y admiración, y la relación con su hija Nika (tímidamente se boceta, a través de ella, la mantenida con la que fue su mujer, la escultora Katarzyna Kobro) -en maravillosa casualidad, el Museo Reina Sofía de Madrid expone actualmente Kobro y Strzemiński-, que crece en una distancia afectiva pronto asumida por ella, precozmente madura. Tres vértices y dos nombres, pues la figura de Strzemiński se equipara en relevancia al rostro de Boguslaw Linda, actor que brillantemente le da vida y quien ha trabajado anteriormente con otros grandes cineastas polacos, como Kieślowski, Holland o Falk. De narración y fotografía clásicas, sencillas y cuidadas, Los últimos años del artista se muestra como una recomendable opción tanto para los apasionados del arte como para el público general que, curioso, desee conocer a uno de sus exponentes. Es, de todas formas, su humanidad, más que su concepción artística y los tecnicismos que esta conlleva, la que destaca y queda grabada como esas imágenes latentes tras el reflejo de la luz en la memoria. La última luz de Strzemiński y Wajda.

Prototipos vanguardistas, enmarcados ambos en la vanguardia moderna y definidos, en esta exposición, por su concepción del arte como experimentación pura.

 

Escrito por

Ilustradora, graduada en Humanidades por la USP CEU y máster en periodismo cultural. Ha trabajado en medios como la revista Leer y Hombre en camino.

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